
“Cada país va a armar la estructura en función de qué disponibilidad tiene”, explica Javier al hablar sobre los distintos caminos hacia la transición energética. En esta entrevista, reflexiona sobre la electrificación, los combustibles sintéticos, la eficiencia energética y el papel clave del transporte en un nuevo modelo global.
¿Cómo describirías el estado actual del proceso de transición energética a nivel mundial?
El concepto de transición energética es, como dicen algunos economistas, heterogéneo. Desde que se empezó a estudiar el aumento de la temperatura media del planeta, se plantearon acciones concretas como el Acuerdo de París, firmado en 2015, donde la mayoría de los países se comprometieron a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, cada país tiene su propia configuración, prioridades y tensiones internas, por lo que algunos avanzan más rápido que otros.
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Hay países que ya tienen desarrollos importantes en energías limpias, como Brasil con la hidroeléctrica, mientras que otros dependen más de los combustibles fósiles. Por eso se llama “transición”, porque es un camino que se plantea hacia 2050, con el objetivo de que la temperatura media del planeta no aumente más de 1,5 grados respecto de la era preindustrial.
A mí me gusta pensar la transición energética como una pirámide con tres eslabones. La base es la eficiencia energética: hacer lo mismo que hacemos hoy, pero consumiendo menos energía. Eso incluye desde poner el aire a 24° hasta mejorar la aislación en procesos industriales.
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La segunda etapa es la electrificación: pasar de combustibles líquidos y gas a electricidad, siempre que esa electricidad provenga de fuentes renovables.
La tercera etapa, que es la más desafiante, es la sustitución de aquellos procesos que aún no pueden electrificarse, como la aviación. En esos casos, se está trabajando con combustibles sintéticos o biocombustibles como el biodiesel.
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¿Y cuál es tu mirada sobre el transporte como factor crítico en este proceso?
La transición energética en logística va a ser uno de los puntos más relevantes, porque va a modificar muchos aspectos de nuestra vida.
Si lo analizamos por sectores, en la movilidad terrestre ya vemos una migración hacia los autos eléctricos. Hoy hay modelos más accesibles y el costo de la electricidad frente a los combustibles líquidos hace que muchas personas opten por esa alternativa. Lo mismo con la última milla: esos fletes que llegan al consumidor final también migrarán por una cuestión de costos, más allá de la conciencia ambiental.
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Con el transporte pesado, la situación es más compleja. Existen camiones eléctricos de gran porte, pero no son del todo prácticos. Por eso hay una discusión en torno a dos tecnologías: por un lado, los eléctricos, y por otro, los camiones a hidrógeno, que ofrecen mayor autonomía.
En Europa ya hay empresas de logística que usan camiones a hidrógeno. Lo que defina el futuro va a ser una combinación entre costos, eficiencia y viabilidad tecnológica.
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También está el desafío de la red eléctrica. Si en Argentina todos los autos pasaran a ser eléctricos, el consumo eléctrico aumentaría un 40 % respecto del actual. Y el recambio de autos sucede, en promedio, cada diez años, así que no es tan lejano.
En aviación, como mencioné antes, hay avances en combustibles sostenibles (SAF). Algunos aeropuertos ya exigen que al menos un porcentaje del combustible usado sea sustentable. Esta innovación puede producirse de forma sintética, por ejemplo, con hidrógeno. Aunque hoy son más caros, al compararlos con los impuestos al carbono, empiezan a ser una opción competitiva.
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En lo marítimo, el combustible representa el 40 % del peso del transporte. Si se redujera el traslado de combustibles fósiles, ya tendríamos un gran impacto. Por otra parte, transportar hidrógeno no es fácil, pero sí lo es transformarlo en amoníaco, que además puede utilizarse como combustible.
Hoy se están desarrollando barcos que funcionen directamente con amoníaco verde. También hay embarcaciones más pequeñas que están migrando a motores eléctricos.
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Da la sensación de que la transición se juega tanto en el plano político como en el tecnológico. ¿Desde tu experiencia, cuál creés que tiene más peso?
Es una gran pregunta. Al principio, la transición energética fue impulsada por políticas públicas y acuerdos, pero hoy muchas tecnologías ya son económicamente viables por sí solas.
La mayoría de las inversiones energéticas actuales se enfocan en renovables porque tienen mejores tasas de retorno. No es sólo una cuestión de conciencia ambiental: es una decisión de negocios. Lo mismo pasa con las empresas que instalan paneles solares, no necesariamente por convicción ecológica, sino porque les baja la cuenta de luz.
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En transporte también vemos eso. El costo de las baterías bajó mucho, lo que permitió que los autos eléctricos se acerquen en precio a los de combustión interna. Antes, el que compraba un auto eléctrico lo hacía por convicción; hoy, muchas veces es por conveniencia.
¿El futuro se encamina a una combinación de tecnologías según cada país?
Exacto. Cada país va a desarrollar su camino según los recursos disponibles. China, por ejemplo, al no tener petróleo, se enfocó en renovables y es líder en energía solar. En cambio, EE.UU. tiene recursos fósiles y eso condiciona su estrategia, sobre todo con ciertos cambios de gobierno.
En el caso de Argentina, tenemos de todo: recursos fósiles, eólicos y solares. Eso es una ventaja, pero también implica decisiones.
Cada país debe armar su matriz según lo que tenga: Brasil con la hidroeléctrica, Marruecos con el sol, Europa o Japón, que deben importar energía, tienen que planificar cómo hacerlo de forma sustentable.
¿Crees que las regulaciones van a acelerar estos cambios?
Sin dudas. Las regulaciones alinean objetivos. Hoy ya se están midiendo las huellas de carbono en los productos, y la Unión Europea va a aplicar impuestos al carbono desde el año que viene. Eso va a generar presión para que las empresas certifiquen y mejoren sus procesos.
Al principio puede parecer una carga, pero si la energía renovable es más barata, como ya sucede con la solar, entonces vamos a reducir emisiones y al mismo tiempo abaratar costos. Es una gran oportunidad.
¿Tenés fe en que la humanidad logre revertir los efectos del cambio climático?
Sí, tengo fe. No solo en que lo vamos a lograr, sino que eso es lo que me mueve todos los días a seguir trabajando en este tema. Tal vez no lleguemos a la velocidad que quisiéramos, pero creo que lo vamos a conseguir.
Es fundamental que los tomadores de decisiones vean que esto no es solo una obligación, sino una oportunidad. Se puede cuidar el planeta y hacer buenos negocios al mismo tiempo. Ese es el camino: buscar soluciones que funcionen para todos.
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