El presidente Fernández y la sospechosa neutralidad argentina

Mientras Ucrania se desangra, víctima de la invasión rusa, Argentina se abstiene de condenarla, de mencionar siquiera la palabra invasión y de eludir todo comentario sobre la tragedia. No es neutralidad, sino una lectura tendenciosa, o errada, de las relaciones internacionales

Guardar
Alberto Fernández y Vladimir Putin
Alberto Fernández y Vladimir Putin (Sputnik/Sergey Karpuhin/Pool via REUTERS)

Ucrania está a un paso de las ruinas. El ejército ruso está a un paso de destruirla. Los ucranianos denuncian que las tropas invasoras arrojan juguetes que son bombas, mientras los misiles de Vladimir Putin, una serpiente según afirmó el disidente Gari Kasparov, lanza misiles contra edificios altos de la capital, Kiev, y ametralla a civiles.

Con esa serpiente el kirchnerismo jugó a la ronda catonga a principios de este mes, cuando el presidente Alberto Fernández visitó Moscú y le ofreció a Putin que Argentina fuese la “puerta de entrada” de Rusia en América Latina. El Presidente se olvidó de Cuba, que hace más de sesenta años le ganó de mano la partida. En todo caso, su oferta puede ser aceptada como “puerta de atrás”. Con Putin nunca se sabe.

Esa inoportuna visita, y ese regodeo servil en las alfombras del Kremlin, fue completado por la incontinencia verbal ligeramente iletrada del embajador argentino en China, que le soltó al presidente Xi Jinping un desmesurado elogio al comunismo. Del comunismo, en China, sólo quedan el terror, la pobreza y el retrato ajado de Mao en Tiananmén. Nadie mejor que Jinping para saberlo. Para completar el cuadro, en días en los que el silencio es complicidad, Argentina se abstuvo de condenar en la OEA la invasión rusa a la Ucrania sufrida, aislada y valiente.

A ese silencio diplomático, que una lectura errada o tendenciosa, o errada y tendenciosa, de las relaciones internacionales, deja al país aislado o asociado a regímenes dictatoriales y violentos como el de Venezuela o Nicaragua, se suma el silencio de la vicepresidente, Cristina Fernández, encandilada en su momento por el líder ruso y comprometida, en el inicio de la pandemia, con la decisión de elegir la vacuna Sputnik contra el Covid, para desechar las vacunas americanas, como si Lenin fuese más eficaz contra el virus que Thomas Jefferson.

El silencio y la abstención, mientras mueren miles de ucranianos, están a punto de ser exhibido por el relato oficial como una forma de neutralidad. No lo es. Es conveniencia, lo que torna más execrable a esa complicidad. Fernández viajó a Rusia y a China en busca de inversiones y de dólares porque el país está desprestigiado, sin reservas, sin la confianza del mundo occidental, harto de los pagadiós nativos.

La neutralidad argentina, la tradicional, tampoco nunca fue tal. Durante la Primera Guerra Mundial y bajo el gobierno de Hipólito Yrigoyen, los británicos exigieron la neutralidad del país para que los barcos con bandera argentina pudieran atravesar el océano y llegar a Gran Bretaña con el trigo y la carne, vitales para los ingleses. Año después, Julio Roca hijo, diría: “Argentina es la joya más preciada de la corona británica”. Otro disparate, fruto de la lectura errada o tendenciosa, o errada y tendenciosa, de la realidad mundial. Roca tenía motivos para estar contento: acababa de firmar con Walter Runciman, el encargado de negocios británico, un pacto sobre comercio de carne que luego sería denunciado por Lisandro de la Torre.

Durante la Segunda Guerra mundial, la neutralidad argentina se mantuvo, a tropezones, entre la presión británica y el grupo de militares nacionalistas que se hicieron con el poder tras el golpe de Estado del de junio de 1943. Lo encabezaban los oficiales unidos por la logia militar GOU, Grupo Obra de Unificación, que luego pasó a ser Grupo de Oficiales Unidos. Tenían simpatías por el nazismo, ansiaban conformar un bloque pro nazi en América del Sur, del que surgiría Argentina como líder sobre su rival tradicional, Brasil, y en abierta oposición a los Estados Unidos.

Esto implica, salvando las distancias, que aquellos altos oficiales, entre los que se contaba Juan Perón, le ofrecieron a Hitler que Argentina fuese “la puerta de entrada” del nazismo al continente.

Los contactos de figuras del nacionalismo local con el hitlerismo llegaron a las barbas de Heinrich Himmler, cabeza de los SS y de la Gestapo. En el país funcionaron incluso enlaces radiales, ubicados en el sur de la provincia de Buenos Aires, con la Alemania de Hitler. De todo estaba al tanto Estados Unidos, que interfería aquellas comunicaciones.

Argentina mantuvo la interesada “neutralidad” hasta que le fue imposible: rompió con el Eje el 26 de enero de 1944, cuando la guerra ya estaba inclinada hacia el bando aliado. El país le declaró la guerra a Alemania, cuando ya Perón era Secretario de Trabajo y Previsión, el cargo que lo llevaría al liderazgo político y a la presidencia. Esa ruptura tampoco estuvo centrada en una apasionada defensa de las democracias contra el salvajismo de Hitler. La ruptura permitió al gobierno militar argentino expropiar las principales empresas alemanas, hacerse cargo de sus activos y facilitar la huida de capitales nazis hacia el país, antes y después de la derrota a manos de los aliados. Esas empresas alemanas cobijaron luego a criminales de guerra de la talla de Adolf Eichmann y de Josef Mengele.

En épocas de crisis, económica y política, el país se volcó al mundo comunista. No por coincidir con Marx, ni con Lenin, sino por conveniencia. Un poco como el presidente Fernández hizo ahora con Rusia y China, en el mejor de los casos, sólo que con un overacting un tanto descarado: el kircherismo necesita sobreactuarlo todo.

En 1979, plena dictadura militar, el poderoso ministro de Economía del régimen, José Alfredo Martínez de Hoz, que golpeaba las puertas de toda entidad financiera estadounidense y europea, viajó a la China comunista de Deng Xiaoping. Argentina estaba cuestionada por las violaciones a los derechos humanos desatadas por el terrorismo de Estado: los créditos no fluían fácil. Deng recibió con todos los honores a Martínez de Hoz, que viajó con la idea de abrir el mercado de cereales argentinos a ese país. Deng, que había sobrevivido a las purgas de Mao y de su alocada “Revolución cultural” y había terminado con las andanzas de la viuda del líder chino y su “banda de los cuatro”, elogió al ministro argentino, lo agasajó con grandes banquetes e impulsó el intercambio entre los dos países. Ni un yuan.

Al año siguiente, se unieron dos desclasados: Argentina y la URSS, que había invadido Afganistán y era una especie de paria internacional, como también lo era nuestro país, con su economía tambaleante. Al dictador Jorge Videla, su gobierno había perseguido al comunismo y asesinado a sus militantes y a los de la izquierda tradicional, le importó nada aquel maridaje con la URSS, que buscaba la cosecha de maíz de los campos argentinos. Incluso, el gobierno militar se plantó ante Estados Unidos, que envió a un representante para tratar de impedir la venta del cereal a la Unión Soviética.

Finalmente, la URSS compró el sesenta y dos por ciento de la producción nacional de cereales y oleaginosas. Eso sí para no pasar por comunistas conversos, papel en la comedia que nadie hubiese creído, el gobierno militar declaró el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú, celebrados ese año, como había hecho Estados Unidos a raíz de la invasión soviética a Afganistán

Estas historias parecen antiguas, pero sucedieron no hace mucho, y no tan lejos. Rusia, gracias a Vladimir Putin, ofrece hoy en Ucrania la imagen calcada de los países devastados por la Segunda Guerra: civiles que huyen en caravana, cadáveres en las calles, edificios derruidos, desolación, humo y trincheras. Como en aquellos tiempos, no tan lejanos, el gobierno guarda un silencio cómplice. Nadie pide tanto.

SEGUIR LEYENDO: