
La incertidumbre es una referencia estructural de la vida colectiva. Frente a ella, una premisa general de racionalidad gobierna la conducta de los actores: reducirla todo lo posible.
En el mercado ocurre debido a que la incertidumbre aumenta el riesgo, con lo cual los inversores demandarán tasas de rentabilidad por encima del costo de oportunidad. A nivel micro, en la incertidumbre las firmas son menos competitivas. Surgen incentivos para la búsqueda de rentas, origen de múltiples ineficiencias agregadas para la economía como un todo.
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Esta estructura de acción colectiva, a su vez, opera de manera análoga en la arena política. Con alta incertidumbre los beneficios se concentran en un grupo reducido y los costos se distribuyen en la sociedad en su conjunto. Ello acorta el horizonte temporal de los actores y es origen de coaliciones legislativas inestables, gobiernos fácilmente permeables por intereses privados y, en definitiva, políticas públicas subóptimas.
En el mercado y en la política, entonces, en alta incertidumbre esta dinámica se refuerza y retroalimenta: una economía ineficiente y de baja productividad, una sociedad permeada por buscadores de rentas, plagada de coaliciones distributivas y dominada por el corto plazo. La economía está marcada por el bajo crecimiento y la política, por la inestabilidad.
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En síntesis, los actores racionales privilegian siempre las certezas. Estas consideraciones generales, siempre importantes, se vuelven cruciales en periodos electorales. Y también lo fueron en el reciente proceso electoral en Argentina.
Como en toda elección, varias narrativas dominaron un debate que duró meses. El oficialismo instaló una narrativa según la cual un candidato ofrecía certezas, Sergio Massa, por ser una figura conocida, experimentado, capaz de gobernar el territorio y los aparatos políticos. Una suerte de repetición del mito que solo el peronismo es capaz de gobernar en Argentina.
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El otro candidato, Javier Milei, fue retratado como alguien nuevo, un “outsider” de la política, sin trayectoria y con propuestas extremas; un salto al vacío. Por su parte, los diarios internacionales “progresistas”, subráyense las comillas, lo caracterizaron como “ultraderechista”. Es decir, intentaron descalificarlo.

En la narrativa electoral oficialista el voto por Massa conformaba con una conducta racional, y así lo recogieron varias encuestas, mientras el voto por Milei constituía una preferencia por la incertidumbre. El voto “racional” estaba definido de antemano. La primera vuelta pareció confirmarlo.
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Claro que sólo en una primera lectura de qué constituye racionalidad. Pues esta elección terminó siendo un plebiscito no sólo de los últimos cuatro años, gobierno del que Massa fue parte central, sino quizás también de 20 años de kirchnerismo, fuerza política que gobernó en 16 de ellos. Y esta es otra interpretación de racionalidad que el oficialismo pasó por alto.
Es decir, la sociedad votó por un cambio - un cambio radical si se quiere - para revertir la pobreza persistente, el déficit fiscal en efecto bola de nieve (gasto público desbocado para financiar la campaña), la inflación indomable, el desempleo de tantos, el empleo informal de los otros, las restricciones para invertir y producir, el proteccionismo que ha hecho de Argentina la economía más cerrada del continente, el festival de tipos de cambio y tantos otros sinsentidos.
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La supuesta incertidumbre de Milei, en este sentido, es más relativa que la representación discursiva del oficialismo. De hecho, muchas propuestas han sido más que claras: una economía capitalista competitiva, en lugar de un capitalismo de amigos como el kirchnerismo; combatir la corrupción, no la patria contratista parasitaria; reducir el gasto público, en vez de un Estado cuya función es engrasar las ruedas del clientelismo; y abrir la economía, para que la revitalización del comercio permita estimular la inversión y crear empleo.
Argentina es el único país del hemisferio en el que la economía está estancada a niveles pre-pandemia; Massa es el ministro de economía de eso. La sociedad, por ende, no creyó que “malo conocido sea mejor que bueno por conocer”, no suscribió de aquello de la certeza de lo ya vivido. Elegir lo nuevo, por definición incierto, ha sido enteramente racional.
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