
El 4 de julio de 2026, Estados Unidos celebró los 250 años de la Declaración de Independencia. No se trató solamente de recordar el nacimiento de una nación, sino de renovar una promesa política que modificó la historia de Occidente: los hombres no reciben sus derechos del poder, sino que el poder existe para proteger derechos que los preceden.
Pocas semanas después, ese principio salió de los monumentos para manifestarse en un escenario inesperado: una cancha de fútbol. Luego de derrotar a Inglaterra en la semifinal del Mundial, jugadores argentinos levantaron frente a sus compatriotas una bandera casera que decía: “Las Malvinas son Argentinas”. No hubo violencia, insultos raciales ni incitación al odio. Hubo una afirmación nacional amparada por la historia, por la Constitución argentina y por una política de Estado sostenida durante décadas.
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La reacción de una parte del poder británico fue inmediata. Funcionarios del Reino Unido reclamaron una investigación de la FIFA. El líder liberal demócrata Ed Davey llegó a pedir que los jugadores involucrados fueran apartados de la final. La FIFA anunció que su comité disciplinario evaluaría los informes del partido y las posibles medidas posteriores.
Frente a esa presión apareció una respuesta que debería interpelar especialmente a quienes se consideran liberales. Andrew Giuliani, responsable de la Casa Blanca para el Mundial, defendió públicamente a los futbolistas argentinos. “Creemos en nuestros derechos de la Primera Enmienda aquí, en los Estados Unidos de América”, sostuvo, y agregó que los jugadores tendrían en territorio estadounidense la oportunidad de realizar manifestaciones.
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La declaración no constituyó una orden judicial ni convirtió a la FIFA en sujeto directo de la Primera Enmienda. La garantía constitucional estadounidense limita principalmente la acción del Gobierno, no las decisiones de cualquier organización privada. Pero la intervención de la administración Trump produjo algo políticamente decisivo: se negó a aceptar que una expresión nacional pacífica fuera tratada como una falta moral o como un delito deportivo. La paradoja es que esa claridad apareció con mayor fuerza en Washington que en Buenos Aires.
Reacciones desconcertantes
Antes del partido, la ministra de Seguridad argentina, Alejandra Monteoliva, explicó que no podrían ingresar al estadio banderas o carteles con contenidos considerados políticos. Consultada específicamente por imágenes de las Malvinas, reiteró que no serían admitidas. El Gobierno no había creado las normas del estadio, pero hizo propia su lógica.
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Mientras la administración estadounidense invocaba la libertad, una administración argentina que se define libertaria aparecía explicando la mordaza. Fueron los jugadores quienes rompieron ese libreto. No mediante una declaración preparada por consultores ni a través de una operación partidaria, sino levantando una bandera confeccionada por argentinos desde una tribuna. Giovani Lo Celso se acercó a buscarla y, junto con Lisandro Martínez, la mostró frente al público. La imagen recorrió el mundo.
Aquel gesto puso en evidencia el carácter selectivo de cierta neutralidad deportiva. La política parece prohibida cuando un argentino dice que las Malvinas son argentinas, pero suele ser admitida y celebrada cuando coincide con las causas aprobadas por las burocracias internacionales y por la corrección política occidental.
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No existe deporte completamente separado de la identidad. Los equipos representan países, ingresan detrás de sus banderas, cantan himnos nacionales y compiten bajo símbolos patrios. Pretender que un Mundial es una ceremonia nacional cuando conviene y una zona políticamente aséptica cuando aparece una causa incómoda es una contradicción.
La reacción británica también merece una reflexión. En nombre de separar el fútbol de la política, funcionarios británicos hicieron política y presionaron a una organización internacional para aplicar sanciones. Es el viejo reflejo inquisitorial vestido con lenguaje reglamentario: la expresión adversaria no debe ser respondida, sino prohibida.
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El Gobierno argentino, mientras tanto, no logró encontrar una voz coherente frente a la secuencia mundialista. Cuando Lionel Messi recordó que existen argentinos que no tienen trabajo, que la pasan mal o que no llegan a fin de mes, el vocero presidencial afirmó que el Gobierno no coincidía con esa descripción general. Poco después, la Oficina de Respuesta Oficial sostuvo que las palabras del capitán eran “completamente ciertas”, aunque atribuyó esa realidad a las administraciones anteriores.
Las dos posiciones pueden encontrar explicaciones técnicas, pero juntas exhiben un problema: un Gobierno que todavía no descubre cómo conectar su discurso libertario con el sentimiento popular. Reconocer el sacrificio cotidiano de millones de ciudadanos no significa renunciar al equilibrio fiscal. Significa comprender a la nación que se pretende conducir.
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Argentina no es solamente una hoja de cálculo. Tampoco es una audiencia extranjera a la que debe explicársele que sabemos comportarnos. El desconcierto alcanzó un punto especialmente simbólico cuando el presidente Milei eligió responder a la campaña de críticas contra la Argentina reproduciendo en inglés una frase atribuida a Winston Churchill: “You have enemies? Good. That means you’ve stood up for something, sometime in your life”.
La frase puede ser acertada. El símbolo elegido, en ese contexto, no lo fue. Cuando el episodio central era la presión del establishment británico contra una manifestación argentina sobre Malvinas, citar en inglés a uno de los grandes símbolos del Reino Unido produjo una escena extraña.
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Argentina habla español. Tiene una historia, una Constitución, próceres, soldados, escritores y palabras propias para defender su dignidad. Y si el Presidente deseaba recurrir a una referencia estadounidense o anglosajona, el momento convocaba más a James Madison y a la Primera Enmienda que a Winston Churchill y al Imperio británico.
La diferencia no es menor. Churchill representa la voluntad de resistencia de Gran Bretaña. La Primera Enmienda representa el derecho de cualquier hombre a decirle al poder aquello que el poder no quiere escuchar. EEUU entendió mejor el pulso argentino.
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Comprendió que los futbolistas no estaban declarando una guerra ni amenazando a nadie. Estaban ejerciendo una forma de soberanía cultural. Eso también explica la profunda conexión existente entre el patriotismo de Trump y el sentimiento nacional que atraviesa a buena parte del pueblo argentino. El patriotismo verdadero no exige que otras naciones renuncien a su identidad. Por el contrario, reconoce que pueden existir alianzas sólidas entre pueblos que se respetan a sí mismos.
Ser amigo de Estados Unidos no significa ser menos argentino. Del mismo modo, defender que las Malvinas son argentinas no implica convertir al pueblo inglés en enemigo ni negar los numerosos vínculos históricos. Significa que la amistad no exige subordinación y que el diálogo no requiere silencio.
Estados Unidos volvió a demostrar por qué su tradición constitucional continúa siendo un faro para el Mundo Libre. No porque su historia carezca de contradicciones, sino porque conserva un principio capaz de corregirlas: el poder no debe decidir cuáles ideas pueden ser expresadas.
Los bandos quedaron claros. De un lado, una burocracia que pretende administrar símbolos, emociones y palabras. Del otro, jugadores que levantaron una bandera y una nación anfitriona que se negó a considerar intolerable aquel acto.
El Gobierno argentino no necesita competir con la Selección, corregir a Messi, ni esforzarse por resultar más prudente que los propios británicos. Necesita encontrar una voz argentina capaz de unir libertad, soberanía y sensibilidad popular. La libertad que no se anima a defender la identidad nacional queda incompleta. El patriotismo que necesita pedir permiso deja de ser patriotismo.
Argentina debe permanecer unida. También debe hacerlo la América libre: una comunidad de naciones soberanas, occidentales y orgullosas de su identidad, desde Alaska hasta Tierra del Fuego. En la tierra de los libres y el hogar de los valientes, nuestros jugadores recordaron algo que ningún reglamento debería borrar: las Malvinas son argentinas.
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