La agenda puede ordenar la conversación, pero no reemplazar la realidad

Un gobierno puede elegir los temas de los que se habla y proponer una interpretación. El problema aparece cuando intenta que esa interpretación ocupe el lugar de los hechos o de la experiencia cotidiana

Una mujer toma café frente a un monitor encendido junto a una ventana que muestra un hospital, un tribunal y personas en la calle.
(Imagen Ilustrativa Infobae)
Guardar

Toda gestión busca instalar una agenda. Es parte de la política: elegir prioridades, poner problemas en el centro de la conversación y explicar cómo deberían ser interpretados. Pero hay una diferencia entre proponer un tema y pretender imponer una realidad. La primera es una estrategia de comunicación; la segunda suele chocar con algo más difícil de controlar: lo que las personas ven, recuerdan y viven.

Un gobierno puede lograr que durante días se discuta sobre un asunto. Puede ordenar vocerías, repetir una consigna y conseguir que medios y dirigentes hablen de los términos que eligió. Sin embargo, eso no significa que la ciudadanía vaya a aceptar automáticamente el sentido que intenta darle. La agenda puede definir de qué se habla, pero no siempre cómo se lo entiende.

PUBLICIDAD

En la Argentina hay ejemplos distintos de esa tensión. El gobierno de Javier Milei volvió a poner en discusión la memoria sobre la última dictadura con el planteo de la “memoria completa”, cuestionamientos a la cifra de 30.000 desaparecidos y una lectura que equipara la violencia de las organizaciones guerrilleras con el terrorismo de Estado. Esa posición puede instalarse en el debate público, pero también encuentra límites en la memoria social, en la historia y en el consenso democrático construido desde el regreso de la democracia.

En otro plano, el kirchnerismo construyó durante años una narrativa que ubicó las causas judiciales contra sus dirigentes dentro de una persecución política. Esa explicación forma parte de su estrategia de defensa y de su identidad política. Pero, en la causa Vialidad, la condena a Cristina Fernández de Kirchner por administración fraudulenta quedó firme tras la decisión de la Corte Suprema. La discusión política puede continuar; lo que no puede hacer es borrar la existencia de un fallo judicial.

PUBLICIDAD

No son hechos equivalentes ni tienen la misma naturaleza. Uno remite a la memoria sobre el terrorismo de Estado; el otro, a una causa penal con una sentencia firme. El punto en común es más acotado: la política intenta ordenar el significado de los hechos, pero no siempre consigue que una interpretación se vuelva dominante.

Ahí aparece un error frecuente de los gobiernos y de las dirigencias: confundir visibilidad con credibilidad. Que un tema ocupe el centro de la conversación no quiere decir que la sociedad haya aceptado la explicación oficial. A veces ocurre lo contrario: cuanto más se insiste en una interpretación, más personas preguntan qué se está intentando dejar afuera.

La experiencia cotidiana también pesa. Si un gobierno habla de recuperación, pero una familia siente que no llega a fin de mes; si anuncia mejoras, pero un usuario no consigue atención médica; si describe una situación como resuelta, pero en la calle persiste la preocupación, el relato oficial empieza a competir con algo concreto. No hace falta una gran operación opositora para que esa distancia se vuelva visible. Alcanza con que el mensaje no encaje con lo que las personas experimentan.

Eso no significa que la ciudadanía sea impermeable a los discursos ni que exista una sola realidad compartida. Las personas reciben información desde distintos lugares, tienen memorias y convicciones diferentes, y también pueden cambiar de opinión. Pero una estrategia de comunicación pierde eficacia cuando supone que repetir un mensaje alcanza para reemplazar los hechos.

Instalar una agenda puede ser una herramienta legítima. Lo hacen los gobiernos, las oposiciones, los medios y los distintos actores sociales. El problema empieza cuando la comunicación se convierte en un intento de clausurar la discusión: cuando se busca que una consigna funcione como respuesta antes de que se puedan revisar los datos, escuchar otras voces o contrastar el discurso con la experiencia.

La política no debería medir su éxito solo por cuánto tiempo logra mantener un tema en pantalla. También debería preguntarse si lo que dice resulta verosímil para quienes escuchan. Porque el poder puede orientar la conversación, pero no administra por completo la memoria, las percepciones ni la vida cotidiana.

En el corto plazo, un gobierno puede ganar la agenda. En el largo plazo, la ciudadanía termina evaluando si esa agenda describe lo que sucede. Ahí se juega la diferencia entre comunicar una interpretación y pretender imponerla. La primera puede abrir un debate. La segunda corre el riesgo de profundizar la desconfianza.