
Cuidarnos (www.cuidarnos.com.ar ) cumple su primer año. Nació para responder a un desafío que crece de manera exponencial: vivimos más años y todavía no estamos preparados para ese cambio, ni en la atención de la salud ni en los servicios que hacen falta para sostener una buena calidad de vida. En este primer año aprendimos que la principal competencia del cuidado formal no es otra empresa, sino la propia informalidad. Y confirmamos algo que intuíamos: una cooperativa puede ser el camino para que miles de cuidadoras accedan al trabajo formal. Cuidarnos no es un nombre vacío, hace referencia a que estamos navegando en un mismo barco donde todos somos los constructores de una sociedad mejor.
Nos impulsaba la necesidad de construir una experiencia que integrara los saberes de la economía popular con los de la empresa, en un mundo impredecible, turbulento y fragmentado. Elegimos el cuidado de adultos mayores porque muchas de las personas que integran el gran colectivo de la economía popular se dedican a esta tarea: lo hacen de manera informal, sin contención, con escasa formación, asumiendo riesgos y con poca sustentabilidad. También nos movilizaba una pregunta: cómo podía impactar en el trabajo la nueva convergencia tecnológica. Queríamos poner la inteligencia artificial y otras tecnologías al servicio de más y mejor trabajo, y aprender haciendo.
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Cuidarnos se inscribe en la llamada economía del cuidado, un concepto que abarca las actividades orientadas a sostener la vida, la salud, el bienestar y el apoyo a las personas, pero también el entorno, el ambiente y el espacio común. Es un enfoque particularmente relevante en estos tiempos; las encíclicas del papa Francisco contribuyeron especialmente a difundirlo. Esta experiencia responde, además, a la necesidad de crear capital social en una sociedad fragmentada. El filósofo italiano Stefano Zamagni sostiene que, después de generar confianza y tender puentes, el estadio superior de esa construcción es hacer juntos. Cuidarnos es eso: hacer juntos, aprender juntos, mirar juntos el futuro.
El modelo que armamos responde a la naturaleza de un servicio que implica varios riesgos: entramos en la intimidad de una familia, nuestras acciones impactan sobre la vida de otras personas y asumimos responsabilidades que exceden lo estrictamente médico. Por eso, la organización madre es una cooperativa integrada por las propias cuidadoras. El servicio no depende de una sola persona, sino de un equipo que trabaja en conjunto y se hace corresponsable de los resultados. Los activos, incluida la plataforma, son propiedad de la cooperativa, lo que protege a las cuidadoras de abusos o de decisiones unilaterales que afecten la calidad del servicio.
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Los pilares de este modelo son la formación de las cuidadoras, el control permanente de la calidad, la cobertura de riesgos laborales, la integralidad del servicio con equipos de reemplazo y la formalización de su actividad. Todo se apoya en procesos formales y en una plataforma tecnológica que conecta de manera sencilla la oferta (las cuidadoras) con la demanda (familias, gobiernos, ONG, entre otros).
En este año aprendimos que la venta de este servicio es lenta. Más allá de lo que comuniquemos, la confianza es decisiva y exige una legitimidad que excede los canales clásicos y las declaraciones públicas. Pesan el boca a boca, las referencias y la posibilidad de encontrar los interlocutores y los momentos precisos.
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Del lado de las cuidadoras, pasar de la informalidad a la formalidad resultó más difícil de lo que imaginábamos. No es un trámite: es un proceso con costos y riesgos reales. Para asociarse a la cooperativa y trabajar formalmente, necesitan estar inscriptas en el monotributo. La herramienta más viable hoy es el monotributo social: el Estado cubre el componente impositivo y el previsional, y ellas pagan la mitad de la obra social. Pero en la práctica tiene limitaciones: no siempre se otorga, tiene un techo bajo, exige continuidad, puede generar incompatibilidades y no les brinda a las cuidadoras una cobertura de salud real.
Y así llegamos a nuestro principal competidor: la propia informalidad. Para una cuidadora, trabajar en negro le cuesta menos; para una familia, contratar en negro también. El IVA es el ejemplo más claro: en un sector casi totalmente informal prácticamente nadie lo paga, de modo que encarece solo el servicio formal y ese costo recae directamente en las familias. Termina siendo un incentivo para no formalizarse. Por esa misma informalidad, no existe un precio de mercado del servicio, y las trabajadoras, empujadas por la necesidad, quedan expuestas a tarifas bajas y derechos frágiles.
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A pesar de esas dificultades, crece la cantidad de servicios prestados, sumamos nuevas propuestas, estamos tejiendo alianzas con organizaciones de prestigio, contamos con apoyos institucionales muy importantes y ya capacitamos a más de 1.500 personas en el cuidado de adultos mayores. Desde la cooperativa asumimos parte del costo de la formalización: contratamos un seguro de riesgos personales para las cuidadoras y las acompañamos en su bancarización, que por sí sola ya las introduce en la economía formal.
La formalización no puede depender solo de que cada cuidadora resuelva por su cuenta su situación impositiva. El cooperativismo de cuidados puede ser el puente: una estructura colectiva que acompaña ese tránsito, absorbe parte del costo y del riesgo, y ofrece desde el primer día lo que la informalidad no da. Se calcula que hay 800.000 personas dedicadas al cuidado en la informalidad. A través de su actividad, Cuidarnos podría empezar a formalizar un sector que será clave en el futuro, e inspirar herramientas de política pública: un ejemplo de lo que se puede lograr con una participación limitada del Estado, a partir del empoderamiento de los trabajadores y de la sociedad.
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Hacia adelante, queremos crecer para que Cuidarnos sea sustentable en el tiempo, mejore la calidad de sus servicios e innove en el sector, también en otras geografías. Podemos sumar servicios que amplíen el concepto de cuidado, como el entretenimiento, la educación y las actividades culturales. Tenemos que innovar en la formalización y también en la universalización de este tipo de servicios.
Hasta ahora, el Estado tardó en reaccionar o se perdió en debates interminables e inconducentes. Los tiempos que vienen van a exigir ordenar esta actividad, y el Estado podría facilitar ese proceso y acelerarlo, no necesariamente con recursos económicos. Porque en estos tiempos, la velocidad y la profundidad importan.
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