Alfonso Cuarón, después de haber recibido el Oscar al mejor director (VALERIE MACON / AFP)
Alfonso Cuarón, después de haber recibido el Oscar al mejor director (VALERIE MACON / AFP)

La izquierda y el progresismo cinéfilo no la están pasando bien. La película Roma del director de cine mexicano Alfonso Cuarón ha ganado varios premios Oscar entre los que se destacaron las estatuillas a la mejor película extranjera y al mejor director. Este notable triunfo desperfila y pone en falsa escuadra a los intelectuales sesgados al pensamiento progre. Están contrariados y tienen razón para estar molestos. Hay en la película algo que los fastidia e inquieta.

Es que la avenencia de clases no es un buen espejo donde la izquierda guste mirarse y la película nos habla de eso: la convivencia armónica de la desigualdad social en un ámbito reducido como es el trabajo doméstico en una casa de clase media alta. Para la izquierda en toda relación laboral hay un explotador y un explotado y como en Roma hay una patrona y una empleada, la sujeción se hace evidente. Se trata entonces de denunciar esa relación de desigualdad e injusticia y no pasarla por alto, como hace Cuarón.

Quien mejor ha definido este estado de ánimo ha sido el filósofo neo marxista esloveno Slavoj Zizek, asiduo visitante de la Argentina en tiempos del kirchnerismo, como de la Venezuela de Maduro: "La primera vez que vi Roma quedé con un gusto amargo". Agregó que solo una obscena mala lectura puede celebrarla como una gran película donde el personaje que interpreta la doméstica es explotada física y emocionalmente. Seguramente Zizek ha visto otra versión de Roma que yo no vi. Pues esas cosas en el film proyectado en cines y Netflix, no ocurren, o quizás mi ingenuidad me impide verlo.

Una escena del filme de Cuarón (Foto: Netflix)
Una escena del filme de Cuarón (Foto: Netflix)

Lo que sí pasa es la descripción pulcramente filmada del trabajo doméstico en el ámbito de una familia donde ocurren cosas que naturalmente no voy a narrar. Lo cierto es que en esa privacidad no se avizora capitalismo salvaje y la izquierda llora porque lo que se ve en Roma es una visión hipócrita, antojadiza, edulcorada y peligrosa para la idea de lucha de clases, que es su desiderátum intelectual.

Galardonada en multitud de festivales, el domingo recibió varios premios Oscar confirmando al pensamiento atribulado de la progresía mundial: si Hollywood, no obstante su mayoría demócrata, entrega estatuillas, es porque al Imperio le interesa premiar el entretenimiento banal y cuasi tierno de una relación donde solo puede y debe haber odio y lucha.

No es solo lo dicho lo que malquista al intelectual progre. Lo indignante es que la película que nos habla fundamentalmente de mujeres no resulta feminista en el sentido ideológico del término. Y ahí hay otro disgusto. El padecimiento de la mujer está presente en una frase enunciada por la dueña de casa y que además es el centro argumental de la obra: las mujeres siempre hemos estado solas.

Cuarón, durante el agradecimiento por el premio a Mejor Película de Habla Extranjera (REUTERS/Mike Blake)
Cuarón, durante el agradecimiento por el premio a Mejor Película de Habla Extranjera (REUTERS/Mike Blake)

No es complejo demostrar esta verdad de a puño. El problema central de la sociedad moderna, según lo revelan los millones de niños abandonados (los llamados 'ni ni') es la ausencia y sustracción a sus responsabilidades de los hombres en el seno del hogar. Faltan padres. Falta familia. Y esta debiera ser la lucha central de la mujer, los medios de comunicación y las leyes, obligar a los hombres a asumir sus obligaciones. El colectivo feminista, con sus argumentos de igualdad con el hombre, le erra al vizcachazo, no porque no corresponda la equiparación sino porque no es el problema central de la sociedad moderna.

Finalmente podríamos decir que Roma revela que en ese espacio pequeño pero fundamental que es la familia pueden desarrollarse valores respetuosos de toda comunidad organizada.

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