
Querida compañera, colega, amiga, hermana, interlocutora:
Esta carta está dirigida a todas. A las que marchan, a las que trabajan en silencio, a las que sostienen hogares, a las que lideran equipos, a las que aún buscan su voz.
El Día Internacional de la Mujer dejó hace tiempo de ser una fecha simbólica. Es memoria y es responsabilidad. Es el recuerdo de aquellas mujeres trabajadoras que, a comienzos del siglo XX, reclamaron condiciones dignas e igualdad. Y es también una invitación a preguntarnos dónde estamos hoy y qué mundo estamos ayudando a construir.
En América Latina hemos sido testigos de movimientos poderosos. La fuerza colectiva de mujeres que reclamaron derechos, visibilidad e igualdad. Esa energía transformó conversaciones, leyes y estructuras. Pero el trabajo no terminó: las brechas salariales persisten, aún enfrentamos altos índices de violencia de género, el acceso a posiciones de liderazgo sigue siendo desigual y muchas mujeres continúan enfrentando obstáculos estructurales para desarrollarse plenamente.
Como mujer judía que vive en Argentina, el 7 de octubre marcó un antes y un después en mi manera de vivir este día. El ataque perpetrado por el grupo terrorista Hamás en Israel dejó no solo muerte y destrucción, sino también testimonios estremecedores de violencia sexual utilizada como arma de guerra. Escuchar a sobrevivientes relatar lo ocurrido fue profundamente doloroso. Y más doloroso aún fue constatar cuánto tardó el mundo en reconocer esos hechos.
Ese silencio resonó de una manera particular en mí. Porque muchas mujeres sabemos lo que significa que no nos crean. Sabemos lo que implica repetir una y otra vez un testimonio esperando que sea suficiente, y la decepción de que acabe sin serlo.
Pienso en las amigas, hermanas, y madres que fueron víctimas del 7 de octubre. Pienso en las mujeres que estuvieron secuestradas en Gaza. Pienso en las que sobrevivieron y poco a poco se animan a contar. Y pienso también en tantas otras mujeres en distintas partes del mundo que atraviesan violencias invisibilizadas.
Pienso en las mujeres iraníes que salen a las calles aun sabiendo que el precio puede ser perder la vida. Mujeres que, al cuestionar normas impuestas sobre sus cuerpos, están defendiendo algo mucho más esencial: la libertad de decidir sobre sus propias vidas.
Pienso en las mujeres ucranianas que, en medio de la guerra, sostienen hogares y comunidades mientras la incertidumbre marca cada día. En ellas, el liderazgo se trata de mantener la vida en pie cuando todo alrededor tambalea.

Pienso en las mujeres afganas, que ven la vida a través de redes azules, a quienes se les cierra el acceso a la educación, al trabajo y a la vida pública. Intentaron reducir su presencia y su voz, pero incluso bajo esas restricciones persiste una resistencia silenciosa: la esperanza de un futuro en libertad.
Nuestras historias no son idénticas, pero están conectadas por algo profundo: la dignidad.
El liderazgo femenino hoy no es solo ocupar espacios. Es sostener valores cuando es incómodo hacerlo. Es compromiso y exigencia. Es construir puentes en tiempos de polarización. Puentes entre comunidades, entre generaciones, entre tradiciones y modernidad. Puentes entre el dolor propio y la empatía hacia el dolor ajeno.
En la tradición judía, hace pocos días celebramos Purim, que recuerda la valentía de la Reina Esther en la antigua Persia. Esther asumió un riesgo personal para proteger a su pueblo, su historia es un relato sobre liderazgo responsable. Sobre animarse a hablar cuando el silencio sería más cómodo.
Quizás ese sea el desafío de nuestro tiempo.
Que el 8 de marzo no sea solo una conmemoración, sino una reafirmación de compromiso. Que podamos reconocernos en nuestras diferencias. Que no elijamos la selectividad a la hora de defender la dignidad de las mujeres. Y que entendamos que la construcción de un mundo más justo es responsabilidad compartida.
Porque cuando una mujer alza la voz y es escuchada, no transforma solo su historia: sigue escribiendo la de todas.
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