
Hay fotografías que informan, están las que incomodan, y algunas que, una vez observadas, ya no permiten mirar las cosas de la misma manera. Donald McCullin pasó más de medio siglo buscando esas imágenes.
Se metió en barrios donde la violencia era cotidiana, caminó entre soldados, cadáveres y refugiados, estuvo en medio de guerras, hambrunas y enfrentamientos civiles y apuntó su cámara hacia aquello que muchos preferían no ver. Su objetivo no fue convertir la muerte en espectáculo. Quiso hacer algo mucho más difícil: conseguir que quien estuviera a miles de kilómetros de distancia sintiera, aunque fuera durante unos segundos, que aquella tragedia también le pertenecía.
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Por eso resulta paradójico que el hombre que había logrado entrar prácticamente en todos los infiernos de su tiempo haya quedado afuera de uno de ellos. En 1982, cuando la Argentina y el Reino Unido fueron a la guerra por las islas Malvinas, McCullin quiso estar allí. No lo dejaron.
El gobierno de Margaret Thatcher le negó la posibilidad de embarcar con la fuerza de tareas británica. Oficialmente, la explicación estuvo vinculada a la falta de espacio disponible para periodistas. McCullin siempre creyó otra cosa: que sus fotografías, como ya había ocurrido con sus trabajos de Vietnam, Biafra o Irlanda del Norte, podían mostrar una cara de la guerra que el gobierno británico no quería que el mundo viera.
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Un niño debajo de las bombas
Donald McCullin nació el 9 de octubre de 1935 en St Pancras, Londres, aunque creció en Finsbury Park, un barrio popular del norte de la capital británica. Su infancia estuvo marcada por la pobreza y la guerra. Cuando comenzó el Blitz, la campaña de bombardeos alemanes sobre Londres durante la Segunda Guerra Mundial, su familia fue evacuada a Somerset. Allí, lejos de las calles de la capital, el niño conoció otra Inglaterra: los campos, los animales, los paisajes abiertos. Aquellos recuerdos nunca desaparecerían.
Muchos años después, cuando ya fuera famoso por sus imágenes de guerras y catástrofes, volvería una y otra vez a Somerset para fotografiar paisajes. Era como si, después de pasar buena parte de su vida registrando la destrucción, necesitara regresar al lugar donde había encontrado por primera vez una forma diferente de mirar el mundo.
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En la escuela las cosas no le fueron sencillas. Tenía enormes dificultades con la lectura y la escritura, y durante mucho tiempo no supo que detrás de buena parte de esos problemas había una dislexia que recién sería diagnosticada formalmente cuando ya era adulto. Pero dibujaba muy bien. Uno de sus profesores descubrió esa habilidad y lo orientó hacia la Hammersmith School of Arts and Crafts, donde consiguió una beca.
Parecía abrirse una puerta, pero duraría poco. Su padre murió cuando Donald tenía alrededor de 14 años y la situación familiar lo obligó a abandonar la educación para comenzar a trabajar. Terminó empleado en los coches comedor del ferrocarril entre Londres y Manchester. El muchacho que había querido estudiar arte tuvo que ganarse la vida. Sin saberlo, aquel fracaso iba a formar parte de su futuro. Porque la fotografía todavía estaba esperando.
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La RAF y una cámara comprada en África
En 1954 fue llamado al servicio militar y destinado a la Royal Air Force. Esa Fuerza Aérea británica terminaría teniendo una importancia decisiva en su vida. Durante su servicio pasó por Egipto, Kenia y Chipre y estuvo en la zona del Canal de Suez durante la crisis de 1956. Allí trabajó como asistente en tareas fotográficas y pasó largas horas en laboratorios revelando material. Y entonces quiso convertirse formalmente en fotógrafo de la RAF. Pero volvió a aparecer el problema que lo había acompañado desde niño. Y falló en el examen escrito. Su conocimiento visual podía ser extraordinario, pero las palabras seguían siendo un obstáculo.
Paradójicamente, el hombre que años después produciría algunas de las imágenes más importantes del fotoperiodismo británico no pudo aprobar el examen que le permitiría convertirse oficialmente en fotógrafo militar. Sin embargo, durante aquellos años descubrió algo que ya no lo abandonaría jamás: la cámara.
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En África compró una Rolleicord por unas 30 libras. Era un aparato rudimentario comparado con los equipos profesionales que utilizaría después, pero para McCullin representó mucho más que una herramienta, era una posibilidad. Así, regresó a Londres con ella y comenzó a fotografiar el lugar que mejor conocía: su propio barrio.

La foto que abrió una puerta
En Finsbury Park había una pandilla conocida como los Guvnors y McCullin los conocía. Compartió con ellos parte de aquella vida callejera en la que la violencia, las peleas y los problemas con la policía formaban parte de la rutina. En 1958 fotografió a varios de ellos posando frente a un edificio en ruinas. La imagen tenía algo diferente. No parecía una foto policial. Tampoco era simplemente el retrato de unos jóvenes.
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Los muchachos aparecían vestidos con elegancia, desafiantes, parados entre los restos de un edificio destruido. La composición transformaba una escena de barrio en algo mucho más poderoso. Una serie de circunstancias hizo que aquellas tomas llegaran a The Observer. El diario las publicó en febrero de 1959. McCullin tenía 23 años.
Había dejado la escuela, trabajado en el ferrocarril, fracasado en el examen de la RAF y todavía no era un fotógrafo profesional. Pero de repente, por su trabajo su nombre aparecía impreso en un gran periódico. Ese fue el comienzo.
The Observer le dio sus primeras oportunidades y McCullin comenzó a ocuparse de los conflictos sociales de Londres: desempleo, pobreza, marginalidad, violencia. No necesitaba viajar miles de kilómetros para encontrar sufrimiento porque lo tenía a pocas cuadras de su casa. Su mirada comenzó a construirse desde allí.
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“No tienes que ir a Oriente Medio”
Muchos fotógrafos buscaban entonces las grandes guerras. Él entendió que también las había pero sin uniformes. Las calles británicas estaban llenas de esas. Años después lo resumiría con una frase que explica buena parte de su carrera: había “un montón de batallas sociales” en las ciudades y no era necesario ir a Oriente Medio para encontrar infelicidad y tristeza. La diferencia estaba en que él no fotografiaba la pobreza desde la distancia ya que había crecido dentro de ella.
Conocía el frío, la precariedad, los barrios castigados y la sensación de no tener demasiadas posibilidades. Por eso sus fotos de Londres tenían algo que después conservarían las de los campos de batalla: una mezcla incómoda de dureza y compasión. Nunca parecía mirar a sus protagonistas desde arriba.
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En 1961 ocurrió algo que cambiaría definitivamente su carrera. Estaba de luna de miel cuando vio imágenes de Berlín y de la construcción del muro que comenzaba a dividir la ciudad. Y no pudo quedarse quieto. Abandonó el viaje de placer y viajó hacia Alemania. El muro estaba naciendo.
Su trabajo tuvo enorme repercusión y ese mismo año recibió el British Press Award por su cobertura de la construcción. La fotografía había dejado de ser para él una vocación. Ahora era una forma de estar donde la historia estaba sucediendo. Poco después iniciaba su relación con The Sunday Times Magazine, donde durante 18 años se convertiría en uno de sus grandes nombres.

Chipre, Congo, Biafra, Vietnam, Camboya, Israel, Jordania, Líbano, Irlanda del Norte y otros escenarios de conflicto fueron entrando en su cámara. Y con ellos llegó una reputación que pocos alcanzarían. No necesitaba regresar con cientos de rollos. Era famoso por ser extremadamente selectivo. En lugar de disparar una detrás de otra, esperaba, observaba y elegía. Sabía qué quería obtener.
Vietnam fue uno de los lugares donde esa filosofía se volvió más extrema. Estuvo allí en varias oportunidades y fotografió soldados estadounidenses, civiles, prisioneros y las consecuencias físicas y psicológicas del combate. En 1968, mientras trabajaba, una bala disparada desde un AK-47 fue directamente hacia él. Pero encontró un obstáculo, su Nikon F. La cámara recibió el impacto y detuvo el proyectil que le pudo quitar la vida.
The Beatles, la adrenalina y la tragedia humana
La anécdota parece casi imposible, pero resume la relación física que llegó a establecer con la guerra: no la observaba desde una oficina ni desde la retaguardia, estaba allí. Ese mismo 1968 le ofreció una escena completamente diferente. Paul McCartney lo convocó para fotografiar a The Beatles. La banda estaba atravesando el período de grabación de The White Album y necesitaba nuevas imágenes de promoción.
McCullin aceptó y el 28 de julio de aquel año se produjo la jornada que luego sería conocida como The Mad Day Out: varias localizaciones de Londres, distintos fotógrafos y los cuatro Beatles posando en escenarios que nada tenían que ver con la solemnidad de una sesión convencional. Así, registró algunas de las imágenes más recordadas de aquella jornada.

Era una demostración más de la amplitud de su mirada. El mismo hombre que podía pasar horas en una trinchera fotografiando soldados podía encontrarse poco después delante de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr.
Pero hubo un cambio profundo en su relación con los conflictos. Al principio, como muchos fotógrafos jóvenes, la guerra también tuvo para él algo de aventura. La adrenalina, el peligro, la sensación de estar donde otros no podían llegar. Biafra modificó esa mirada. El hambre, los niños enfermos y la dimensión de la tragedia humana hicieron que la fotografía dejara de ser una búsqueda de riesgo y se convirtiera cada vez más en una forma de denuncia.
Desde entonces, sus trabajos estuvieron cada vez más vinculados con dramas humanitarios y ambientales. Nigeria, Bangladesh, Líbano, Irlanda del Norte, Siria y otros lugares fueron registrados por su cámara. Sus fotografías eran denuncias: un niño hambriento, un soldado herido, una madre junto a un cadáver, un hombre destruido por la guerra, un refugiado. Las imágenes representaban un grito.
Malvinas: la guerra en que no pudo estar
Entonces llegó 1982 y una de las mayores frustraciones de su vida. El 2 de abril, las fuerzas argentinas desembarcaron en las islas Malvinas. Margaret Thatcher decidió enviar una fuerza de tareas británica al Atlántico Sur para recuperar el archipiélago. McCullin quería cubrir la guerra. Pero el gobierno británico no lo dejó embarcar.

El acceso de la prensa estaba estrictamente controlado y quedó afuera de la selección de periodistas autorizados a viajar. Según la explicación oficial, el problema estaba relacionado con la capacidad disponible a bordo. Pero él jamás aceptó esa explicación como suficiente. Creía que sus fotos podían convertirse en un problema político. No era una sospecha completamente absurda.
La cobertura de Malvinas estuvo sometida a restricciones extraordinarias. La prensa dependía de los transportes militares y de los canales de comunicación del gobierno, y el acceso de los fotógrafos fue cuidadosamente limitado. Solo un número muy reducido pudo acompañar a las fuerzas británicas.
Años después seguiría hablando de aquello como una deuda. Cuando llegó la guerra que libraba su propio país, alguien decidió que su mirada no debía estar allí. El propio McCullin consideró que sus imágenes podían haber resultado demasiado incómodas para el relato oficial.
En 1993 se convirtió en el primer fotoperiodista en recibir el CBE. En 2006 recibió el Cornell Capa Award por su trayectoria. En 2017 fue nombrado caballero por sus servicios. En 2025 recibió además la Bodley Medal: Life and Work de la Universidad de Oxford por su contribución a la fotografía y el periodismo. Sus producciones fueron exhibidas en todo el mundo y formaron parte de numerosos libros. Su retrospectiva Irreconcilable Truths, publicada en tres volúmenes, reúne casi 1.500 páginas y más de 700 imágenes.
Hoy cumple 91 años y acaba de publicar un nuevo libro, Vietnam, que él mismo presenta como su obra final. Donald además deja un legado, que obliga a mirar lo que sucede aunque duela.
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