
Recientemente, en el marco de la 50º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, tuvimos el honor de presentar nuestra última obra, “Sitios Históricos Sanmartinianos. Tras los pasos del Libertador”, en coautoría con Fabiana Mastrangelo y Liliana Girini, en la que proponemos un viaje por la vida y obra de uno de los padres fundadores de la Patria a través de los sitios sanmartinianos de 11 provincias y CABA, acompañado por mapas, ilustraciones y georreferenciamiento que marcan los principales emplazamientos y bienes del acervo patrimonial de la libertad. Aquel encuentro con lectores y colegas en el stand de Cuyo Cultura, en el espacio de la Provincia de Mendoza, reafirmó la vigencia de una figura que, lejos de ser un frío bronce, sigue siendo un faro de coherencia y virtudes cívicas para los argentinos.
Aprovechando la breve estadía en Buenos Aires, esa misma pasión que me acompaña desde hace 35 años me condujo a una nueva visita a los lugares históricos como la Catedral, el Regimiento de Granaderos a Caballo y, por supuesto, el Museo Histórico Nacional, lugar que conserva el mayor acervo de los bienes sanmartinianos, entre los que se cuentan sus efectos personales, un catre de campaña y un poncho de luz, prenda histórica y simbólica de incalculable valor, obsequiada al general José de San Martín por los líderes pehuenches como reconocimiento a su liderazgo y hermandad, y que se le conoce como el “poncho de los lonkos” (jefes) debido a la jerarquía que representa.
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También allí se encuentra el Frac de gala que fue utilizado por el general José de San Martín cuando ejerció el cargo de protector del Perú, entre 1821 y 1822, junto a muchos otros bienes invaluables de nuestro patrimonio nacional.
Sin embargo, esta nueva visita me dejó una sensación de tristeza, puesto que la Sala del Sable, aunque engalanada con otros aceros de la independencia, luce un vacío que angustia. La urna de cristal, preparada para custodiar la mayor joya histórica de la patria, espera en vano el regreso de su legítimo ocupante. Recordemos que recientemente, por decreto presidencial, fue trasladada nuevamente desde ese lugar al Regimiento de Granaderos a Caballo, hoy su repositorio final.
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La historia del sable es, en sí misma, una crónica de peripecias. Adquirido por San Martín en una tienda de usados en Londres en 1811, este shamshir de acero de Damasco llegó con él al puerto de Buenos Aires aquel histórico 9 de Marzo de 1812 y luego lo acompañó en toda su gesta libertadora, aunque las pruebas indican que no fue el que empuñó en el combate de San Lorenzo.
Tras su retiro y partida al ostracismo el 10 de febrero de 1824, San Martín no llevó el sable consigo a Europa, dejándolo en custodia en la ciudad de Mendoza. Años después, desde París, encargó a su hija Mercedes y a su yerno Mariano Balcarce que lo recuperaran: “... Traigan mi sable corvo, que me ha servido en todas las campañas en América y servirá para algún nietecito, si es que lo tengo”. Finalmente, el objeto fue trasladado a su residencia en Francia.
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El 23 de enero de 1844, en su testamento redactado en París, el Libertador dispuso que el sable fuera entregado a Juan Manuel de Rosas como reconocimiento a la firmeza con que defendió la soberanía argentina contra las pretensiones extranjeras. Luego, tras la muerte de San Martín el 17 de agosto de 1850, la reliquia fue enviada a Buenos Aires a Rosas, quien luego de 1852 lo llevó a su exilio en Inglaterra. A su fallecimiento en 1877, pasó a manos de su hijo político, Máximo Terrero.
Décadas después, en 1897, los herederos de Rosas cumplieron el anhelo de que la reliquia volviera al seno del país que San Martín libertó, a partir de que en 1896, tras gestiones del director del recientemente creado Museo Histórico Nacional (MHN), Adolfo Carranza, los herederos de Rosas decidieron donarlo a la Nación, con el pedido específico de que sea exhibido a perpetuidad para la veneración del pueblo argentino. Sin embargo, el destino del sable volvió a torcerse por los avatares políticos del siglo XX.
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Tras los robos sufridos en la década de 1960 por parte de la Juventud Peronista, en dos ocasiones, el 12 de agosto de 1963 (recuperado el 28 de agosto) y el 19 de agosto de 1965 (recuperado en junio de 1966), se decidió su traslado en custodia al Regimiento de Granaderos a Caballo en 1967, bajo el argumento de que allí estaría más seguro y vinculado a la unidad que el propio General San Martín creó.
Si bien su custodia por los Granaderos es un honor indiscutible, y sin duda nadie lo cuidará mejor que los herederos naturales de su gloria, su ausencia en el Museo Histórico Nacional priva a miles de ciudadanos, y especialmente a estudiantes, de contemplar el símbolo máximo de nuestra independencia en su repositorio natural.
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Ante esta realidad, nos permitimos realizar una propuesta que busca sanar esa herida en nuestra museografía histórica y que consiste, a través de los organismos nacionales pertinentes, encargar al reconocido orfebre Juan Carlos Pallarols la realización de un “clon” o calco del sable original, tal como el ya realizado por el artista años atrás.
Pallarols, quien ya ha trabajado con la pieza original, explica que un calco no es una simple copia; es una reproducción técnica tan precisa que permite capturar cada “cicatriz” y abolladura del acero persa, logrando un peso y una textura idénticos al original. Ante tal exactitud de este trabajo de orfebrería, nuestra propuesta es que esta valiosa pieza sea financiada mediante una suscripción pública nacional. En otras épocas, los grandes monumentos y el propio mausoleo que guarda los restos del Libertador en la Catedral fueron erigidos con el aporte voluntario del pueblo, desde las monedas de los estudiantes de todo el país hasta el aporte de empresas e instituciones, propuesta inspirada en la tradición patriótica del pueblo argentino.
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De esta forma, ya sea a través de la Secretaría de Cultura, la Asociación de Amigos del MHN o mediante algún otro organismo pertinente, este proyecto permitiría que el pueblo argentino vuelva a ser protagonista de su historia. Un nuevo calco del sable corvo, entregado en una ceremonia pública al Museo Histórico Nacional, ocuparía el lugar que fue destinado para el original, permitiendo que aquel permanezca en su custodia militar en el Regimiento, mientras en un acto simbólico, a través de esta pieza de orfebrería, vuelve a estar al alcance de la mirada pedagógica y patriótica de todos los argentinos.
Es momento de que el acero que “jamás salió de la vaina por opiniones políticas” vuelva, a través de una representación artística, a unirnos en un esfuerzo común por la memoria sanmartiniana.
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