
La escuela primaria es un espacio de socialización y encuentro con lo común, la cultura letrada, el razonamiento científico, la memoria histórica. Para lograr estos ambiciosos objetivos se necesita tiempo.
La cantidad de horas anuales de clase en la mayoría de las escuelas primarias argentinas (720), que son de jornada simple, está por debajo de varios países de la región y de las recomendadas internacionalmente (entre 850 y 1000). Esto sin tener en cuenta las significativas reducciones derivadas de problemas edilicios, paros o ausentismo de docentes y alumnos.
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Pese a que la Ley de Educación Nacional de 2006 plantea el objetivo de universalizar la jornada extendida o completa, sólo el 13,6% de los estudiantes de nivel primario asistía en 2020 a escuelas que ofrecieran más de 4 horas diarias. El magro avance en la meta legal obedece ante todo a razones presupuestarias, ya que para extender la jornada hace falta ampliar la infraestructura escolar.
Este año el tiempo escolar se incrementó en todos los niveles al pasar de 180 días a 190 días anuales de clase (Resolución N° 405 del CFE de octubre de 2021). Sin embargo, esta medida será seguramente insuficiente para enfrentar el impacto del prolongado cierre de escuelas por la pandemia entre 2020 y 2021, que afectó negativamente a los ya bajos niveles de aprendizaje, como seguramente se sabrá en cuanto se publiquen los resultados de la evaluación Aprender aplicada a fines del año pasado.
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En este contexto, el ministerio de Educación de la Nación anunció ayer que, previo acuerdo con las provincias el próximo viernes en la reunión del CFE, a partir de mayo las escuelas primarias de jornada simple del país tendrán una hora más de clase por día, destinadas a fortalecer la lectoescritura y la matemática. El 80% de los recursos para el aumento de los sueldos (18.000 millones de pesos) los aportará el gobierno nacional, mientras que el 20% restante quedará en manos de cada provincia.
Ya en tiempos normales, pero más aún en el crítico contexto actual esta medida es auspiciosa, ya que permite ampliar el tiempo de enseñanza y aprendizaje en el marco de las condiciones edilicias vigentes y se orienta a fortalecer los saberes fundantes en las áreas de lengua y matemática, que hoy presentan deudas muy importantes. Según la evaluación de la UNESCO de 2019, el 48,9% de los estudiantes de tercer grado no supera el mínimo establecido en matemática y el 46% en lectura.
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El modelo de una hora más existe desde hace aproximadamente una década en Río Negro y Tierra del Fuego. Ambos casos revelan que el modelo es factible en el plano organizativo, si bien resta saber cuál es su impacto en términos de calidad educativa.
Llama la atención, sin embargo, que esta medida sea anunciada ahora, con el ciclo lectivo iniciado, para implementarla en un mes. Resulta difícil imaginar cómo se organizarán en pleno año escolar las familias, las escuelas y los docentes, muchos de los cuales trabajan hoy turno mañana y turno tarde en escuelas diferentes. Es más difícil aún pensar que los ministerios provinciales diseñarán en tan poco tiempo las herramientas como para que las horas suplementarias sean aprovechadas para lograr más y mejores aprendizajes.
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El tiempo es un componente central de la cultura escolar y ordena múltiples aspectos del funcionamiento cotidiano de las instituciones. Modificarlo implica desestabilizar a todos los actores, por lo que es clave la planificación y el acompañamiento técnico. Sin esto la medida puede generar un fuerte rechazo por parte de los docentes y las familias, una muy mala base para lograr los objetivos esperados.
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