A los panelistas se les hace agua la boca cuando la escuchan. Al Presidente, directamente, se le cae la baba. Los encuestadores se frotan las manos (y los bolsillos). Es el único hit que suena en Radio Mitre. En El Calafate están sorprendidos por la generosidad de Balcarce 50, que presta los parlantes estatales para ponerla a todo volumen. Sea rating o realidad, algo es contundente: la grieta es una de las principales fuentes de empleo del país.
Es máxima: a la Argentina se le traba el motor dialéctico. Como susurra gran parte de nuestra biografía colectiva, nos cuesta encontrar rápido las síntesis. O ni siquiera las buscamos. Nos da pereza: la polarización es nuestra zona de confort. Somos adictos a los menús binarios y, claro, a la sobreactuación.
Como dejó en evidencia el discurso de inauguración de sesiones de Mauricio Macri, el kirchnerismo no es el único accionista de la grieta: Cambiemos también sigue la receta política de dos ingredientes de Ernesto Laclau. Su retórica espejea con la del Frente para la Victoria. Ambos relatos poseen un impronta refundacional (sólo cambia la hora cero: 2003 y 2015), una trama dicotómica filosa (sólo cambia el lugar del mostrador) y un importante repertorio mitológico (uno labrado con base en la transparencia republicana; el otro, sustentado en el bienestar del pueblo). Las dos fuerzas beben de la misma fuente populista. A uno le alcanza para gobernar; al otro, para sobrevivir. Win to win, dirían en la jerga empresarial.
¿Hasta cuándo el país va a seguir enfrascado en la tara dual? Difícil de responder. En cambio, lo que parece más nítido es quién puede y debe cerrar esta última polarización que, como demostraron las marchas del 1º de abril y el paro del 6 de abril, empieza a rebalsar la esfera política y a mudarse peligrosamente al plano social. Una especie de lucha de clases que, por ahora, se dirime mediante munición verbal: "golpistas", "oligarcas", "vagos", "cipayos", "choripaneros", "gorilas", algunos de los improperios trending topic que circulan en las redes.
Descartemos al kirchnerismo, principal interesado en extender este role playing con Cambiemos. El plan Bachelet ("cederle" cuatro años el gobierno a la centroderecha para volver en la siguiente cita electoral), según el kirchnerismo radioactivo (léase La Cámpora, Nuevo Encuentro, Amado Boudou, Luis D'Elía y los mártires que rayen), va sobre rieles. Todo está épicamente calculado. La historia sopla a favor. Pero saliendo del soliloquio setentista y poniendo un pie en la realidad, la grieta funciona como un respirador artificial para un proyecto que había entrado en estado vegetativo (y judicial) después de la derrota del 2015. El Frente para la Victoria per se es una nostalgia fresca de poder. Ahora, con el empujoncito de su antítesis, es un simulacro de alternativa.
Por la ancha avenida del medio pretenden circular Sergio Massa, Margarita Stolbizer y Victoria Donda. Esta alquimia entre peronismo y progresismo, que intenta polarizar contra la polarización, tiene un inconveniente técnico (no sustantivo). Su mensaje es atractivo, propositivo y racional, el detalle es que no cuentan con el equipo necesario —medios de comunicación, Estado, encuestadoras, etcétera— para amplificarlo. Parafraseando a un rosarino: "No es sólo una cuestión de actitud".
Sin duda, el responsable de suturar la grieta y cerrar el circo que la rodea es el inquilino de los tres pisos estatales más gravitantes del país: Capital Federal, provincia de Buenos Aires y nación. O sea, Cambiemos, que debería dejar de ser el eufemismo del antikirchnerismo rabioso y, de una vez por todas, forjar su ethos. Abandonar la negatividad como modus operandi y decidirse a proponer un modelo de país.
En este sentido, la confección de la lista bonaerense para las legislativas será sintomática. Si decide cumplir con uno de sus lemas de campaña, "unir a los argentinos", la boleta debería estar encabezada por figuras con bajo voltaje, como por ejemplo, Facundo Manes. Perfiles idóneos para inaugurar el vidalismo: una corriente con personalidad política propia y ambiciones evolutivas. Nada de opciones inflamables, reactivas al kirchnerismo o recitadoras de la herencia. Los apellidos de las boletas, en este caso, serán el discurso más importante de la campaña.
El metabolismo político del país es lento. Sí, nos cuesta digerir las propuestas sintetizadoras que desafían los mapas existentes. Pero experiencias como la de Martín Lousteau, en el 2015, en Capital Federal, demuestran que, a veces, incluso en la derrota la originalidad tiene su reconocimiento. La historia premia la creatividad. ¿Se animarán?
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