
La actual escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán no puede ser leída como un episodio más en la crónica —ya extensa— de tensiones en Medio Oriente. Lo que estamos presenciando es, en realidad, una manifestación concreta de un cambio de época: el pasaje de un orden internacional basado en reglas —imperfecto, pero funcional— hacia uno definido por la competencia abierta, la fragmentación y la primacía del poder.
La guerra, aun cuando no adopte formalmente ese nombre, ya ha comenzado a desplegar sus efectos más profundos. Y como en toda confrontación de este tipo, sus consecuencias no se limitan al campo de batalla, sino que impactan en la estructura misma del sistema global.
La energía como arma: el verdadero centro de gravedad
Desde la Segunda Guerra Mundial, Medio Oriente ha sido el epicentro energético del planeta. Pero en este conflicto, el petróleo y el gas no son simplemente recursos: son instrumentos de poder.
Las industrias más dinámicas de Asia —desde la producción de semiconductores hasta la manufactura textil— dependen críticamente de insumos energéticos provenientes de la región. Hoy, esa dependencia se ha convertido en vulnerabilidad.
La reducción de suministros ya está generando efectos concretos, por ejemplo:
- Caída en la producción de níquel en Indonesia por falta de insumos energéticos.
- Alteraciones en las cadenas textiles de Bangladesh, proveedor clave de empresas globales.
- Aumento exponencial del precio del helio, insumo crítico para la industria de semiconductores.
El dato no es menor: incluso empresas como Taiwan Semiconductor Manufacturing Company han comenzado a advertir sobre riesgos en su cadena de abastecimiento.
La ecuación es clara: sin energía estable, no hay producción industrial. Y sin producción industrial, el sistema económico global entra en tensión.
Asia: el frente invisible de la guerra
Aunque el conflicto se desarrolla en Medio Oriente, su impacto más inmediato se está sintiendo en Asia-Pacífico.
La ONU estima que cerca de 8,8 millones de personas podrían caer en la pobreza como consecuencia directa de esta crisis. No se trata de una cifra abstracta: es la evidencia de que la guerra moderna ya no distingue entre frentes militares y civiles.
En India, la escasez de combustible ha obligado al cierre de conglomerados industriales. En Filipinas, los transportistas paralizan actividades por el costo del gasoil. En Vietnam y Sri Lanka, la producción agrícola y turística comienza a resentirse.
Lo que emerge es un fenómeno estructural: la guerra energética genera inflación, la inflación destruye empleo, y el empleo informal —predominante en estas economías— carece de redes de contención.
En otras palabras, el conflicto está redefiniendo el equilibrio social de regiones enteras sin que se haya disparado un solo misil en su territorio.
China: desafío sistémico y dimensión nuclear
En este escenario, la reacción de China marca un punto de inflexión que trasciende lo económico y se proyecta hacia el núcleo más sensible del poder global: la disuasión nuclear.
La decisión del Ministerio de Comercio de China de prohibir el cumplimiento de sanciones estadounidenses contra empresas que comercian con Irán ya representaba un desafío abierto al orden internacional liderado por Washington. Sin embargo, este posicionamiento se inscribe en una estrategia mucho más amplia.
China ha reforzado significativamente su potencial nuclear en la última década, tanto en tierra como en el aire y en el mar. Según estimaciones del propio gobierno de Estados Unidos, desde 2019 Pekín ha casi triplicado su número de ojivas nucleares y está desarrollando activamente infraestructura destinada a su investigación, producción y despliegue. Lejos de moderar esta tendencia, ha anunciado recientemente su intención de continuar expandiendo sus capacidades estratégicas.
Este proceso genera una preocupación creciente en Washington: la posibilidad concreta de un mundo nuclear donde Estados Unidos, Rusia y China operen como polos de poder equivalentes en materia de disuasión.
Frente a este escenario, Estados Unidos intenta reforzar su propio arsenal al tiempo que busca abrir canales de negociación con Beijing. Sin embargo, China rechaza sistemáticamente cualquier esquema de control de armas, bajo la convicción de que el incremento de su capacidad nuclear no desestabiliza el sistema, sino que lo equilibra.
El resultado es una paradoja estratégica: la negativa a la transparencia y al control no reduce la incertidumbre, sino que la amplifica. Cada movimiento de acumulación genera respuestas en espejo, alimentando una dinámica de acción-reacción que erosiona la estabilidad global.
La consecuencia es evidente: la carrera armamentista ha regresado, pero ya no en un esquema bipolar, sino en uno mucho más complejo, difuso y potencialmente inestable.
Europa: el fin de la comodidad estratégica
Mientras tanto, Europa comienza a enfrentar una realidad largamente postergada. La decisión del Pentágono de retirar tropas de Alemania forma parte de un repliegue relativo. El propio Boris Pistorius ha sido claro: Europa deberá asumir su propia seguridad.
Alemania se prepara para una posible guerra mediante el desarrollo del plan Oplan Deu, previendo una reconfiguración como centro logístico OTAN y permitir el traslado de hasta 800.000 efectivos para enfrentar una agresión desde el este. Además, ha autorizado una inversión cercana a los 355.000 millones de dólares en equipamiento a través de un plan de inversiones plurianual hasta 2041, que incluye el regreso del servicio militar y el desarrollo de infraestructura civil y militar., que incluya hospitales y refugios.
Por su parte, Francia acelera su rearme y refuerza su postura defensiva ante el riesgo de una “guerra abierta” con Rusia. Para ello aspira incrementar a 330,000 sus efectivos actuales para 2030, además de incrementar la producción de municiones (incluyendo el arsenal nuclear) y el porcentaje del PBI para inversión en defensa.
El Reino Unido está modificando su enfoque de defensa, Starmer ha llamado a desarrollar una nación “preparada para la batalla”. Para ello prevé un incremento del 2,3% al 2,5% del PIB destinado a Defensa en 2027 y 3% en el corto plazo. El plan incluye contempla una Armada Real híbrida basada en drones y unidades de superficie, la actualización de su fuerza de submarinos nucleares, y la creación de un comando de guerra digital.
Asimismo, prevé adoptar medidas para la protección de infraestructuras críticas contra sabotajes y ataques híbridos, incluyendo la interceptación de la famosa “flota fantasma” rusa en sus aguas territoriales.
Londres mantiene su compromiso de apoyar a Ucrania, y reforzar las capacidades militares en las Islas Malvinas, como lo expresó recientemente el Jefe de la Real Fuerza Aérea, definiendo la protección militar de las islas como “innegociable” y asegurando que la fuerza aérea está en “alerta máxima” y preparada para intervenir al “instante” ante cualquier eventualidad.
Polonia, uno de los miembros de la OTAN con mayor gasto en relación con su tamaño, intensifica su preparación militar, consciente de su rol primario ante una eventual agresión rusa, apuntando incrementar su ya importante ejército a 500.000 efectivos y entrenar numerosas reservas a través de entrenamiento militar voluntario en forma periódica y el redespliegue de sistemas antidrones en la frontera para contrarrestar ciberataques y sabotajes, como complemento al desarrollo de ejercicios militares a gran escala.
Todo esto ocurre mientras se intensifica el conflicto en Ucrania, donde Volodymyr Zelensky reporta el uso masivo de drones y municiones guiadas por parte de Rusia, y Moscú ha denuncia ataques masivos con drones ucranianos que afectaron diversas regiones, incluyendo áreas profundas del territorio ruso. El Ministerio de Defensa ruso informó la interceptación y destrucción de 289 drones sobre 15 regiones del país, como parte de una campaña de Ucrania contra su infraestructura energética y logística, a fin de afectar al sector energético de Moscú.
En resumen, Europa, enfrenta el desafío de reconstruir capacidades militares largamente descuidadas.
La militarización del Golfo: disuasión o preludio
En Medio Oriente, la respuesta estadounidense ha sido fortalecer a sus aliados mediante ventas de armas por miles de millones de dólares.
Sistemas de precisión, defensa antimisiles y plataformas de comando y control apuntan a construir una arquitectura regional de contención frente a Irán.
Sin embargo, la historia indica que la acumulación de armamento en zonas de alta tensión rara vez garantiza estabilidad. Más bien, incrementa el riesgo de escaladas no previstas.
Irán: entre la negociación y la disuasión
Pese a la declaración de EEUU de que las operaciones militares contra Irán han finalizado, Teherán combina negociación y advertencia con acciones directas focalizadas, habiendo efectuado ataques contra buques en el estrecho, desafiando la seguridad de la vía marítima. El Comando Central estadounidense informó haber inutilizado seis embarcaciones iraníes en respuesta.
Simultáneamente, Irán ha transmitido una propuesta de alto el fuego, pero declara estar preparado para cualquier escenario. Esta ambivalencia forma parte de una estrategia clásica de disuasión.
Sin embargo, la desconfianza mutua reduce las probabilidades de un acuerdo duradero e impacta sobre resto de los países del Golfo, como en el caso de Dubai, donde trasciende que élites adineradas están retirando capitales ante el aumento de la inestabilidad.
Conclusión: poder, sobreextensión y la ilusión argentina
Estados Unidos se encuentra en una posición compleja. La apertura del Estrecho de Ormuz, que pareciera ser actualmente su objetivo operacional, ya estaba abierta antes de la guerra y en la actualidad no es una vía navegable de libre acceso, lo que revela la incongruencia entre los objetivos de la política norteamericana y su instrumento militar, además de una imprudencia que afecta día a día la legitimidad de su intervención, ya que implicó e implica un costo monumental para el resto del mundo sin haber logrado producir el colapso definitivo del régimen teocrático iraní.
El objetivo estratégico militar de Estados Unidos —la hegemonía permanente en Asia Oriental, Europa y Oriente Medio— implica, aun para la principal potencia militar del planeta, un costo difícil de sostener. La sobreextensión del esfuerzo militar en múltiples teatros, sumada a la creciente resistencia de actores estatales, no estatales, y pérdida de apoyo político interno, configura un escenario que la historia ya ha mostrado con claridad: ninguna potencia logra sostener indefinidamente un despliegue global sin pagar un precio estratégico creciente. Vietnam, Afganistán e Irak no fueron errores aislados: fueron advertencias.
El conflicto con Irán no escapa a esa lógica. Por el contrario, la profundiza. Cada día que pasa sin una resolución clara no fortalece la posición estadounidense: la erosiona. Y en ese desgaste silencioso, otros actores avanzan.
Pero mientras las grandes potencias administran su desgaste, hay países que ni siquiera están en condiciones de administrar su propia defensa. La Argentina es uno de ellos.
En un mundo donde el control de los espacios marítimos, los recursos estratégicos y las rutas logísticas vuelve a ser determinante, nuestro país enfrenta una paradoja crítica: posee intereses geoestratégicos de primer orden —Atlántico Sur, Malvinas, proyección antártica y control bioceánico— pero carece de las capacidades mínimas para protegerlos.
No se trata ya de una discusión presupuestaria. Se trata de una definición política de fondo. En la era de la conectividad, que vincula infraestructuras con cadenas de suministro, nuestro país no trasciende del plano discursivo al momento de materializar planes y acciones concretas que permitan visualizar una conciencia de la necesidad de vincular la Argentina continental con la insular y la antártica.
Como advertía Alfred Thayer Mahan, “quien domina el mar, domina el comercio; y quien domina el comercio, influye en el destino del mundo”. En el siglo XXI, esa premisa no solo conserva vigencia: se ha vuelto más cruda y determinante.
Un país que no controla su mar, no controla su comercio. Un país que no controla su comercio, no decide su destino.
La ausencia de un poder naval creíble, moderno y sostenido en el tiempo no es solo una debilidad operativa: es la manifestación más explícita de una renuncia estratégica.
Mientras el mundo revaloriza el poder militar como herramienta de disuasión y de negociación, la Argentina continúa atrapada en una lógica declarativa, donde la política exterior se expresa en discursos, pero no en capacidades. Y en el siglo XXI, los discursos no disuaden. Las capacidades, sí.
La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no es un conflicto lejano. Es una advertencia concreta sobre cómo funciona el mundo real: un sistema donde las normas retroceden y el poder vuelve a ocupar el centro de la escena. Ignorar esa realidad no nos vuelve neutrales, nos vuelve irrelevantes. Y en geopolítica, la irrelevancia no es una posición. Es un destino.
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