
Entre la operatoria aduanera, la coordinación logística y los cambios permanentes del comercio exterior, los depósitos fiscales enfrentan una actividad cada vez más exigente. “Tenemos horario de apertura y nunca de cierre, porque dependemos del ritmo operativo del puerto”, afirma Santiago, al describir una operatoria donde la velocidad de adaptación y el factor humano siguen siendo determinantes.
¿Cómo le explicarías a alguien qué es un depósito fiscal?
Un depósito fiscal es una terminal logística que funciona como zona primaria aduanera o zona fiscalizada por la Aduana. Es el territorio donde las exportaciones se cierran, se fiscalizan y se envían al mundo. Y también es el lugar donde se reciben las importaciones, se fiscalizan y se libera la mercadería.
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Termina siendo un punto neurálgico muy importante porque ahí se reúnen tanto la mercadería como la documentación, los organismos de control y nosotros ahí in situ, logrando que todos esos actores puedan converger en tiempo y forma y de manera eficiente para que la mercadería se corra, sea verificada y se pueda liberar o consolidar para enviar al exterior.
Todo eso sucede “al pie del contenedor”, como decimos nosotros. Ahí es donde se juega gran parte de la eficiencia operativa del comercio exterior.
¿Y cuál es el rol específico que cumplen dentro de la cadena logística?
El depósito fiscal viene a cumplir un rol parecido al del puerto, pero como un “puerto seco”, sin barcos. Es la misma zona primaria aduanera. Nace un poco como un complemento de las terminales portuarias, sí por una cuestión de volumen, pero también por una cuestión de especialización.
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En los puertos hay mucho movimiento y grandes volúmenes, pero a veces determinadas cargas necesitan un manipuleo especial, una verificación específica o un tratamiento más sensible que en una terminal portuaria puede resultar poco ágil. Entonces el depósito fiscal aparece como un punto donde podés desviar esa carga y lograr más eficiencia logística.
Por ahí agregás un eslabón más en la cadena, pero al mismo tiempo conseguís un contacto más cercano con la carga, con la documentación y con la Aduana. Y eso termina reduciendo tiempos, costos y complejidades operativas.
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¿Cómo es el día a día operativo en un depósito fiscal?
Es súper dinámico. Siempre decimos que tenemos horario de apertura, pero nunca de cierre. Nosotros trabajamos punto a punto con el puerto y dependemos también de los horarios de las terminales. Entonces no podemos terminar el día operativo hasta no recibir toda la carga o enviar todo lo que tenemos que despachar ese día.
Es un trabajo muy a contrarreloj. Además, cualquier cambio en la normativa, en la logística global o incluso situaciones internacionales como una guerra, impactan muy rápido en nuestra actividad. Funcionamos como un termómetro bastante instantáneo de lo que pasa tanto en la política local como en el contexto internacional.
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Entonces tenemos que estar atentos y adaptarnos rápido, porque si no las cargas nos pasan por arriba. Y eso después se traduce en más extracostos y mayores tiempos para el cliente final.
¿Qué tendencias ves hoy dentro del sector logístico y del comercio exterior?
Hoy estamos atravesados por dos grandes cuestiones. Por un lado, una recuperación económica que todavía es selectiva según los segmentos. Entonces también tenemos que ser inteligentes respecto a qué tipo de mercadería o qué clientes apuntar como servicio.
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Y por otro lado, hay un cambio de hábito de consumo que llegó para quedarse: el envío puerta a puerta y el modo courier. Así como la pandemia dejó instalado el delivery o la compra online, hoy también se está consolidando esta modalidad en comercio exterior, impulsada además por políticas muy agresivas de China con grandes operadores.
Eso está generando una transformación logística muy fuerte. Muchos productos que antes dependían de grandes importadores o grandes contenedores hoy pasan a fragmentarse producto por producto, puerta a puerta. Y eso obliga a transformar toda la logística.
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A eso se suma la robotización, la automatización y una logística que cada vez funciona más 24/7. Nosotros inevitablemente tenemos que subirnos a ese ritmo. El sector está atravesando una transformación muy fuerte empujada por la tecnología y por los cambios en el consumo.
¿Cómo impactan los cambios normativos y económicos en la planificación del negocio?
Nos impactan de manera directa. Nosotros solemos decir que hay años exportadores y años importadores. Entonces cualquier cambio económico, fiscal o arancelario repercute inmediatamente en la operatoria.
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Muchas veces una noticia genera reacciones en 24 o 48 horas. A través de nuestros clientes vemos cómo cambian las estrategias para mover mercadería, importar o exportar. Y nosotros tenemos que estar alineados con esa velocidad para ofrecer soluciones ágiles y no quedar afuera de la competitividad.
La logística vinculada al comercio exterior necesita mucha capacidad de adaptación porque todo cambia muy rápido.
En un contexto tan tecnológico, ¿qué lugar ocupa el factor humano?
Creo que es lo más importante y lo más lindo que tiene esta actividad. En esta era de automatización y robotización, el factor humano va a ser la verdadera diferencia. La tecnología al final va a terminar siendo un commodity, algo que todos van a tener.
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Lo que realmente hace la diferencia es el criterio logístico, el valor humano y la capacidad de respuesta y contención en momentos de crisis. Muchas veces eso no está del lado de la computadora.
Nosotros desarrollamos mucha tecnología y automatización justamente para delegarle a las máquinas todo lo que puedan hacer. Pero eso nos permitió liberar tiempo de nuestros colaboradores para volver a tener un trato más cálido con el cliente y una atención más sensible con las cargas.
Que la gente vuelva al depósito, vuelva a caminarlo, a mirar los pallets, a involucrarse con la operación. Al final, lo que nuestros clientes más valoran y por lo que se quedan trabajando con nosotros es por la calidad humana del equipo.
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