Cómo responder a las acusaciones de racismo

Argentina no es una copia exacta de modelos europeos, sino el resultado de un experimento institucional forjado por varios políticos e intelectuales, entre los que destaca Juan Bautista Alberdi

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Juan Bautista Alberdi (foto: Wikipedia/William George Helsby)
Juan Bautista Alberdi (foto: Wikipedia/William George Helsby)

En los últimos tiempos, una ola de críticas provenientes ha intentado colgarle a la Argentina el cartel de país racista. Bajo esta lógica, nuestra sociedad pareciera obligada a rendir cuentas por no encajar en ciertos estándares de “diversidad”. Ante este fenómeno, el error más común es responder desde el enojo.

La respuesta inteligente requiere comprender por qué el hemisferio norte, incluyendo Europa, es incapaz de entender la idiosincrasia argentina. No por animosidad, sino por malentendidos históricos.

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Muchas veces se juzga a la historia argentina utilizando un marco teórico diseñado para explicar sus propios problemas del pasado de países europeos, como así también sus propios sistemas de segregación. La segregación (política institucional de separación) y el racismo (actitud que avala la existencia de razas humanas jerárquicas) se instalaron con fuerza en todo Occidente durante el siglo XIX, justamente con un origen ideológico en los países del Norte europeo.

Estas críticas ignoran que Argentina no es una copia exacta de modelos europeos, sino el resultado de un experimento institucional forjado por varios políticos e intelectuales, entre los que destaca Juan Bautista Alberdi. Su prédica era que Argentina, en su más profunda esencia cultural, no podía ser racista.

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El Estado-Nación europeo frente al proyecto alberdiano

Para entender esta disyuntiva, hay que mirar cómo se formaron las naciones en el siglo XIX. En Europa, el concepto histórico de nación estuvo atado a la sangre, la etnia y el linaje (jus sanguinis). El Estado moderno europeo se construyó, durante siglos, sobre la premisa de la homogeneidad étnica.

Frente a esa concepción, Alberdi propuso una disrupción absoluta. Las bases de nuestra Constitución Nacional de 1853 no fundaron una nación basada en la sangre, sino en un pacto cívico y en la estricta igualdad ante la ley. Y esto es porque Argentina necesitó, desde el día 1, poblar su inmenso territorio. Contrariamente, Europa no padeció como nosotros la escasez de gente.

En términos constitucionales, el famoso Artículo 20, que otorga al extranjero los mismos derechos civiles que al ciudadano, sumado a la adopción del territorio como criterio de nacionalidad (jus soli), destruye cualquier intento de jerarquización racial. Para el liberalismo fundacional argentino, no importaba si el individuo era criollo, mestizo o un inmigrante recién bajado del barco en el puerto de Buenos Aires. El único requisito para ser argentino era habitar este suelo y respetar el proyecto de vida del prójimo.

El orden espontáneo del “crisol” y la idiosincrasia de la mezcla

Al establecer reglas de juego claras, basadas en el individuo y no en el colectivo, el andamiaje alberdiano permitió que floreciera lo que Friedrich Hayek llamaría un “orden espontáneo”. Como el Estado argentino no clasificó a sus ciudadanos por castas, ni legisló dónde debían vivir según su origen, la sociedad civil hizo lo que mejor sabe hacer en libertad: cooperar, comerciar y mezclarse.

Aquí radica el núcleo de la idiosincrasia argentina que Europa no logra decodificar. El modelo multicultural europeo contemporáneo a menudo genera diferencias: comunidades distintas que habitan la misma ciudad, pero no se tocan, no se mezclan y mantienen tensiones.

El modelo argentino, por el contrario, es asimilacionista. El inmigrante que llegaba no se aislaba; sus hijos iban a la escuela pública de guardapolvo blanco, jugaban en el mismo club de barrio y se casaban con los hijos de otras corrientes migratorias o con la población local mestiza. Nuestra idiosincrasia no tolera el gueto porque nuestra cultura es inherentemente integradora.

El lenguaje de la cercanía

Esta fusión cultural generó códigos sociales que a europeos y norteamericanos les puede ser de difícil comprensión. Ellos cuentan con un pasado imperialista que nosotros no. A eso se suman las corrientes políticas progresistas modernas en donde cualquier mención al fenotipo es considerada una agresión.

En la idiosincrasia argentina, el proceso fue espontáneo porque no hubo un Estado segregador, y las diferencias de origen se transformaron en moneda corriente del afecto. Llamar a alguien “el ruso”, “el turco”, “el gallego”, “el tano” o “el negro” despojó a esas palabras de cualquier veneno discriminatorio. Es la demostración empírica de una sociedad que superó el prejuicio racial, integrándolo al humor y a la confianza cotidiana.

Argentina tiene innumerables problemas que resolver. Llevamos décadas de decadencia económica producto del abandono de las ideas de Alberdi en materia económica. Pero si hay un capital cultural que el estatismo no ha logrado destruir, es nuestra matriz de convivencia. No somos un país racista porque no tuvimos segregación institucional; somos el triunfo histórico de un modelo liberal que entendió que la verdadera inclusión no nace del colectivismo, sino de mirar al otro como a un igual ante la ley. Tenemos que arrepentirnos de muchos errores de nuestro pasado, pero no justamente de esa idiosincrasia de integración.