
“Son cuestiones que no son laterales: pueden aportar valor y diferencial a la manera en que se piensa y se proyecta un producto”. Jerónimo lo dice pensando en el diseño de un envase, pero la idea atraviesa toda su mirada sobre la economía circular: la logística, sostiene, dejó de ser un detalle final para convertirse en una variable estratégica desde el origen de cada producto.
¿Cuál es el problema ambiental que hoy recibe menos atención de la que merece?
Dentro de la problemática ambiental, una cuestión que vengo trabajando de cerca es la de los residuos y la contaminación plástica. Es algo que se percibe lejano: la gran isla de plástico del Pacífico, esa masa flotante que triplica en superficie a Uruguay, o las imágenes de aves y peces con el tracto digestivo repleto de plástico.
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Pero también nos afecta de manera directa. Los plásticos son materiales sintéticos que nunca se biodegradan del todo: con el tiempo se convierten en microplásticos, partículas que hoy sabemos que están en la sangre, en los órganos, en los pulmones e incluso en el cerebro.
Se los asocia a la afección de estructuras reproductivas y a la baja de fertilidad que se registra a nivel mundial. Actúan como microesponjas de toxinas, metales pesados y disruptores endocrinos, y ya están en los océanos, en la Antártida y en el Everest, producto de una cultura del descarte que necesitamos transformar.
¿Por dónde pasa el futuro de la sustentabilidad: en generar menos residuos, en gestionar mejor los recursos o en producir de otra manera?
El reciclaje es un eje clave, pero hay que pensar el problema desde la raíz: desde que un producto se concibe y se diseña. Cuando no está presente la responsabilidad extendida del productor, esos residuos se externalizan y terminan siendo pasivos ambientales que afectan a todos a nivel ecosistémico.
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Por eso la economía circular no puede quedarse en aprovechar el descarte: hay que construirla de manera sistémica, dejando atrás la obsolescencia programada y dando lugar a un diseño completo del ciclo de vida del producto. Ahí también entra a jugar la logística: no solo en cómo hacerle llegar un producto, sino en cómo evitar el impacto ambiental y social de manera integral.
Si no se incorpora al residuo como variable dentro de la ecuación productiva, junto con los costos de manufactura, insumos o instalaciones, se pierde el incentivo para evitar que ese descarte se transforme en un problema.
¿Cómo se vincula la logística con la gestión de residuos, y qué desafíos aparecen cuando una innovación sustentable pasa del laboratorio a la producción?
Cuando pensamos la economía circular de forma amplia, hay variables que se subestiman, porque se la asocia solo con reciclar o recuperar un descarte. En realidad hay muchas otras capas: el diseño de un producto que pueda reutilizarse o repararse, y la logística que hace falta para sostener eso.
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Pensarlo en términos descentralizados ayuda a reducir la huella de carbono y a ganar eficiencia y ahorro de costos en la operación. No alcanza con resolver cómo hacerle llegar un bien de consumo a un usuario: hay que sumar modelos de devolución y retorno, de recarga y de logística inversa.
Son cuestiones que no son laterales: pueden aportar valor y diferencial a la manera en que se piensa y se proyecta un producto. Esa lógica tiene que ir más allá de satisfacer una necesidad puntual y buscar un aporte real a la sociedad.
Si tuvieras que diseñar una cadena productiva desde cero, ¿qué decisiones tomarías para que la producción y la logística fueran sustentables desde el primer momento?
Ahí es clave no quedarse solo en el bien de consumo, sino pensar el ciclo de vida completo y cómo puede ser virtuoso. Estamos lanzando envases reutilizables integrados a una red de puntos de carga y de hidratación con agua purificada in situ, de manera descentralizada.
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La idea es que alguien de paso por una ciudad, en lugar de comprar envases descartables en cada punto de su recorrido, tenga un envase reutilizable con un sistema de carga descentralizado como valor agregado. Eso se complementa con un modelo de impacto: por cada venta se entregan kits de indumentaria a cooperativas de reciclado.
Es hermanar la lógica de lo reutilizable con la de lo reciclable, en líneas que avanzan en paralelo. No alcanza con un producto o una tecnología nueva: hace falta una manera distinta de pensar ese abordaje, aplicable a cualquier industria.
¿Qué factibilidad le ves al desarrollo de biocombustibles en Argentina para reducir la huella de carbono del transporte y abastecer al mercado nacional?
En Argentina hay avances en distintos frentes para eficientizar el transporte y reducir su huella de carbono: uno pasa por la electrificación y otro por los combustibles de base biológica, que tienen ventajas propias frente a los combustibles fósiles tradicionales.
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El primer punto a favor de los biocombustibles es que usan materias primas renovables, en lugar de petróleo extraído y procesado durante millones de años. Argentina tiene ahí una ventaja estratégica por su producción agropecuaria, sobre todo si se aprovecha el descarte de esa producción.
Además, se combinan con el diesel tradicional y son compatibles con la maquinaria y los motores que ya funcionan. Por eso conviene diversificar y no apostar todo a una sola solución, con una transición gradual y ordenada.
¿Qué le dirías a quien piensa la sustentabilidad únicamente en términos de producto?
Cuando pensamos en soluciones sustentables, tenemos que entender la oferta no solo como un producto o un elemento material, sino como todo el ciclo de vida completo, una propuesta de valor que incluye también a la componente logística.
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Ese mismo producto puede ser mucho más virtuoso si es reutilizable o si entra en sistemas de devolución, retorno y recarga. Esas herramientas no sirven solamente para hacerle llegar un bien de consumo a alguien: pasan a ser parte de la lógica de impacto del producto, que termina teniendo un valor mucho más potenciado.
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