
“Hoy la clave ya no pasa por acumular mercadería, sino por lograr eficiencia en toda la operación”, sostiene Matías al analizar el nuevo escenario de las importaciones de alimentos en Argentina. Desde su experiencia en comercio exterior y gestión operativa, explica cómo la flexibilización de procesos, la aparición de nuevos importadores y la necesidad de optimizar tiempos, costos y abastecimiento están transformando la dinámica logística del sector y redefiniendo la competencia en góndola.
¿Cómo analizás el escenario actual de las importaciones de alimentos en Argentina?
Hoy estamos viendo un cambio muy importante en la importación de alimentos, tanto por el impacto que tiene sobre los precios como por la variedad de productos que empiezan a aparecer en el mercado. El consumidor encuentra cada vez más opciones y eso naturalmente genera distintas miradas.
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Por un lado, hay quienes valoran poder acceder a productos que antes no estaban disponibles o que tenían precios mucho más altos. Pero también aparece el debate sobre aquellos alimentos que se producen localmente y ahora empiezan a competir con productos importados.
Lo que sí cambió claramente es la estructura del mercado. Durante mucho tiempo las importaciones estuvieron concentradas en grandes empresas que ya tenían experiencia y capacidad operativa para importar. Para nuevos actores era prácticamente imposible ingresar. Con las flexibilizaciones recientes empezaron a aparecer nuevas empresas interesadas en desarrollar productos y buscar proveedores en otros mercados.
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¿Qué cambios fueron los más importantes desde el punto de vista operativo?
Hubo avances muy significativos en materia de desregulación y simplificación de procesos. Antes importar alimentos implicaba trámites muy largos y burocráticos. Las empresas tenían que registrar productos, realizar análisis de laboratorio, presentar documentación técnica y esperar aprobaciones que podían demorar muchísimo tiempo.
Con las modificaciones recientes, especialmente las vinculadas al reconocimiento de certificaciones internacionales, muchos procesos se agilizaron. Hoy, si un producto ya cuenta con registros aprobados en determinados mercados o países con estándares equivalentes, puede validarse mucho más rápido en Argentina.
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Eso tiene un impacto directo sobre los tiempos y sobre los costos logísticos. Si una empresa encuentra un proveedor competitivo en Brasil, Chile o algún país con buena conectividad regional, puede incorporar productos mucho más rápido y con estructuras de costos más eficientes.
También hubo medidas importantes vinculadas a impuestos y anticipos financieros que ayudaron a reducir presión sobre el capital de trabajo. Todo eso termina impactando en el precio final y en la competitividad de los productos.
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¿Cómo impacta este nuevo escenario sobre el consumo y la competencia?
Hoy hay mucha más competencia y eso obliga a todos los actores a ser más eficientes. El consumidor encuentra más variedad y mejores precios porque aparecen nuevos importadores y nuevas alternativas en la góndola.
Además, el mercado atraviesa un contexto donde el consumo todavía está retraído en muchos segmentos. Entonces hay más oferta que demanda en algunos rubros y eso genera una competencia muy fuerte por precio.
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Antes el negocio funcionaba distinto. El que tenía stock manejaba el mercado y podía sostener márgenes muy altos. Hoy esa lógica cambió completamente. Si una empresa acumula mercadería y aparece otro competidor con mejores precios, pierde rápidamente competitividad.
Por eso hoy la prioridad es lograr velocidad de rotación y eficiencia operativa. La rentabilidad se redujo muchísimo y el foco pasó a estar en sostener flujo de fondos, abastecimiento y capacidad de reposición.
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¿Qué lugar ocupa la logística dentro de esa transformación?
La logística hoy es absolutamente central. Ya no alcanza solamente con conseguir un proveedor o importar un producto. La diferencia está en la eficiencia de toda la operación.
Hay que ser eficientes en la selección del transporte, en la planificación de compras, en la coordinación de abastecimiento y en los tiempos de reposición. En alimentos eso es todavía más sensible porque las fábricas trabajan con programación productiva y no pueden modificar permanentemente líneas de producción, envases o etiquetados para pedidos discontinuos.
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Entonces la previsión se vuelve clave. Si una empresa logra posicionar bien un producto pero después no puede reponerlo rápido, pierde espacio en el mercado y la competencia ocupa inmediatamente ese lugar.
Hoy vemos que muchas compañías tuvieron que profesionalizar mucho más sus áreas de comercio exterior, abastecimiento y logística para adaptarse a un escenario mucho más competitivo y dinámico.
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¿Qué tipo de productos son los que más están apareciendo?
Estamos viendo principalmente productos de consumo masivo. Aparecen nuevas marcas de snacks, galletitas, golosinas, enlatados y distintos alimentos que antes tenían poca presencia en el mercado local.
También empieza a verse más variedad en categorías donde históricamente había muy pocos competidores. Hoy una persona entra a un supermercado y encuentra muchas más opciones que hace algunos años.
En muchos casos no necesariamente hablamos de productos premium, sino de productos intermedios que logran una muy buena relación entre calidad y precio. Ahí es donde muchos importadores están encontrando oportunidades para competir.
Incluso aparecen productos que antes prácticamente no llegaban al mercado argentino o que tenían valores demasiado altos para el consumidor promedio.
¿Qué desafíos siguen pendientes para el sector?
El principal desafío sigue siendo el financiamiento internacional. Hubo avances muy importantes en desregulación y simplificación operativa, pero todavía quedan limitaciones para empresas nuevas que quieren empezar a importar.
Las compañías que ya tienen trayectoria normalmente cuentan con financiación, cuentas corrientes o acuerdos previos con proveedores internacionales. Pero para los nuevos actores eso es mucho más difícil.
Hoy una empresa nueva generalmente necesita hacer anticipos y ahí todavía aparecen restricciones o dificultades para acceder a determinados mecanismos de pago. Ese sigue siendo uno de los principales cuellos de botella.
Por eso digo que se avanzó muchísimo en abrir la puerta para importar, pero todavía falta terminar de normalizar completamente las condiciones de financiamiento para que todos los actores puedan competir bajo las mismas reglas.
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