
De todos los presidentes de la restauración democrática, Raúl Alfonsín fue el menos valorado por la historia con mayúsculas. El tiempo, que todo lo ordena, está empezando a poner las cosas en su debido lugar.
Era un gallego cabrón, y muchos periodistas lo sufrimos en carne propia. Pero no era vengativo, sino más bien afectuoso. Gobernó en el medio de una tormenta permanente, con los militares golpistas al acecho de un lado y los grupos económicos que se habían beneficiado de la dictadura y no querían perder sus privilegios, del otro.
La primera vez que se enojó conmigo fue en 1984. Lo hizo a través de su vocero, José Ignacio López. Habíamos logrado conseguir la lista de los represores de la CONADEP. La habíamos publicado desde la revista El Periodista de Buenos Aires bajo el título "Los nombres de la infamia".
La edición se agotó varias veces. Se habían llegado a vender más de 120 mil ejemplares. Enterados de quién había obtenido el documento secreto, nos citaron a la Casa de gobierno y nos recriminaron. Evaluaron que, con ese tipo de información, estábamos provocando a los militares, ansiosos por perpetrar otro golpe de Estado.

La segunda vez fue cuando publicamos, desde la revista Somos, un presunto nexo con un oscuro financista, Gaith Pharaon, que incluía negocios hoteleros y lavado de dinero. Fue a principio de los años noventa. Alfonsín ya no era presidente. En ese entonces Somos era más picante y profunda que Noticias, pero como la marca había quedado vinculada a la dictadura, vendía mucho menos que la competencia. La cuestión es que Alfonsín se apersonó en la puerta de Atlántida y con un bastón en la mano, desafió a los gritos a los dueños de la editorial.
La tercera fue en ocasión de la entrevista que le hice para el que fue mi primer libro Por qué cayó Alfonsín (El nuevo terrorismo económico). Me había recibido con austera cordialidad en el piso de Santa Fe, propiedad de su madre. Habíamos grabado una tensa conversación de aproximadamente hora y media. No habíamos terminado del todo bien, porque Alfonsín presumía que el libro no lo iba a dejar muy bien parado.
La cuestión fue que, cuando llegué a mi casa, me di cuenta de que no había apretado el botón del rec, y que el reportaje no había quedado registrado. Lo llamé de inmediato, y su secretaria de toda la vida, Margarita Ronco, puso en serias dudas que me pudiera recibir una vez más. Fue Raúl Alfonsín quien la terminó de persuadir a ella, con el argumento de que estaba haciendo mi trabajo, y que un contratiempo así lo podía tener cualquiera.
La última vez que lo vi no estaba del todo bien. Fue durante 2006 en el marco del rodaje que hicimos junto a Gastón Duprat y Mariano Cohn, el documental titulado Yo Presidente, que tantas satisfacciones nos dio. No solo por los premios que recibió y la cantidad de espectadores que fueron a verlo. También porque terminó resultando un viaje turbulento desde 1983 hasta la segunda parte de la presidencia de Néstor Kirchner, cuando los rasgos autoritarios del patagónico se habían empezado a acentuar.
Cohn y Duprat le hicieron grabar una y mil veces su saludo característico de campaña. Le rompieron la paciencia y los nervios, pero el ex presidente mantuvo su compostura y su amabilidad. Antes de despedirlo presentí que era la última vez que lo vería en persona. Le apreté muy fuerte la mano y lo vi alejarse de espaldas hacia su biblioteca. En ese momento pensé, igual que lo pienso ahora, que la historia, lo terminaría reivindicado por el enorme aporte que le hizo al sistema democrático.

La misma historia que también le reprochará, al entonces presidente Kirchner, el aprovechamiento oportunista que pretendió hacer de los derechos humanos el 24 de marzo de 2004, cuando borró de un plumazo el juicio contra las juntas militares, el prólogo de Ernesto Sábado al libro Nunca Más y se adjudicó, en esa materia, un mérito que no tenía.
En la campaña de octubre de 1983 sus partidarios cantaban: "Raúl/ querido/ el pueblo está contigo. Ya es hora de cambiarle la letra para decirle: "Raúl/ querido/la historia está contigo". Se lo tiene bien merecido.
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