
La final del Mundial dejó un sabor amargo para los argentinos, no solo por la derrota contra España sino además porque en los días que la rodearon se disparó un agrio debate sobre nuestro país en redes sociales y algunos medios de comunicación. La acusación más dolorosa sostenía que los argentinos somos racistas. “Uno de los países más racistas del mundo”, dijo el actor estadounidense Samuel Jackson. “Un país con una historia racista”, agregó la congresista afroamericana Jazmine Crocket. La reacción masiva de los argentinos –dentro y fuera del país—consistió en defenderse de esas acusaciones que, en esas dimensiones, eran disparatadas y muy injustas. Cualquiera que conozca mínimamente este país lo sabe. Era conmovedor, en este contexto, escuchar y leer los testimonios de innumerables inmigrantes de todos los colores que contribuyeron a desmentir la exageración. Sin embargo, tal vez haya enfoques complementarios que enriquezcan esta discusión.
El hecho de que en los mundiales se destaquen cada vez más jugadores árabes y negros, especialmente en algunas selecciones europeas, ha producido expresiones racistas como mínimo desde 1998. En ese año Jean Marie Le Pen, el fundador del Frente Nacional, calificó como “equipo africano” al equipo francés conducido por el genial Zinedine Zidane. A diferencia de su hija Marine, Le Pen padre era abiertamente pronazi y antisemita. Aquella selección le tapó la boca porque salió campeona del mundo goleando a Brasil en la final. Pobre Jean Marie, si viera lo que ocurrió después: con el correr de los años la selección francesa fue cada vez más negra y cada vez más árabe y cada vez más talentosa. Eso sigue incomodando mucho a algunas personas a lo largo del planeta.
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En este Mundial, por ejemplo, el magnate argentino Marcos Galperín reposteó un tuit que comparaba dos fotos: una de la selección francesa de los años 70, compuesta íntegramente por blancos, y la actual. Galperin ya había tenido expresiones en el mismo sentido como cuando acusó al movimiento antiracista Black Lives Matter de ser comunista. Como se sabe, la vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, calificó también de “equipo africano” a la selección francesa. Pero no fueron reacciones exclusivas de dos argentinos. El ex presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, desató un escándalo en su país al elogiar al equipo francés en las horas previas a la semifinal contra España de esta forma: “Ha ganado todos los partidos que disputó en este Mundial y ocupa la primera posición del ranking FIFA. Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”. Hasta la ultraderecha francesa, conducida ahora por la muy popular Marine Le Pen, repudió estos enfoques.
En la Argentina hubo otros episodios que pasaron más desapercibidos. El domingo 5 de julio, Noruega derrotó a Brasil por dos a uno, y lo dejó fuera del torneo en octavos de final. En el momento del pitido final, Santigo Caputo tuiteó:
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-Que piedra se volvió ser negro. La culpa es de Hollywood.
Caputo es un destacadísimo asesor del presidente Javier Milei, que controla a través de su gente el servicio de inteligencia del Estado y el organismo de recaudación de impuestos. Cada cual tendrá derecho a interpretar si su tuit fue una bravuconada, un intento fallido de chiste, un gesto que intenta desafiar los límites de lo políticamente correcto o la expresión brutal de un prejuicio racista. Pero, para entender la profundidad del problema basta modificar mínimamente el texto. ¿Qué hubiera pasado si en lugar de escribir “que piedra se volvió ser negro”, Caputo hubiera escrito “que piedra se volvió ser judío”? Es una suerte que Samuel Jackson no conozca la anécdota porque tendría un argumento a su favor.
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-JAJAJAJAJAJA—fue el comentario que hizo Alejandro Sarubbi Benitez, al leer el posteo de Caputo.
Sarubbi Benitez es uno de los abogados del Presidente. Tiene un programa en el canal de streaming oficialista Carajo, desde el cual logró cierta trascendencia hace unos meses cuando exhibió una foto de Axel Kicillof deformada para que parezca una persona con síndrome de Down.
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Por esas horas donde se disputaban los octavos de final, mientras el resto de la Argentina esperaba el partido contra Egipto, el micromundo libertario en las redes se hacía una fiesta con ese tipo de expresiones denigratorias. El blanco de la bronca era Vinicius Junior, la superestrella del Real Madrid. “La debacle de Brasil es culpa de este llorón que siendo archimillonario famoso y teniendo una vida privilegiada se puso a acusar de racista a todo el mundo por puteadas en un partido de fútbol”, escribió Agutín Romo, titular del bloque de legisladores provinciales de La Libertad Avanza. Daniel Parisini, el gordo Dan, lo reposteó.
En las últimas horas, Romo acusó de la supuesta campaña antiargentina a inmigrantes extranjeros que no habían hecho nada. “Argentina es el único país del mundo que da salud y educación gratis a los extranjeros. ¿Y vienen a bardearnos y acusarnos de cualquier cosa? Tenemos que cortarles todo ya y deportarlos. ¿Tan malos somos? Seamos malos de verdad”.
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Ojalá hubieran sido hechos aislados. Aquel fin de semana de octavos, Francia había descalificado a Paraguay después de un partido durísimo, donde los defensores paraguayos rasparon fuerte a los atacantes franceses. Juan José Cáceres, el defensor que marcó a Kylian Mbappé contó que en uno de los tantos cruces, el francés le preguntó si quería darle un beso. “SE CONFIRMÓ QUE ES PUTAZO. Cáceres reveló que durante sus cruces con Mbappé el africano le preguntó si le quería dar un beso, confirmando que además de los travestis también le gustan los hombres”, tituló La Derecha Diario, el medio digital que el presidente Milei ha recomendado muchas veces.
Cuando terminó el partido, se produjo un episodio confuso en el que pareció que Mbappé le negaba el saludo al arquero paraguayo, Orlando Gil. El Gordo Dan, reposteaba textos que decían cosas como esta: “Ahí lo tienen a Mbappé, el ídolo de ustedes antiderecha, negándole el saludo al arquero por paraguayo. Mbappé racista y cometrolos”. Por su parte, el funcionario Juan Doe reproducía otro titular de La Derecha Diario que caracterizaba a Mbappé como “el futbolista amante de los travestis” o reposteaba: “Este llorón maleducado cometrabas necesitó de un arbitraje comprado para ganarle a Paraguay”.
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Esas expresiones, estimuladas por personajes destacados del mundo libertario, se multiplicaban en esas horas miles de veces en las redes. A diferencia de lo que ocurría hace dos años, no repercutían demasiado porque este grupo se fue encerrando en una especie de gueto digital: ya perdió la capacidad que tenía de instalar temas y puntos de vista. Hablan entre ellos mismos.
Argentina no es, ni de lejos, el país más racista del mundo. Las personas que han difundido esta idea habitan lugares donde el racismo ha sido, y es, mucho más profundo que aquí. Pero en los últimos años se ha producido un fenómeno novedoso que representa un desafío para el clima de tolerancia que siempre caracterizó a esta sociedad. Personajes que pertenecen a la intimidad y al entorno del Presidente difunden habitualmente expresiones racistas y homofóbicas que, en cualquier otro momento, hubieran generado respuestas muy contundentes. Ahora se naturalizan como si formaran parte del paisaje. De hecho, en los medios de comunicación se informa sobre un tuit de la vicegobernadora de Mendoza o una frase de Mariano Rajoy, pero las expresiones racistas de funcionarios o parafuncionarios oficialistas quedan debajo del radar.
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La existencia de estos hechos es ciertamente incómoda. Porque no es fácil que convivan la tolerancia hacia este tipo de personajes promovidos por el oficialismo con la reacción ofendida ante las acusaciones de que la Argentina es racista. O no lo es, y debe haber un debate sobre por qué tantas personas cercanas al Presidente dicen estas cosas, o lo es y entonces todo está perfecto, pero los de afuera tienen algo de razón. En el centro de este debate debería aparecer la benevolencia de los principales empresarios argentinos, que financian la Fundación Faro, desde donde Agustín Laje difunde ideas de este tipo, o la generosidad de todos los funcionarios de primera línea del Gobierno, que visitan habitualmente los estudios de Carajo y se abrazan con un grupo de racistas: un editado de las expresiones racistas en ese medio paraoficial alcanzaría para fortalecer todos los prejuicios sobre lo que ocurre en el país.

Mientras tanto, el debate de estos días es útil para pensar acerca del lugar en el mundo que ocupa la Argentina. En esta semana fue muy interesante conocer el punto de vista de dos españoles que tienen miradas antagónicas y sin embargo coincidían en un punto: en el centro de la discusión se ubica la posición internacional del gobierno del presidente Javier Milei.
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Pilar Rahola explicó en Infobae que la Argentina se ha transformado en un país comprometido con la defensa de los valores occidentales y por eso es blanco de una campaña promovida por progresistas europeos y terroristas pro iraníes. Javier Bardem explicó el rechazo a la Argentina como una reacción a su alineamiento incondicional con Donald Trump y con Benjamin Netanyahu. Para la una, la agresión contra el país se debe a algo que el Gobierno de Milei hace bien y para el otro a algo que hace mal.
En los dos casos, en el centro de todo, aparece la política exterior de Milei, que se ha definido como “el presidente más sionista del mundo”. ¿Se trata del lugar correcto, criterioso, inteligente, equilibrado para estar? ¿No será una posición, como mínimo, discutible, y, además, muy costosa? ¿Por qué es el único país del mundo que asume una posición tan radical?

Nada de esto tiene que ver con el comportamiento emocionante de la selección campeona del mundial de 2022 y subcampeona del que acaba de terminar. La única expresión política de sus jugadores consistió en levantar una sábana que le habían arrojado desde la tribuna y que decía “Las Malvinas son argentinas”.
Ha terminado un Mundial espectacular.
En cuatro años habrá revancha y nuevas canciones y nuevos festejos.
Seguro que sí.
No será tan fácil librarse de nosotros.
Además, solo se trata de fútbol: veintidós jugadores corriendo tras una pelota.
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