
Todavía no había amanecido completamente sobre Bangkok cuando comenzaron los disparos. Del otro lado de las puertas de la Universidad de Thammasat, miles de estudiantes que llevaban días protestando contra el regreso de un antiguo dictador descubrieron que esa manifestación política estaba frente a una fuerza de choque dispuesta a terminar todo por la violencia.
Policías, soldados y grupos paramilitares rodeaban el campus. Había armas automáticas, granadas y fusiles. Del otro lado, jóvenes que protestaban contra el regreso del mariscal Thanom Kittikachorn –dictador militar de Tailandia que se desempeñó como primer ministro del país entre 1963 y 1973-, el hombre que tres años antes había sido expulsado del poder por una rebelión estudiantil.
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Aquel 6 de octubre de 1976, la lucha contra el supuesto avance del comunismo terminó transformándose en una de las jornadas más brutales de la historia contemporánea de Tailandia. Hubo disparos indiscriminados, ejecuciones, golpizas, cuerpos colgados y escenas de furia que, durante años, muchos prefirieron no recordar.

La cifra oficial fue de 46 muertos y centenares de heridos. Miles fueron detenidos. Pero desde entonces persiste una pregunta que nunca encontró una respuesta satisfactoria: ¿cuántas personas perdieron la vida realmente aquella mañana?
El miedo rojo
Para entender lo ocurrido hay que retroceder varios años. Tailandia había quedado situada en una posición estratégica después de la Segunda Guerra Mundial. La expansión del comunismo por Asia convirtió al país en un aliado fundamental de Estados Unidos durante la Guerra Fría. La revolución china de 1949, la guerra de Corea y, posteriormente, el conflicto de Vietnam reforzaron el temor de Washington y de las élites tailandesas a que el comunismo terminara extendiéndose por la región.
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En ese contexto, los militares adquirieron un poder enorme. Thanom Kittikachorn terminó convirtiéndose en una de las figuras centrales de ese régimen. Su gobierno era fuertemente anticomunista y autoritario. Pero en octubre de 1973 algo cambió.
Miles de estudiantes salieron a las calles de Bangkok para reclamar democracia. La movilización terminó enfrentando a la población con las fuerzas de seguridad y provocó la caída de Thanom, que abandonó el país junto con otros dirigentes militares.

Durante un breve período, Tailandia vivió una experiencia democrática mucho más abierta. Las universidades se transformaron entonces en espacios de debate político. Estudiantes, intelectuales, sindicalistas y trabajadores comenzaron a reclamar reformas sociales y económicas. Pero la primavera democrática tenía enemigos poderosos.
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En Indochina, el mapa político se estaba transformando a una velocidad vertiginosa. En 1975, Vietnam del Sur cayó ante las fuerzas comunistas; Laos quedó bajo un gobierno del mismo orden, y los Jemeres Rojos tomaron el poder en Camboya. Para los sectores conservadores tailandeses, la posibilidad de que el mismo proceso llegara a Bangkok dejó de parecer una fantasía.
Entonces, la derecha comenzó a presentar a los estudiantes como una amenaza existencial. Las organizaciones paramilitares crecieron y recibieron apoyo de sectores del aparato estatal. Entre ellas estaban los Village Scouts, los Red Gaurs y Nawaphon. La propaganda comenzó a asociar cualquier crítica al gobierno, al ejército o a la monarquía con el comunismo.
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Human Rights Watch -organización internacional no gubernamental dedicada a la investigación, defensa y promoción de los derechos humanos- documentó cómo esos grupos y sectores militares impulsaron una campaña que presentaba a alumnos, intelectuales, trabajadores y campesinos como enemigos de la nación. Así, el clima se volvió cada vez más peligroso.

El regreso que encendió la mecha
En septiembre de 1976 ocurrió algo que los estudiantes interpretaron como una provocación. Thanom Kittikachorn regresó a Tailandia. Esta vez apareció vestido de monje y se instaló en el templo Wat Bowonniwet, uno de los santuarios más vinculados con la monarquía. Su regreso provocó inmediatamente protestas. Para sus adversarios, no era simplemente el retorno de un hombre mayor que quería retirarse de la política, sino la señal de que la vieja estructura militar podía estar preparando su regreso.
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Los alumnos comenzaron a movilizarse. El 24 de septiembre, dos trabajadores que colocaron carteles contra Thanom fueron asesinados en Nakhon Pathom. Sus cuerpos aparecieron colgados de una puerta. El crimen provocó indignación entre los estudiantes y terminó convirtiéndose en uno de los detonantes inmediatos de lo que ocurriría en Thammasat. Investigaciones posteriores atribuyeron los homicidios a miembros de la policía.
En la Universidad de Thammasat surgieron las concentraciones. La protesta creció hasta convertirse en una ocupación del campus. El 4 de octubre, estudiantes representaron una obra en la que dramatizaban el asesinato y ahorcamiento de los dos trabajadores. Una de las escenas mostraba a un joven colgado de un árbol. La fotografía de aquella representación terminó siendo explosiva.
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Algunos medios y emisoras de radio de orientación derechista difundieron la versión de que los estudiantes habían representado el ahorcamiento del príncipe heredero Vajiralongkorn. En realidad, la escena hacía referencia al asesinato de los dos trabajadores, pero la fotografía del alumno colgado fue utilizada para instalar la acusación de lesa majestad. Investigaciones posteriores señalaron que el parecido con el príncipe fue utilizado para transformar una protesta política en una supuesta amenaza contra la monarquía.

La maquinaria propagandística hizo el resto. Las radios controladas por sectores militares comenzaron a presentar a los estudiantes como comunistas y enemigos de la nación. La noche del 5 de octubre, miles de miembros de organizaciones paramilitares y fuerzas policiales se concentraron alrededor de Thammasat. La universidad estaba rodeada.
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Comienza el ataque
Poco antes del amanecer del 6 de octubre, empezaron los disparos. Las fuerzas de seguridad bloquearon las salidas del campus y dispararon hacia el interior de la universidad con armas de guerra. Distintas fuentes describieron la utilización de fusiles automáticos, ametralladoras, lanzagranadas y otras armas pesadas. Los estudiantes estaban atrapados. Algunos intentaron esconderse. Otros buscaron escapar por el río Chao Phraya. Hubo quienes trataron de negociar una rendición. Pero afuera también había grupos civiles armados y militantes de extrema derecha.
La violencia se extendió rápidamente. Los jóvenes que conseguían salir del campus eran perseguidos. Algunos fueron golpeados hasta morir, otros colgados de árboles. Las imágenes que quedaron registradas son estremecedoras.
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Pero la violencia no terminó con los muertos. Los estudiantes que se rindieron fueron obligados a acostarse en el suelo. Fueron golpeados, humillados, sometidos a maltratos antes de ser trasladados a centros de detención. Human Rights Watch describe aquella jornada como un ataque realizado por policías junto con grupos respaldados por el aparato militar y organizaciones de derecha con personas linchadas y quemadas vivas. La universidad dejó de ser un lugar de discusión política, era una trampa mortal.

El número de muertos
Al finalizar la matanza, el gobierno informó oficialmente que habían muerto 46 personas. También se registraron cientos de heridos y miles de detenidos. Algunas fuentes contemporáneas y posteriores sostuvieron que la cantidad de víctimas fue superior. Las diferencias alimentaron durante décadas las sospechas sobre la verdadera dimensión de la masacre.
Mientras la sangre todavía estaba fresca en los alrededores de la universidad, los militares tomaron el poder. El gobierno civil de Seni Pramoj –primer ministro de Tailandia en tres ocasiones- fue derrocado. Un grupo militar encabezado por el almirante Sa-ngad Chaloryu anunció la creación de un consejo revolucionario y declaró la ley marcial. La matanza de Thammasat fue seguida inmediatamente por un nuevo golpe de Estado. La democracia que había comenzado en 1973 llegaba así a su final.
Pocas horas después, Thanin Kraivichien, un juez ultraconservador y monárquico, fue designado primer ministro. Los estudiantes detenidos quedaron presos. Muchos fueron acusados de delitos relacionados con la seguridad nacional y el supuesto peligro comunista. Otros huyeron hacia las zonas rurales y terminaron incorporándose a organizaciones guerrilleras. Así, el país volvió a vivir bajo una fuerte tutela militar. La matanza había cumplido, además, una función política: proporcionar el argumento para recuperar el control del Estado.

Una herida que nunca terminó de cerrar
Durante años, hablar del 6 de octubre fue incómodo. Las responsabilidades políticas y militares nunca fueron investigadas de manera que permitieran establecer una cadena clara de responsabilidades. Human Rights Watch señaló posteriormente que no hubo investigaciones independientes sobre la violencia de 1973 y 1976 y que se concedieron amnistías a los responsables en nombre de la reconciliación.
El silencio no significó olvido. Con el paso del tiempo, familiares, investigadores y organizaciones de derechos humanos comenzaron a reconstruir lo ocurrido. Las fotografías volvieron a circular y los nombres de las víctimas fueron recuperados. Los sobrevivientes contaron qué habían visto aquella mañana. Thammasat quedó convertida en un símbolo de la fragilidad de la democracia tailandesa.
Con los años, algunas de las figuras centrales de aquella historia siguieron teniendo una presencia controvertida en la vida pública tailandesa. Thanom, el hombre cuyo regreso había desencadenado las protestas, permaneció durante décadas como una figura profundamente polémica. Pero ningún regreso ni ninguna carrera política posterior pudo borrar lo ocurrido.
La característica más inquietante de la masacre fue que los responsables nunca fueron llevados ante una justicia capaz de reconstruir plenamente lo sucedido y durante años la historia quedó atrapada entre versiones oficiales, miedo y amnesia.
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