Cerrado el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, lo que sabemos es que fue de mucha mayor magnitud que lo que se esperaba y que nuestro país, entre otras cosas, comprometió para 2019 y 2020 metas muy exigentes en materia de déficit fiscal.
La eliminación del déficit fiscal implicará necesariamente una reducción del gasto público e impedirá que el Estado continúe deglutiéndose al sector privado.
El mantenimiento de un tipo de cambio real competitivo y las consecuencias del achicamiento del gasto público deberían redundar en un estímulo de las exportaciones, incentivos para sustituir importaciones, más inversión en sectores transables con el resto del mundo, y también una mejora en la balanza de turismo internacional.
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La mejora del sector externo de la economía, vía un mejor tipo de cambio real, no debe hacernos olvidar el hecho de que nuestro país tiene un problema: costos laborales altos (por ahora algo mitigados por la depreciación del tipo de cambio de los últimos meses) y una productividad muy baja, lo que resulta en una pobre competitividad para los sectores transables. Y es la raíz de nuestro déficit comercial.
Nuestra baja productividad no es un factor ni reciente ni sorpresivo; vive con nosotros hace muchos años. Para darnos una idea de nuestro problema de productividad analicemos el cuadro:
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Los caminos para poder crecer
Los países hoy desarrollados han sabido generar tasas de mejoras de su productividad por diversos caminos, muchas veces sinérgicos:
1. Apertura al mundo;
2. Sofisticación en sus productos;
3. Alta eficiencia en sus Estados;
4. Dinamismo de su sector privado;
5. Flexibilidad de sus mercados de trabajo.
Chile es "el" caso latinoamericano de mayor mejora a partir de su apertura al mundo y sus reformas al sistema económico. Brasil y la Argentina resaltan, en comparación, por su mediocridad.
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Cuando observamos las tasas de desempleo actual, notamos que los países que han sabido generar alta productividad y al mismo tiempo tasas bajas de desempleo son: Alemania, que se caracteriza por su notable articulación entre el sector privado, estatal y sindical; por otro lado, Estados Unidos, Australia, Canadá y Chile, con esquemas laborales altamente flexibles.
Francia y Brasil se encuentran atravesando procesos de reforma de sus marcos laborales, habiéndoles otorgado mayor flexibilidad en orden a lograr una mayor competitividad.
Italia y España, con alta productividad pero alto desempleo, son historias de final incierto debido a sus turbulencias políticas.
La Argentina muestra muy baja productividad evolutiva y comparativa. En 1960, respecto de Estados Unidos ascendía al 52%, mientras que hoy es el 37 por ciento. Estados Unidos se caracterizó por ser un país de máxima flexibilidad laboral, nosotros, de mínima. Nuestro desempleo actual no es tan alto como podría serlo debido a que el Estado, en todas sus expresiones, emplea una alta cantidad de personas que se caracterizan por su bajísima productividad, lo que afecta el déficit fiscal y ahoga al sector privado.
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Un párrafo final para el caso de los Estados Unidos. Es tan alta la generación actual de empleo como consecuencia, entre otras cosas, de su flexibilidad laboral que representa un problema para el resto del mundo la tasa de desempleo, 3,8% de la oferta laboral, y que podría llegar a 3,3% en diciembre de 2018, porque hace que las autoridades de la Reserva Federal teman por un recalentamiento inflacionario de la economía y, en consecuencia, reaccionan elevando la tasa de interés, produciendo efectos colaterales en todas las economías del mundo y de la cual ya hemos visto sus efectos en nuestras tierras.
El Fondo Monetario Internacional, en relación con el acuerdo con la Argentina, no se involucró en el cómo sino en el qué de lo fiscal y monetario. Sugirió la necesidad de un fuerte compromiso político de toda la sociedad (menuda pretensión). Y esa necesidad pasa tanto por los acuerdos para generar tanto el equilibrio fiscal como para solucionar un problema clásico de la Argentina, nuestra baja productividad y las inflexibilidades del mercado laboral que, a la luz de la evidencia internacional y nuestra historia, parece de tontos o malintencionados no encarar. Queda en nosotros hacerlo.
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El autor es director de la Unidad de Competitividad de Abeceb.
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