En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el médico cardiólogo especialista en longevidad Daniel Pérez explicó por qué decidió enfocarse en la prevención y en las herramientas que permiten envejecer mejor y con mayor calidad de vida. Destacó la importancia de actuar antes de que aparezcan las enfermedades crónicas y señaló que la actividad física, la alimentación, el sueño, la gestión del estrés y los vínculos son pilares fundamentales para cuidar la salud a largo plazo.
Además, habló sobre los avances de la medicina de precisión y regenerativa, el potencial de la inteligencia artificial para anticipar enfermedades a partir de biomarcadores y las investigaciones sobre reprogramación celular que podrían modificar algunos procesos del envejecimiento. También explicó qué se sabe hasta ahora sobre la VO2 máx, los suplementos, el ayuno intermitente y la importancia de incorporar hábitos sostenibles. Su mensaje final fue contundente: nunca es tarde para empezar y hacer un poco es mucho mejor que no hacer nada.
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Daniel Pérez está enfocado en la prevención y en el abordaje de los factores que permiten preservar la salud y la calidad de vida a lo largo de los años. Desde su perfil profesional, divulga contenidos sobre salud cardiovascular, envejecimiento saludable, hábitos, actividad física, alimentación, descanso y prevención. En los últimos años, además, desarrolló una faceta vinculada con la divulgación de conceptos relacionados con los mecanismos del envejecimiento y las estrategias que pueden contribuir a vivir más años con buena salud.

—Te formaste como cardiólogo y hace cinco años decidiste especializarte y dedicarte a todos los temas vinculados con el envejecimiento saludable. Contame por qué tomaste esa decisión.
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—Después de muchos años de ejercer como cardiólogo y de hacer gestión, empecé a ver que la medicina convencional es muy buena para tratar enfermedades y prolongar la vida. De hecho, en los últimos 100 años hemos logrado duplicarla y hoy la gente vive más de 80 años. Pero noto que, muchas veces, eso ocurre a expensas de una muy mala calidad de vida. Eso a mí me hizo ruido. Por otro lado, con mi formación como cardiólogo, veía pacientes a los que recuperaba de una cirugía cardiovascular —de René Favaloro o de otro cirujano— y observaba que les hacían cuatro bypass.
Entonces me decía: “¿De dónde viene todo esto?”. Empecé a investigar un poco. La realidad es que el proceso aterosclerótico, que en general suele ser difuso, extenso y progresivo a lo largo de la vida, se va gestando de a poco. Las enfermedades crónicas no aparecen de un día para el otro: se desarrollan durante años. Me comenzó a llamar la atención el tema de la longevidad y, por supuesto, la posibilidad de actuar de manera precoz: poder corregir cuestiones que pueden ser muy sencillas en ese momento y evitar, a futuro, enfermedades muy graves y de alto costo. Ahí surgió ese estímulo.
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—¿Crees que la medicina tradicional, como está planteada hoy, está hecha para curar y no para prevenir?
—Exacto. En realidad, la medicina convencional, sin desmerecerla, es muy buena para curar. Si tengo un paciente con un infarto agudo, quisiera que lo trate la medicina convencional, porque hay que destaparle la arteria lo antes posible; de lo contrario, va a tener un infarto enorme. Para eso, la medicina convencional es buenísima. Ahora, ¿qué pasó con ese paciente que tuvo un infarto? ¿Quién lo vio antes? Por ahí lo vio un médico y le dijo: “Che, estás todo bien, andá a tu casa”. “Tengo el colesterol un poquito alto, ¿tomo algo?”. “Bueno, fijate una dieta y vamos viendo. Por ahí, con dieta, tratá de cuidarte con la comida”.
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Al paciente lo mandan a su casa, o sea, está todo bien. Después, es un paciente que tiene un infarto. Entonces, la realidad es que hoy tenemos a nuestro alcance la posibilidad de actuar y tomar el control. No esperar a que el médico me diga qué hacer, sino entender que hay mucha información disponible. Mucha de esa información hay que chequearla, porque así como existe información válida, hay otra que no tiene evidencia científica. Hay que buscar lo que tiene evidencia científica. Pero hay cosas muy simples que uno puede hacer. Lo que quiero recalcar es eso: lo simple, lo que uno puede hacer fácilmente y que, por ahí, la mayoría podría hacer.
He recibido mensajes de gente que dice: “No, bueno, pero usted tiene tiempo”. Y yo digo: “¿Pero vos para qué tenés tiempo? ¿Qué es lo que vos podés hacer? ¿Con qué te comprometés vos?”. Porque, si no, estamos en una postura pasiva, en la que somos víctimas: víctimas de nuestros genes, de las cosas que nos pasan. Pero ¿qué podemos controlar? ¿Cómo podemos tomar las riendas de nuestra salud y modificar la evolución? Hoy vemos gente mayor. Antes, directamente, no llegaba a esas edades. Pero muchas veces vemos personas que llegan a un estado al que uno no querría llegar: frágiles, dependientes y con enfermedades crónicas.
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La realidad es que hoy se sabe que, con el envejecimiento, aumentan de manera exponencial las enfermedades asociadas a ese proceso: el cáncer, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes, las enfermedades autoinmunológicas y los trastornos neurodegenerativos. Todas esas son enfermedades asociadas al envejecimiento. Incluso, hay quienes sostienen una postura más fuerte respecto de la longevidad y postulan que el envejecimiento es una enfermedad. Tengo ciertos recaudos para definirlo de esa manera, pero la realidad es que podría ser considerado una enfermedad, porque hoy sabemos cuáles son las bases celulares y moleculares del envejecimiento, algo que antes no se sabía.
También sabemos —y esto es lo más importante— que, si hacemos todos los días cosas que están a nuestro alcance, se puede, de alguna manera, enlentecer el ritmo al que envejecemos. El tiempo no lo podemos modificar, pero sí podemos enlentecer el ritmo del envejecimiento. Por eso hay mucha gente tan interesada en este tema. De hecho, personas muy poderosas, con muchos recursos, los están destinando a investigar sobre esto. ¿Cuál es el razonamiento de alguien que tiene muchísima plata y 60 o 65 años? Dice: “A mí me faltan 20 años y ya quedé ahí, medio como...”.
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Entonces, invierten mucho tiempo y recursos, porque la realidad es que se puede cambiar el tiempo de uno: el tiempo de calidad y de vida sana. Eso sí sabemos que se puede modificar, y es un concepto muy fuerte. Por eso hay tanto revuelo en las redes. Hoy diría que la gente joven tiene más conciencia sobre el cuidado de la salud, el wellness y el biohacking. Por ahí hay mucho marketing, pero también hay una base real: lo que uno hace todos los días influye de una manera muy importante en cómo envejece.
—¿Cuáles son los pasos más sencillos que uno puede aplicar a su vida cotidiana para empezar a prevenir este tipo de enfermedades?
—Las enfermedades asociadas al envejecimiento —las enfermedades cardiovasculares, los trastornos neurodegenerativos, todos los tipos de cáncer, la diabetes y las enfermedades autoinmunes, es decir, las enfermedades crónicas— representan el 75% de la mortalidad. Una infección o un accidente quizá no se puedan evitar. Pero las enfermedades crónicas no aparecen de un día para otro: se van gestando. Ese es el concepto importante. La enfermedad crónica está asociada al envejecimiento y no se formó de un día para otro.
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Por ejemplo, hay dos personas. Una tiene 25 años y el colesterol alto. Es un chico con buen estado físico, no tiene un gramo de grasa, pero tiene el colesterol alto. ¿Qué hacemos? Hay que medicarlo. ¿Por qué? Tengo otro caso: una persona de 64 años, con lo mismo y un estado físico perfecto. Uno dice: “Está bien, es un avión”. Sin embargo, en una tomografía presenta un score de calcio en todas las arterias. Tiene las arterias realmente enfermas: los vasos del cuello con calcio y placas ateroscleróticas, y las arterias coronarias con enfermedad.
¿Qué pasó con este hombre? “¿Qué pasa con tu colesterol?”. “Lo traté recién hace cuatro años”. “¿Y por qué?”. “Porque mi médico me dijo que no hacía falta, que con dieta y ejercicio íbamos viendo”. Tenía el colesterol alto. Esa es la diferencia. Y tuvo suerte, porque no sufrió un evento coronario agudo ni un accidente cerebrovascular. Podría haberlos tenido.
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Con el colesterol sin tratar, podría haber sufrido un infarto a los 50 años, una angina inestable o un accidente cerebrovascular. Tuvo suerte, pero un chico de 25 años al que se le detecta el colesterol alto debe recibir tratamiento. Con una pastilla se resuelve el problema del colesterol y, a largo plazo, ese chico evita dañar sus arterias. Ese es el concepto de una medicina proactiva, que actúa de forma precoz para evitar la enfermedad.

—¿Cuáles son los cinco hábitos más importantes a la hora de poder construir una vida que nos lleve a esa dirección?
—Los cinco hábitos: yo diría que el primero es la actividad física. Por supuesto, también influye la alimentación: qué comemos y cómo comemos. Después está el sueño, aunque no hay que abordarlo de manera obsesiva. Es muy fácil caer en pensamientos como: “Hoy no dormí”, “Dormí cinco horas y mañana...”. Hay que observar cuál es el patrón de sueño a lo largo de la vida, en general. No es que, por dormir mal una vez, se van a perder años de vida. Hay que sacarse esa idea de la cabeza, porque genera una obsesividad que puede ser peor que la enfermedad.
También está la gestión del estrés, un aspecto que suele subestimarse, minimizarse o simplificarse. Uno dice: “Bueno, gestiono el estrés, hago mindfulness”. Pero gestionar el estrés es mucho más complejo que hacer mindfulness. Los vínculos sociales también son muy importantes: la familia y los amigos. A veces uno está enroscado; sale con un amigo, charla un poco, le cuenta lo que le pasa y el amigo cuenta lo suyo. Es casi mágico: realmente ayuda a bajar el estrés y a sentirse mejor.
Está comprobado científicamente que las personas que tienen buenos vínculos, a diferencia de quienes están aislados, tienen una mayor sobrevida. También es importante tener un propósito de vida, algo por lo cual levantarse todos los días. La persona que se levanta y tiene un motivo para hacerlo vive más que quien está a la deriva. Hay otro hábito que no mencioné: el chequeo periódico de biomarcadores. Forma parte de todo lo que estamos hablando. Tampoco hay que obsesionarse, pero está bien controlarlos una vez por año y, si hay algo que corregir, modificarlo.
—Vamos una por una por los hábitos que recién me mencionaste. Empecemos con el deporte.
—El deporte tiene, para explicarlo de manera didáctica, algunos pilares fundamentales. Uno es la actividad física aeróbica, en general en fase dos, que aporta una base muy importante. El otro son los intervalos de alta intensidad. Por ejemplo, en una cinta se puede correr dos minutos a 12 e intercalarlos con un minuto de descanso, caminando a seis. Estas dos modalidades refuerzan lo que se conoce como VO2 máx.

—¿Qué es la VO2 máx?
—La VO₂ máx. es un biomarcador funcional con un alto valor predictivo de mortalidad. Hay trabajos, por ejemplo, con 122 mil pacientes, que muestran que quienes tenían la VO₂ máx. más baja presentaban cinco veces más probabilidades de morir de forma prematura que quienes tenían la más alta. Además, observaron que esa relación era lineal, incluso entre los deportistas de élite. Los siguieron durante ocho años y medio y comprobaron que, cuanto mayor era la VO₂ máx., mayor era la sobrevida de los pacientes.
Esto también se comprobó en un estudio de 750 mil pacientes, a quienes siguieron durante 10 años y que se publicó en 2022. Allí también se observó que quienes tenían mayor capacidad cardiorrespiratoria, es decir, una VO₂ máx. más alta, tenían mayor sobrevida. El sedentarismo también se destaca como un factor de riesgo muy importante, al igual que el tabaquismo y la diabetes. Incluso puede ser igual o más relevante. A veces se subestima el sedentarismo.
El concepto que hay que tener en cuenta es que, cuando una persona sedentaria empieza a hacer algo de actividad física, las curvas de mortalidad se modifican de manera sustancial. Eso puede impulsar a actuar a quien dice: “No hago actividad física porque no tengo tiempo”. Hay que preguntarse: “¿De qué tenés tiempo? ¿Cuánto tiempo tenés?”. Quizá hay algo de tiempo. Si vas en colectivo, podés caminar una parte del trayecto. Si tenés que subir por ascensor, podés usar la escalera. Hay que dejar de buscar responsabilidades afuera o de hacer responsable al médico. Tenemos que hacernos cargo y tomar las riendas de nuestra salud.

—¿Alguien que nos está escuchando ahora puede ir y medirse su VO2 máx?
—Se puede medir de una manera sencilla. Si una persona corre durante 12 minutos, puede realizar el test de Cooper. Con una fórmula simple, permite estimar la VO₂ máx. de forma aceptable. Hay parámetros según el sexo y la edad. La VO₂ máx. disminuye cada 10 años, por eso es importante trabajarla. Si no se hace nada, baja progresivamente. En edades avanzadas, ir al supermercado a hacer las compras puede requerir una VO₂ máx. de 25, por ejemplo. Si una persona tiene una VO₂ máx. de 20, ya no puede hacerlo.
Lo mismo ocurre al subir una escalera: si se necesita determinado nivel de VO₂ máx. para subirla y no se alcanza, la persona no puede hacerlo. Las posibilidades se van acortando. Cuando no se controlan estos aspectos, aparece la diferencia entre una persona mayor frágil, que no puede realizar actividades o caminar demasiado, y otra de la misma edad, pero con mejor nivel cognitivo, que puede ir al supermercado, jugar con sus nietos, viajar y caminar.
Todo eso es posible. Ahora, ¿se logra con una pastilla? Mucha gente busca esa solución. Hoy no existe una pastilla que produzca ese efecto. Lo que sí existe son hábitos vinculados con un estilo de vida saludable, que resultan decisivos a lo largo del tiempo. Por eso es importante sostener un patrón de conducta en el tiempo. Es una medicina de precisión, porque hay que identificar qué hábitos puede mantener cada persona. Si le digo a alguien: “Tenés que hacer baños de agua fría porque te sirve”, quizá responda: “No lo voy a hacer”. En ese caso, el baño de agua fría no es una buena opción.
Hay que buscar para cada persona lo que mejor se adapte a su vida y pueda sostener durante años. No se trata de cuidarse un año, ir al gimnasio para llegar bien al verano y después abandonar. Se trata de una conducta de vida, de un estilo de vida saludable, que es lo que realmente produce resultados. Quizá en algún momento exista una pastilla que genere solamente el efecto del ejercicio. Por ahora, no la hay.

—¿Cuáles son los ejercicios más efectivos para poder mejorar este biomarcador?
—Yo, personalmente, practico natación tres veces por semana. No siempre nadé: hace dos o tres años que hago natación. Me gusta porque es un deporte muy completo. Se trabaja lo aeróbico, lo anaeróbico y los intervalos de alta intensidad.
Pero la medicina de precisión plantea una pregunta: ¿qué es lo mejor para cada uno? Tengo amigos entrenados que me dicen: “Yo no nado 100 metros, olvidate. El agua no es para mí”. Está bien. Pueden entrenar en bicicleta y hacer exactamente lo mismo. También pueden salir a correr, usar la cinta, el escalador o salir a caminar. Hay muchas opciones.
Después, uno siempre quiere progresar en lo que hace, porque se trata de mejorar los parámetros a lo largo del tiempo. Si sabemos que hay un parámetro que mejora la mortalidad, la sobrevida y otros indicadores, no queremos dejarlo estancado: queremos que mejore. Para eso hay que hacer actividades que no diría que duelen, pero sí son exigentes. Al principio iba a nadar solo y tenía mi ritmo. Cuando empecé a nadar en grupo, con un entrenador, fue distinto. Me decía: “Veo que estás cómodo; salí de ahí y andá al nivel de adelante”. No te deja quedarte en la comodidad.
Estar incómodo en el agua puede ser duro, pero después salís muy bien: con el cortisol bajo y con la sensación de que todo está bien. También está el café después de entrenar, compartir con un grupo heterogéneo de personas y, cada tanto, hacer asados. No se trata solo de la actividad física, sino también del vínculo social y de lo recreativo, que son aspectos muy importantes para la longevidad.

—Pasemos al tema alimentación. ¿Cuáles son tus principales definiciones?
—Está bueno no hacer de la alimentación saludable algo obsesivo. Más que una dieta, se trata de un patrón de alimentación que pueda sostenerse a lo largo del tiempo. Siempre remarco este concepto, porque de eso trata, de alguna manera, la medicina de longevidad. No se trata de hacer una dieta para bajar de peso durante dos semanas y, cuando se consigue el objetivo, decir: “Listo, ya está”. Tampoco se trata de restringir alimentos con una dieta que quizá sea un desastre desde el punto de vista nutricional, solo porque permite bajar de peso. Hablamos de un patrón nutricional que se pueda mantener en el tiempo.
La dieta mediterránea es la que ha demostrado, con evidencia científica, mejorar distintos aspectos vinculados con la longevidad: la sensibilidad a la insulina, la inflamación crónica, la mortalidad cardiovascular y las probabilidades de tener trastornos neurodegenerativos. Es una alimentación rica en verduras, hortalizas, legumbres, frutos secos y aceite de oliva extra virgen. Incluye menos carne roja y prioriza el pescado.
Pero, más allá de nombrar una dieta, sabemos que habría que restringir los embutidos, los ultraprocesados, los azúcares refinados y las harinas refinadas: productos que no son alimentos o son alimentos inventados. En uno de mis videos hablo de una regla del 80/20. La idea es que, para sostenerlo en el tiempo, el 80% de las veces tratemos de hacer las cosas bien, sin obsesionarnos. El otro 20% permite cierta flexibilidad: si uno sale con amigos y piden un postre, puede comerlo. Si toma una copa de vino o un trago en una fiesta, también.
De otro modo, la vida sería muy aburrida y el hábito sería poco sostenible. Si uno hace algo que no puede mantener, el esfuerzo es enorme. Cambiar un hábito ya cuesta mucho. Entonces, si una persona va al médico y le dicen que tiene que reajustar algunos hábitos, eso ya representa bastante. Por eso también hay que preguntarle qué le gusta y trabajar desde ahí, no imponerle algo que no va a poder sostener.

—¿Qué problemas surgen a partir del consumo sostenido de los embutidos, los ultraprocesados y todas las comidas que no son reales?
—Lo más frecuente, como denominador común, es la inflamación crónica. La inflamación crónica de bajo grado es uno de los sellos del envejecimiento: está presente y se genera, justamente, por productos que aumentan la inflamación y aceleran el envejecimiento. No son saludables para ese equilibrio que uno trata de lograr, para frenar o enlentecer el envejecimiento.
Los fiambres, esos paquetes de papas fritas que vienen con muchos aditivos, grasas trans y otras sustancias, realmente inflaman, más allá de si engordan o no. También influyen el exceso de calorías y el exceso de sodio. Ahora están los circulitos que, cuando uno los ve, parece que ya no puede comer nada. Pero generan conciencia sobre eso.
La inflamación crónica es algo que, principalmente después de cierta edad, se relaciona con que al sistema inmunológico le cuesta eliminar algunas células que se generan normalmente: las llamadas células zombis o células senescentes. Son células que ya no cumplen ninguna función; podrían estar muertas, pero no mueren. Permanecen vivas y generan sustancias proinflamatorias que afectan a las células de alrededor, lo que hace que otras células también se vuelvan senescentes y segreguen esas sustancias inflamatorias.
El resultado es lo que se llama inflammaging, una inflamación asociada al envejecimiento. No soy nutricionista especializado, pero hablo, sobre todo, del patrón de alimentación en general.

—Todos tenemos esas células, que van envejeciendo con el tiempo dependiendo de nuestros hábitos: cuánto ejercicio hacemos, qué tipo de alimentación tenemos, cómo descansamos. En función de eso, ¿pueden envejecer más rápido o más temprano?
—Totalmente. Cuando una persona fuma, toma bastante alcohol, duerme poco o consume ultraprocesados, todo eso acelera el ritmo de envejecimiento y, por supuesto, también favorece la inflamación de la que estamos hablando. También está la contraparte. Hoy se habla mucho de la restricción calórica y el ayuno intermitente. Un ayuno de 12 horas puede estar bien para tener cierta flexibilidad metabólica, para que el cuerpo se acostumbre a obtener energía a partir de la grasa y no siempre de los hidratos de carbono.
Pero, cuando se comparan los resultados en animales y se los quiere extrapolar a los seres humanos, muchas veces no se replican. La restricción calórica demostró, en animales, que puede prolongar la vida. Sin embargo, en seres humanos, una restricción calórica semejante es impracticable y podría generar complicaciones nutricionales serias. Incluso, en relación con el ayuno intermitente, los tiempos se van acortando. Se ve que más de 11 o 12 horas, quizás, puede aumentar las complicaciones sin agregar beneficios.
Se trata de encontrar un equilibrio entre las cosas que se pueden hacer para mejorar y aquellas que se sabe que no aportan beneficios, pero sobre las cuales uno tiene conciencia. El ayuno intermitente en seres humanos no demostró, con evidencia científica, que mejore la longevidad. Sí mostró algunos efectos positivos, como la reducción de la inflamación o la mejora de la sensibilidad a la insulina.
Por ejemplo, en una persona con sobrepeso y síndrome metabólico, el ayuno intermitente puede ayudar a bajar algunos kilos y mejorar parámetros metabólicos y de inflamación. Todo debe personalizarse de acuerdo con el paciente. No se trata de indicar ayuno intermitente para todos. Con los suplementos pasa algo similar: se prueban en ratas y, cuando se intenta extrapolar los resultados a seres humanos, no necesariamente ocurre lo mismo. Hay una base común, porque existen mecanismos celulares parecidos, pero los resultados pueden ser diferentes.

—Cuando se piensa en envejecer como una enfermedad, como me decías al principio. ¿Se han probado estudios de esto en animales? ¿Cuál es el último consenso sobre qué es el envejecimiento y si es algo que se va a poder revertir en el tiempo?
—El envejecimiento es un proceso multifactorial. Entre esos factores están los llamados hallmarks of aging, o sellos del envejecimiento: 12 alteraciones celulares y moleculares que se encuentran en las células y los tejidos de una persona mayor.
Entre ellas están la inestabilidad genómica, las alteraciones epigenéticas, el acortamiento de los telómeros —los extremos de los cromosomas—, la acumulación de células senescentes, la inflamación crónica de bajo grado, las alteraciones de la autofagia —el mecanismo de limpieza del organismo—, los cambios en la función y la cantidad de mitocondrias, y el agotamiento de las células madre, necesarias para regenerar tejidos y que se reducen con el paso del tiempo.
En la parte inmunológica, esto es muy importante porque, al agotarse esas células, el sistema inmunológico empieza a perder la capacidad de eliminar elementos que normalmente debería eliminar. Entonces, se acumulan, generan inflamación crónica y más inflamación. Todo ocurre en cascada, como un proceso que se va desbarrancando.
Es como un caño: si se repara y se mantiene, está sano y no pasa nada. Pero si se rompe porque no se lo cuida, empieza a gotear. Uno dice: “Hay una gotera acá, le pongo la mano”, pero aparece otra más allá. Así se van tapando goteras. La medicina convencional es buena para tapar esas goteras, pero cuando ya son muchas, nos inundamos.
—Si yo quisiera medir estos 12 “hallmarks” de longevidad, ¿eso me diría hasta qué edad yo podría vivir?
—Hay algunos factores que se pueden medir. Por ejemplo, el nivel de inflamación y las células senescentes. No es algo que se mida de rutina, porque la cantidad de células senescentes varía según cada tejido. Los telómeros también se pueden medir, aunque hay que considerar dónde. Si se miden en una célula sanguínea, se pueden evaluar. También se sabe, a nivel de laboratorio, que hay factores que aumentan la longitud de los telómeros y otros que los acortan.
Otro aspecto que se puede medir es el grado de metilación del ADN, que forma parte de la epigenética. La epigenética es lo que está por encima de la genética: determina qué gen se va a activar en un cromosoma. Sé que esto puede resultar un poco complicado, pero es como si estuviera el cromosoma y, para que un gen cumpla una función determinada, hubiera que darle una orden. Esa orden la da la epigenética. Todo lo que hacemos actúa, para bien o para mal, sobre ella. Si cuidamos nuestra salud, la epigenética se mantiene ordenada.
Si no, se producen cada vez más daños epigenéticos, esos daños se aceleran y la célula empieza a perder información. “¿Para qué funcionaba? ¿Qué tenía que hacer? No sé, porque trato de leerlo y la epigenética está dañada, entonces no me lo cuenta”. Ahí diría que la célula empieza a envejecer. Esa es una de las teorías sobre la pérdida de información, planteada por David Sinclair, de la Universidad de Harvard. Él lidera un proyecto sobre reprogramación celular parcial, que apunta a resetear la epigenética.
Es una de las causas que se postulan como más atractivas para explicar el envejecimiento, aunque todavía no está probado que sea la única, porque, como dije, es un proceso multifactorial.

—Es muy conocido David Sinclair y todo su equipo de investigación. ¿Hay algo puntualmente que él haya descubierto que se probó como verdad o todavía está en fase de experimentación?
—No, yo creo que hay muchas cosas que son muy importantes. Hay cosas que él hace porque decide personalmente hacerlas. Uno tiene cierta información y, como está empoderado de ella —y probablemente él tenga mucha, porque está realmente muy metido en el tema—, decidió empezar a tomar algunas cosas por su cuenta y hace mucho hincapié en comer menos.
Si él tuviera que dar un consejo, quizá hace unos años no diría “hacé más actividad física”. Diría que es importante, pero, si tuviera que dar un consejo, diría: “Eat less often”. Es decir: no comas tanto, comé más espaciado. Él toma resveratrol, un antioxidante que postulaba como muy ligado a la función de unos genes de longevidad llamados sirtuinas, que se dedican a reparar el ADN. Para que esas sirtuinas funcionen, las células tienen que tener una determinada cantidad de NAD; si no, no pueden reparar el ADN.
Entonces, tomaba resveratrol y nicotinamida mononucleótido. Son dos suplementos que decidió tomar porque vio evidencia en animales y consideró que era importante. Más allá de eso, todavía no está probado en humanos. El resveratrol prácticamente se descarta porque no tiene biodisponibilidad: si se toma, no llega. El otro suplemento mejora la cantidad de NAD en sangre, pero no demostró que lo haga dentro de la célula, que es donde necesitamos que actúe, ya que sus niveles disminuyen con la edad.
David Sinclair es un investigador de mucho prestigio y lidera un proyecto vinculado con los factores de Yamanaka. Son factores que descubrió Yamanaka, quien observó que, al aplicarlos, podía tomar una célula madura —por ejemplo, una célula del hígado, que es diferenciada— y llevarla a una célula pluripotente, con posibilidad de convertirse en cualquier otro tipo celular. Por eso ganó el Premio Nobel.
Pero, si quisiéramos aplicar eso a una persona, lo que haríamos sería desdiferenciar la célula y generar la posibilidad de que aparezcan tumores, algo que no se busca. Técnicamente, se observó que, si se aplicaba ese procedimiento de manera parcial y, en algunos casos, se retiraba uno de los genes porque tenía más posibilidades de generar cáncer, la célula podía rejuvenecer. Mejoraba la epigenética: se recuperaba parte de esa información que se va borrando y, al recuperarla, la célula empezaba a funcionar nuevamente.
Sinclair comenzó con ratones ciegos que, tras aplicarles esta técnica de reprogramación celular, recuperaban la vista. Después lo lograron en distintos órganos y también en el cuerpo entero. Un ratón puede vivir el doble de tiempo tras recibir reprogramación celular: vive 100% más. Este año se inició, con aprobación de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés), el primer protocolo en humanos con reprogramación celular parcial. El objetivo es evaluar, en el área oftalmológica, si se puede reprogramar la epigenética y rejuvenecer. Es un tema muy relevante.

—¿Y cuándo se podrá saber el resultado de lo que está probando él?
—Creo que se irán conociendo más datos, porque en la fase uno de un estudio se busca, primero, evaluar si esto es seguro y si genera alguna complicación. En los próximos meses tendremos información sobre qué pasa con este tratamiento. Probablemente, la pregunta sea cuándo podría estar disponible, en la práctica clínica, una terapia que permita rejuvenecer o, al menos, frenar el envejecimiento.
Mi opinión es que tal vez podría estar disponible para la población en menos de 10 años. Pero es solo una estimación. Todo se está acelerando mucho con la inteligencia artificial. De hecho, pensábamos que esto iba a ocurrir dentro de cinco años y el protocolo ya comenzó. Por eso es difícil predecir cuánto demorará. Quizá mi estimación sea demasiado amplia.
—¿Qué otras cosas que están pasando en el mundo de este calibre te interesan, estás siguiendo? También está, por ejemplo, Bryan Johnson. ¿Qué otras cosas te llaman la atención?
—Bryan Johnson es una persona que decidió llevar el biohacking al extremo. Prueba en su propio cuerpo muchas intervenciones que no están científicamente comprobadas ni cuentan con aval suficiente, porque eligió hacerlo. Solo intentar cumplir los protocolos rigurosos que él sigue puede generar un nivel de estrés muy alto y resultar perjudicial para el organismo. Si tuviera que dar una opinión, diría que puede ser más perjudicial que beneficioso.

—Más allá de Bryan Johnson, ¿qué estás viendo en el mundo que te llama la atención?
—Estoy desarrollando, en mi institución, un programa de medicina regenerativa, un tratamiento con células madre autólogas. Me interesa mucho porque son tratamientos que, creo, tienen mucho futuro y hoy hay evidencias interesantes de que se pueden utilizar para muchas patologías, sobre todo en ortopedia y traumatología.
En la parte de células madre autólogas, se extraen células del propio paciente, se pueden expandir y cultivar y, con varios millones de células, aplicarlas en una articulación que duele. De esa manera, se puede mejorar mucho la inflamación y también la regeneración, porque son células mesenquimales con la posibilidad de convertirse en cartílago, hueso o músculo. Entonces, pueden regenerar esos tejidos y es muy interesante. Pero esto se perfecciona cada vez más. Por ahora, hay unas células llamadas MUSE, que se obtienen de la misma manera, pero que parecen tener, según ciertos estudios, un poder regenerativo bastante mayor que las células mesenquimales. Es un terreno de investigación muy apasionante.
Tal es así que, en la Universidad de Buenos Aires, estamos por lanzar un primer curso de medicina regenerativa para médicos. A largo plazo, es muy interesante porque, por ejemplo, en la Universidad de Tel Aviv ya se generó un corazón pequeño con una impresora 3D y células madre. Todavía no tiene capacidad de contracción ni la función propia del corazón.
Pero sí se generaron tejidos del paciente con la misma morfología de un corazón. Probablemente, en unos años, esto esté disponible para utilizarlo en un paciente que necesita un trasplante cardíaco. Recuerdo que, en otras épocas, conseguir un donante para los pacientes era una misión imposible. La posibilidad de regenerar desde un órgano hasta un tejido, es decir, la ingeniería de tejidos y órganos, puede cambiar mucho este campo.

—Voy a volver al inicio de nuestra conversación. Hablamos de VO2 max y de alimentación. Voy a ir al tercer indicador de longevidad: el estrés. ¿Cuáles son tus consideraciones al respecto?
—En general, uno habla de mitigar el estrés. Por ejemplo: “A mí la natación me sirve porque me baja el cortisol”. Entonces, vamos con eso. También hago respiraciones de Wim Hof porque me sirven. Las técnicas sencillas que le hacen bien a cada persona, como los ejercicios de respiración, ayudan en el momento a reducir el nivel de estrés. Eso es fundamental.
Después están los que yo llamo los ultraprocesados de la pantalla: las redes sociales y las noticias. Está bien verlas durante un tiempo determinado. Pero, si uno queda enganchado con una noticia —por una guerra o cualquier otro hecho—, eso puede resultar insalubre y estresante. Si, además, se consume por la noche, antes de dormir, puede ser peor.
Así como hay que tener cuidado con los ultraprocesados que se consumen, también hay que prestar atención a qué tipo de noticias o contenidos se llevan a la pantalla. Hay otro punto, más complejo, que tiene que ver con qué interpretación hace cada persona de una situación. Ahí puede estar una clave para manejar el estrés. Una misma situación puede resultar estresante para una persona y no serlo para otra. Uno puede estar muy preocupado por algo mientras que un amigo se mantiene tranquilo ante esa misma circunstancia.
¿Qué cambia? La creencia: lo que cada uno interpreta y lo que su cuerpo y su mente se cuentan sobre una situación. En eso que uno se cuenta y se cree puede estar la clave de lo que perpetúa el estrés. Si alguien se creyó algo ayer, anteayer y probablemente se crea algo parecido mañana, puede ser porque no trabajó ese patrón de pensamiento para convertirlo en uno más constructivo.
Preguntarse: “¿Esto cómo me está haciendo sentir?” ya es tomar conciencia de lo que uno piensa y de cómo eso influye en sus emociones. Si, además, puede preguntarse: “¿Qué estoy creyendo sobre esto? ¿Cómo puedo pensarlo de otra manera?”, puede empezar a trabajarlo.
Cuando algo genera malestar, muchas veces uno se está creyendo algo que no es real. Las personas pueden distorsionar la realidad: si una misma situación no estresa a alguien, pero sí a otra persona, hay una diferencia en la interpretación. Esa manera de distorsionar la realidad se puede trabajar y, por así decirlo, recablear. Es un proceso que lleva tiempo y, muchas veces, requiere ayuda terapéutica. Todo lo que sirva para abordar el estrés es bienvenido.

—¿Qué cosas te han ayudado a vos para controlar tu estrés, este concepto de recablear tu interpretación de las cosas?
—Trato, en general, de trabajar el sistema de creencias: con qué lente miramos la realidad. Si veo una situación de una manera que me hace mal, automáticamente pienso que quizá la estoy interpretando de forma distorsionada. Entonces, empiezo a buscar otras opciones para mirar esa misma situación. “Siento esto, me está pasando. A ver, ¿de qué otra manera podría tomarlo?”. Quizá podría interpretarlo como una oportunidad para disfrutar otra cosa. Entonces, aparece una forma diferente de verlo.
La idea es que esa nueva manera de interpretar las situaciones empiece a cobrar fuerza dentro de nuestra estructura neuronal. Cuando uno piensa de determinada forma, se activan ciertas redes neuronales y se refuerzan. Cuando empieza a generar otras alternativas, como nuevas avenidas, esas redes se van formando de a poco y a través de la repetición.
Pensar en positivo y agradecer también forman parte de ese ejercicio. El agradecimiento es una conexión con la abundancia. Cuando me levanto, tengo dos posibilidades: puedo conectarme con todo lo bueno que tengo, que siempre está, o con todo lo que me falta y con los problemas. Es una decisión personal: ¿uno se conecta con la abundancia o con la carencia?
Para conectarse con la abundancia hace falta una reeducación: ejercitar ese músculo. Pensar: “Tengo salud, familia, amigos, muchas cosas; hago lo que me gusta”. Hay muchos aspectos sobre los que se puede trabajar para fortalecer esa mirada. Si uno nunca piensa en eso y solo se concentra en lo que le falta —“Por qué otro tiene algo que yo no tengo”, “Yo nunca tengo”—, desarrolla esa lógica de carencia. Cuando somos conscientes de que pasamos mucho tiempo quejándonos, reducir ese tiempo y sumar gratitud y una mirada de abundancia puede ser un buen ejercicio.

—Daniel, para ir cerrando. ¿Qué crees que nos faltó contar de tu rutina?
—Hay algo que no mencioné mucho, que es la suplementación. Pero yo diría que lo que hablamos antes es lo más importante, porque hay una fantasía de tomarse una pastilla y pasar a ser joven eternamente, algo que uno ve todo el tiempo en las redes. Veo cada vez un suplemento nuevo: “Descubrieron que te va a salvar la vida y te va a mejorar la fuerza muscular, la calidad de tu piel”. Y no siempre es así. Con esto no quiero ponerme en contra de la suplementación: hay muchas cosas prometedoras y muchas que sirven. Pero hay que ser cautos, porque, en este tema, el marketing va por delante de la evidencia científica.
En las redes se dicen muchas cosas que no están comprobadas científicamente, ni cerca. Entonces, diría que hay que ser cauto. Es algo prometedor, pero cada uno toma decisiones sobre su salud. Yo tomo algunos suplementos. Pero si me preguntás: “¿Posta tiene beneficios?”, la creatina creo que está probada científicamente: mejora la fuerza, la masa muscular y la recuperación. También hay algunos trabajos recientes que muestran mejoras en la parte cognitiva, lo cual es interesante.
Después, tomo omega 3 porque no consumo suficiente pescado. Si no se consume pescado, el organismo no incorpora esa cantidad de omega 3. Es fundamental para el sistema nervioso central, que contiene mucho omega 3. También puede ser útil para quienes tienen los triglicéridos altos y necesitan bajarlos, o para quienes presentan mayor riesgo cardiovascular y buscan mejorar un poco la inflamación.
Pero es importante medir los biomarcadores. Por ejemplo, la vitamina D3 suele estar baja o en déficit, porque se produce con la exposición de la piel al sol. En general, esa exposición es baja durante el año y, además, el uso de protector solar la reduce. Por eso, no está mal suplementarla. Para mí, está bien tomar una dosis que se sabe que no va a generar toxicidad.
Ahora, si alguien me dice: “Pará, Daniel, ¿qué evidencia científica tenés de que, si la vitamina D3 está alta, suplementarla te va a generar un beneficio mayor?”, no hay mucha evidencia. Pero yo la tomo. También tomo magnesio, a veces por la noche, para mejorar el sueño. Lo mismo: hay que medirlo. El magnesio interviene en muchas reacciones del cuerpo y, si está bajo, hay que suplementarlo: no hay dudas y existe evidencia. Si está bien, puede ayudar con el sueño y la relajación muscular; hay algunas series que hablan de eso. Pero tampoco hay que creer que hace magia.
Con la suplementación se busca demostrar un beneficio en una población sana. Y, cuando una persona ya está sana, demostrar que determinada sustancia le aporta un beneficio es metodológicamente muy difícil. Por eso tampoco hay tanta evidencia. Uno tiende a decir: “En animales sí, pero acá no”. Es un terreno interesante para seguir estudiando.
—Voy a despedirte con la última pregunta que le hago a todos los invitados y es que nos dejes algo que en este tiempo leíste, te contaron, te llamó la atención, venís pensando, lo que sea que creas que vale la pena dejar acá como último mensaje.
—Creo que nunca es tarde para empezar. Un poco de actividad o un pequeño cambio siempre es mucho mejor que no hacer nada, y eso está demostrado científicamente. También es importante entender que la salud y la forma en que envejecemos dependen más de lo que hacemos todos los días que de ir al médico. Esto no significa que no haya que consultar a un médico, sino que tenemos muchas herramientas a nuestro alcance para mejorar la manera en que envejecemos. Es una elección personal.
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