
Cada 25 de noviembre conmemoramos el día de la no violencia para con la mujer, algo que cualquier ser “civilizado” sabe o debería saber. Sin embargo, el machismo está inserto y enraizado en nuestra cultura, en los valores, en el lenguaje y en las costumbres.
Creemos que el hombre, fuerte, capaz y prepotente puede enfrentar la vida cotidiana sin inconvenientes y que la mujer, por el contrario, débil, incapaz y sumisa, no podrá afrontar los inconvenientes que se le pongan en el camino.
Esta ideología, afianzada y arraigada en las creencias, en las prácticas sociales y en el lenguaje, promueve estructuras familiares patriarcales y relaciones verticalistas que, generalmente, son sostenidas por todos, hombres y mujeres.
Solemos considerar que la agresión física o psicológica es propia de un sector social, no educado, con costumbres ancestrales que las replican en el tiempo debido a su falta de instrucción. Quizás, algo de esto hay para que tantos hombres crean ser “dueños” de su mujer; cuestiones culturales que encierran costumbres atávicas a pesar de la evolución que ha tenido la sociedad.
No obstante, hace un tiempo, me sorprendió ver en Medellín (Colombia), una publicidad de zapatillas que decía “no están hechas para correr, están para dar patadas en el trasero”, con una imagen más que elocuente, un varón pateando a una mujer. Me extraña que publicistas, profesionales educados, formados e instruidos puedan llamar la atención del público con un mensaje de este tipo. No caben dudas que el producto a vender me quedó en la retina y en el inconsciente, objetivo primordial del afiche. Pero, me pregunto cómo leerán los adolescentes, quienes usan esas zapatillas, ese mensaje. ¿Podrán separar la idea del trato diario para con su mujer, para con su novia o compañera de estudios?
La violencia de género no sólo es provocada por golpes físicos, sino que también las sostenemos desde formatos culturales que creemos válidos, la cual incluye violencia psicológica y verbal, ya establecidas en nuestra forma de relacionarnos.
Sólo si desnaturalizamos el lenguaje y si reformulamos ciertas prácticas, podremos cambiar la mirada por sobre la mujer, hoy protagonista de ámbitos públicos y privados.
Me parece que tenemos que abrir los ojos, pasar el discurso al acto y no creer que ya está todo superado; este tema requiere mucha reflexión aún. La mujer es mucho más que un “objeto” a admirar; pero para ello, no sólo el hombre, sino somos cada una de nosotras quienes debemos tener claro qué queremos para nuestra vida, si vendernos sólo como una hembra o mostrarnos como una verdadera MUJER, con lo que esta palabra significa, proclamando respeto e igualdad, nada más ni nada menos. Nadie más que cada mujer es la que debe defender el derecho a vivir la vida, con sus proyectos e intereses, como le parezca más adecuado. No es tanto…
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