
“El consumidor argentino ve productos innovadores en redes y sitios especializados, pero todavía no los tiene tan a mano”, explica Alejandro. En esta entrevista destaca la tensión entre la atracción por productos importados y la necesidad de que la industria local agregue valor para sostener su lugar en la región.
¿Qué relevancia tiene hoy la facilidad del consumidor para acceder a productos eléctricos del exterior?
El mercado nacional está regulado por cierta normativa, sobre todo en lo que tiene que ver con fichas y requisitos técnicos. Eso implica inversión en ensayos, análisis y aprobaciones para cumplir con los estándares. Si bien el consumidor muchas veces busca precio, el producto importado mantiene un atractivo especial porque trae innovación, desarrollo, estética. Hay sectores que priorizan eso, mientras otros se enfocan más en el costo.
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¿Creés que cambió la dinámica de consumo en este rubro?
Hoy es accesible comprar desde afuera, pero siempre con la complejidad de una operativa logística internacional. Existen sitios que permiten adquirir productos eléctricos y electrodomésticos, pero si no se toman los recaudos previos, intervienen organismos aduaneros y el producto puede terminar llegando más caro de lo esperado. No es imposible ni demasiado complicado, pero sí hay que conocer la normativa o apoyarse en alguien que lo haga para evitar malas experiencias.
¿Qué desafíos enfrentan los fabricantes locales frente a esa competencia?
El desafío es mantenerse en su porción de mercado a partir de la innovación, el desarrollo y los precios. Vivimos en un mundo global y lo que antes era un electrodoméstico simple, hoy tiene múltiples funciones y hasta se controla desde un celular.
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El consumidor argentino ve esos productos innovadores en redes y sitios especializados, pero todavía no los tiene tan a mano. Por eso, las empresas locales deben enfocarse en agregar valor para seguir siendo competitivas.
¿Qué potencial tiene Argentina como exportador de accesorios eléctricos en la región?
Argentina tiene una infraestructura productiva con potencial. Durante años hubo protección, pero también empresas que invirtieron en maquinaria, tecnología y procesos. Eso permitió que hoy algunas estén en condiciones de competir en Latinoamérica, donde el producto argentino sigue siendo valorado.
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Países como Paraguay, Perú o Bolivia son mercados en desarrollo y cercanos, donde el tiempo de entrega y la cercanía geográfica juegan a favor. El valor agregado no está solo en el producto físico, sino también en la logística, el soporte y la adaptación a las necesidades del cliente.
¿El sector es muy estacional?
Sí. Tenemos picos de producción en verano y en invierno. Para abastecer el verano, tenemos que planificar compras desde febrero o marzo. Después hay meses de meseta y vuelve a crecer en invierno con estufas y calefactores. La estacionalidad marca mucho el ritmo de la producción.
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¿Cómo funciona la dinámica de este abastecimiento?
Es como una cadena de abastecimiento inversa: primero hay que planificar la producción en función de la salida. Si la selección de proveedores es correcta y cumplen con lo pactado en calidad y tiempos, la cadena funciona bien. Si se falla en el ingreso, el problema se arrastra hasta el cliente final. Por eso es clave trabajar en procesos de calidad que eliminen esos riesgos.
¿Qué impacto tiene la ubicación geográfica de una planta productiva en la logística y la competitividad?
Influye mucho. En el interior las cosas funcionan más lento, con menos soporte. Hay que trabajar más para obtener menos resultados. La planta productiva de la empresa en la que trabajo actualmente está sobre una ruta nacional, pero la infraestructura no acompaña.
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La Ruta 7, por ejemplo, es un corredor binacional clave, pero no ofrece las condiciones que debería. Eso repercute en costos: donde un viaje debería durar diez horas, puede terminar en un día y medio, con más consumo de combustible y demoras. Todo eso encarece la logística.

¿Qué barreras enfrentan los productos eléctricos argentinos en el exterior?
Los países con mayor regulación en la región son Argentina y Chile. En el caso chileno, se requieren certificados especiales, que encarecen los costos y restan competitividad. En otros países latinoamericanos la normativa es más flexible, lo que facilita el ingreso de productos.
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¿Cómo impactaron las últimas flexibilizaciones normativas en el comercio exterior?
Se flexibilizó bastante para los componentes de productos finales. Hoy, si un producto ya cumple con normativas internacionales —europeas o asiáticas—, puede homologarse en Argentina sin necesidad de ensayos adicionales. Eso ayuda a que los costos no se trasladen al precio final y el producto sea más competitivo.
¿Qué mejoras creés que necesita la Aduana para facilitar el trabajo logístico?
Sería clave avanzar en centros de distribución, zonas francas y mayor capacidad portuaria y aeroportuaria. También flexibilizar algunos plazos que obligan a tener disponibilidad inmediata. Existen normativas que podrían mejorar la competitividad del exportador, pero todavía no se aplican plenamente por falta de práctica.
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¿Qué te gustaría destacar?
El interior tiene mucho para desarrollar, pero se trabaja mucho más para resultados más acotados. La centralización es muy evidente: en el conurbano hay más oferentes, transporte e infraestructura. En el interior falta acompañamiento y se nota.
Cuando uno compara con países grandes que distribuyen mejor sus zonas productivas, queda claro que la logística en Argentina necesita más inversión y visión de política de Estado, más allá de los gobiernos. Tenemos un país enorme y deberíamos aprovecharlo mejor.
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