
Venezuela, Irán y Cuba, el triángulo que marca la geometría política de la Situation Room americana y pone los cimientos de un nuevo paradigma mundial. Más allá de las filias y fobias que genera el Presidente Trump, es indiscutible que ha entrado en la Casa Blanca para dejar huella, es decir, para entrar en la historia en mayúsculas.
Resolver en un solo mandato los conflictos de Oriente Medio y los del hemisferio occidental, y hacer caer tres dictaduras de largo y oscuro recorrido, supera las más altas ambiciones. Por supuesto, aún son muchas las incertidumbres para considerar que las metas serán alcanzadas, pero los caminos están trazados: en Venezuela, con trazo firme, en una mutación económica y política que llevará ineludiblemente, a un proceso democrático. En Irán, todas las hipótesis abiertas, aunque, sea cual sea el desenlace de la guerra, nada será igual en la región, ni mucho menos en el régimen, cuyo final está escrito. Y en Cuba empieza el moméntum histórico que cambiará para siempre el destino de la isla. En un solo mandato, pues, es probable que Trump consiga acabar con el chavismo, los ayatolas y el castrismo, tres regímenes que llevaban décadas de represión y corrupción, desestabilizando sus entornos y alimentando la criminalidad, y que parecían destinados a sobrevivir eternamente. Y, por el camino, habrá movido los equilibrios de la geopolítica internacional.
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Pero de las tres dictaduras, la caída del castrismo es la más simbólica para Estados Unidos, no en vano Cuba ha sido, desde 1959, el hueso imposible de roer, el bastión inexpugnable, la humillación permanente que ha sobrevivido a todas las presidencias. Al mismo tiempo, también ha sido la joya de la corona de la izquierda mundial, su referente ideológico más longevo y sólido, capaz de sobrevivir a la caída de la Unión Soviética. En cierto sentido, con el final del régimen castrista, caerá el último engranaje del viejo comunismo.
Y precisamente porque se trata de un hecho de enormes proporciones históricas (y simbólicas), es por lo que la administración americana ha optado por la estrategia del colapso, tanto por la vía del ahogo económico y energético, como por el aislamiento político. “Los dados quedaron marcados para Cuba a partir de la captura de Maduro y la desaparición de Venezuela como sostén energético”. No solo porque Cuba dejó de recibir el petróleo y las divisas venezolanas, sino porque todo el mapa de la región cambió drásticamente. De golpe, países que habían ayudado históricamente a Cuba, hacían un mutis significativo, especialmente los tres más grandes de la región, Brasil, México y Colombia, que bruscamente dejaron de suministrar petróleo a la isla. Ello es especialmente sensible tratándose de países con líderes de izquierdas que siempre se habían posicionado a favor de la supervivencia del régimen. Los casos de Lula y de Sheinbaum son especialmente notorios, dada la retórica “antiimperialista” -es decir, antiamericana- que acostumbran a verbalizar. Pero, si algo parece claro en todo este proceso es que ninguno de ellos quiere estar fuera de la órbita de Trump, como bien demostró un Petro que viajó raudo a la Casa Blanca. Y por si había dudas, Trump dejó muy claro que castigaría severamente a quienes ayudaran al régimen. Ninguno se ha movido desde entonces.
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Con Venezuela fuera de plano, los países amigos desaparecidos, Rusia y China a sus cosas, y el colapso económico en fase aguda, nadie puede parar el efecto de la gravedad: el castrismo cae del árbol. En este punto, y ya confirmadas las conversaciones entre ambas administraciones, la cuestión se reduce al cómo y al cuándo, y la respuesta a esos adverbios también parece previsible.
¿Cuándo?, pronto, porque la situación es insostenible y no se puede alargar en el tiempo. Y también el cómo parece estar escrito: a lo Delcy, con las diferencias pertinentes. “Si algo ha quedado claro en la época Trump es que Estados Unidos no quiere repetir el error que perpetraron en Iraq y, tal como han hecho en Venezuela, no desmontarán las estructuras del régimen, sino que encontrarán la vía de controlarlas manteniendo los actores básicos”. Un desmontaje suave en lo político, y una aceleración de los cambios económicos, con Marco Rubio como ejecutor, y con Díaz-Canel inevitablemente fuera de la partida. A estas alturas no caben posiciones numantinas por parte del castrismo, cuyo agotamiento es absoluto, pero tampoco caerá de golpe, sino en caída sostenida. Una transición en fases pensada para garantizar la solidez de los cambios económicos, y desde ahí validar los cambios políticos. Es el principio del fin de 66 años de una dictadura asentada en la represión criminal. En realidad, la desaparición del castrismo es la última piedra del Muro de Berlín.
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X: @RaholaOficial
Web: https://pilarrahola.com
Instagram: pilar_rahola/
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