
El genial sociólogo Daniel Bell escribió en los años 70 un texto titulado “Las contradicciones culturales del capitalismo tardío”. En esta obra el autor señalaba que se había producido una disyunción entre el tipo de organización que exigía el ámbito económico y las normas de autorrealización que dictaba la cultura. Planteaba el autor que los dos ámbitos que habían estado unidos históricamente para dar una misma estructura de carácter, la del puritanismo, se habían separado y los principios del ámbito económico y los de la cultura llevan a las personas en sentido contrario.
Bell hacía referencia a que los cambios en las formas de vida y los valores que la sustentaban, que generaba la creciente industrialización y la emergencia de la sociedad de consumo. La nueva etapa abandonaba el sacrificio y la postergación de la gratificación en pos del deber y azuzaba el deseo y la búsqueda de su satisfacción permanente. Despedía la austeridad puritana e incentivaba modos de vida placenteras y confortables por la posesión de los bienes y servicios que ofrecía el mercado.
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Este cambio cultural produjo transformaciones en las mentalidades que actuaron en el sentido contrario de lo que imaginaba Bell. Generaron una orientación en la producción tecnológica que revolucionó todos las dimensiones de la vida humana. Un desarrollo de instrumentos que rompieron las barreras de tiempo y lugar y pusieron al alcance de todos el gran teatro del mundo y la totalidad del conocimiento disponible. Es cierto que no todo es un lecho de rosas, hay quienes tienen una interpretación siniestra del avance de la tecnología. No es esto lo que me propongo discutir en este texto. Solo abordo este tema para hacer visible, por un lado, el abismo cultural que nos separa de los valores puritanos de comienzo de siglo XX y, por otro, marcar el protagonismo de la cultura en la transformación del mundo.
La era digital en la que ya hemos entrado se referencia en la valoración de la creatividad y de la capacidad individual de resolver las propias trayectorias. Es una era de extremo individualismo y por tanto de enorme exigencia sobre las capacidades adquiridas.
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No se convoca al sacrificio sino que se exige la destreza personal para armar exitosamente la propia trayectoria de vida. No se pide obediencia sino creatividad, no se demandan rígidos horarios, sino responsabilidad en los resultados.
La escuela moderna socializó a sus alumnos en los valores del primer periodo del capitalismo industrial. Hizo del placer una mala palabra, del deseo el principio del mal y del sacrificio la mayor de las virtudes. El ejemplo del hornero que hacía su casita y de las hormiguitas que trabajaban todo el verano para almacenar alimentos fueron el símbolo de esa época.
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La socialización se reforzaba con un método de premios y castigos que se aplicaba a través de un sistema de evaluación utilizado con sentido clasificatorio que distinguía entre los que “no les da la cabeza” y “los inteligentes”, entre “los vagos” y los “esforzados”. El futuro de los niños y jóvenes se definía en este juego de las sillas donde algunos se sentaban y otros se quedaban sin lugar. La responsabilidad era de los alumnos, su familia o las circunstancias sociales. Nunca de la escuela.
Hoy sabemos que todos los chicos pueden aprender, que no existen los vagos sino los desmotivados, que el porcentaje de chicos que no pueden aprender es muy bajo. Lo que sucede es que la escuela no se ha reinventado para poder enseñarles a todos. En nuestro país hemos hecho mucho por incorporar a la escuela los anteriormente excluido y nada por que todos aprendan.
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Si todos pueden aprender pareciera que no corresponde asociar la calidad de la educación a la reactivación de un sistema de castigos que refuerce los aplazos, la repitencia y restablezca el sacrificio del Estudio.
Muy por el contrario la educación de nuestra época debería hacer (y en muchos casos puede) de la escuela un espacio de gratificación en el aprendizaje, de incentivación y desarrollo de la curiosidad y de las capacidades individuales y de la pedagogía un saber capaz de enseñar a todos los chicos mas allá de sus heterogéneas condiciones de origen.
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No es una pretensión ilusoria, no es una meta inalcanzable. Existen en el mundo propuestas pedagógicas de ese tipo. La demanda de calidad educativa, no es para retornar a la escuela de principios del siglo XX: es por el contrario para avanzar a un modelo acorde con los valores y las exigencias de este momento histórico.
No es la recuperación de un sistema de premios y castigos instituido hace mas de un siglo lo que salvará a nuestra educación. No es la socialización en los valores de la sociedad de la primera mitad del siglo pasado lo que hará de nuestras nuevas generaciones individuos capaces de gestionar su propia existencia.
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La única manera de volver a tener una educación de calidad es que seamos capaces de transformar la escuela dialogando con la cultura contemporánea y exigiendo a cada uno de los agentes de la educación responsabilidad por los resultados de su tarea.
No estamos abogando a favor de una escuela que no enseña y que por lo tanto no controla los aprendizajes. Por el contrario, estamos reclamando una escuela siglo XXI que garantice a todos los chicos, los aprendizajes necesarios en este siglo y con un patrón socializador que les permita controlar el timón de su existencia en un mundo híper-individualista.
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