
Irrumpió en la historia el 5 de julio de 1946, entre el final de la Segunda Guerra y el comienzo de la Guerra Fría, como una especie de explosión planetaria, de bomba (an)atómica que sacudió al mundo. Su nombre, bikini, era el de un atolón de la Micronesia, en donde, cuatro días antes, el gobierno estadounidense -presidido por Harry Truman- había empezado a hacer pruebas nucleares. Muy lejos de ahí, en el complejo de piscinas Molitor de París, Micheline Bernardini, una stripper de casino de 19 años, la lució por primera vez frente a cámaras. Se trataba de una malla de dos piezas cuyo estampado reproducía la páginas de un diario y que dejaba su ombligo a la vista: la cuestión tabú, la propuesta indecente. Con una sonrisa ancha, ingle y glúteos al aire, calentando el verano europeo, la chica sacudió una cajita de fósforos: el mensaje era que la nueva prenda playera entraba ahí y, también, que invitaba a encender la mecha. Rodeada de escándalos, hace 77 años, nacía la bikini.
¿Qué diseñador o diseñadora de modas estaba detrás de aquella revolución indumentaria? Ninguno, ninguna. Louis Réard, nacido en Lille, Francia, el 10 de octubre de 1896, creador de la bikini moderna, no era diseñador de modas sino un ingeniero automotriz que trabajaba en su lencería familiar. Su idea, mitad ingenio, mitad imitación, se basaba en un traje de baño de dos piezas inventado por su compatriota Jacques Heim -diseñador de modas prestigioso y refinado- durante los años 30, basado, a la vez, en un modelo con remera y pantaloncitos lanzado por el estadounidense Carl Jantzen en 1913. Réard usó 76 centímetros de tela: acortó el tiro de la pieza de abajo y buscó el efecto “ombligo a la vista”. Para tomar dimensión de la osadía, pensemos que ninguna modelo se animó a exhibir aquella primera bikini en público. Por eso, Réard tuvo que conseguir una nudista. Su invento iba a ser prohibida en muchos balnearios europeos y estadounidenses e defendido, en general, por mujeres de clase alta y estrellas de cine.
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Del átomo a la bomba
Heim bautizó “Átomo”, la partícula más pequeña que existe, a su traje de baño, y lo promocionó a través de aviones que dejaban estelas con esa palabra en el cielo. Quince años después, Réard declaró que una auténtica bikini tenía que “pasar por el interior de un anillo de boda” y usó el eslogan “La bikini, una bomba anatómica”. Antes, en la lencería de su madre, cercana al cabaret parisino Folies Bergere, les había prestado especial atención a las inquietudes de sus clientas. En Saint Tropez, notó que las mujeres improvisaban dobladillos en sus mallas para poder tomar sol y meterse en el mar. ¿Por qué no eliminar esa tela sobrante? En los años siguientes al lanzamiento de la bikini -cuyo tiro era alto para los parámetros actuales y corto para los de aquella época- recibió unas 50.000 cartas de agradecimiento, muchas de ellas de hombres.
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¿La creación de Réard propiciaba la liberación femenina o le reasignaba a la mujer su condición de objeto de deseo masculino? La respuesta, y más en estos tiempos, podría llevarnos a un debate largo e intenso, ajeno a esta nota. En todo caso, recordemos -desde la perspectiva de aquellas antiguas damas playeras- que a comienzos del siglo XX las mujeres debían permanecer bajo el sol, sobre la arena o en el agua, con ropa de lana oscura que les cubría todo el cuerpo; pantalones, medias y zapatos. Vamos otra vez: ropa de lana en el mar, casi un elemento de tortura. De modo que, más allá de las intenciones de Réard, que bien podrían haber sido comerciales, o de potenciales fisgones que celebraran su invento, la bikini avanzó de la mano de la emancipación femenina.
Bikini antes de Cristo
¿Réard, Heim y Jantzen fueron, entonces, los pioneros de la bikini? No. El mundo antiguo muestra, a través del arte, que las mujeres usaron una vestimenta similar -no para ir a la playa, desde luego- desde la era precristiana. En urnas y pinturas griegas del 400 a.C se observan figuras con prendas muy parecidas a bikinis para actividades atléticas. En asentamientos al sur de Anatolia se hallaron representaciones de la diosa madre Catal Hoyuk sentada en un trono con una vestimenta del mismo estilo. Otras obras que se remontan al bajo Imperio Romano (286-505 d.C), como las de la villa romana de Casale, Sicilia, exhiben imágenes de caza, de animales, de circo y también de mujeres que parecen estar haciendo ejercicio en malla, como las del llamado “Mosaico de la bikinis”.
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Existen muchos, muchísimos otros ejemplos, como también de prejuicios machistas aplicados a esta vestimenta femenina y, desde luego, a las mujeres en general. Marcial, poeta latino del siglo I d.C satirizó en sus epigramas a una atleta llamada Filenis por usar prendas similares a la bikini en las competiciones; la hizo beber y vomitar por creerla lesbiana. Aludió, además, a una prostituta que iba a las termas con atuendos estilo bikini, cuando lo usual era que fueran desnudas.

Veintidós siglos después, el lanzamiento de la bikini moderna se topó con una cerril resistencia conservadora, corriente dominante durante las décadas del cuarenta y cincuenta en el Occidente del siglo XX. La prenda fue prohibida en muchos balnearios de Italia, Bélgica, España, Portugal, Australia, los Estados Unidos y otros países, y el Vaticano la declaró pecaminosa. En 1951, el Papa Pío XII condenó a la modelo sueca Kiki Hakansson, que acababa de coronarse primera Miss Mundo de la historia, por haberla usado durante el concurso, en Gran Bretaña. Sabemos que esos certámenes de belleza hoy son parte de la historia del patriarcado, pero consignamos que aquella competencia, organizada por Eric Morley, se llamó en su primera edición “Festival de la Bikini”.
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Estrellas en malla
Aunque el universo Hollywood, sobre todo en el plano de la exhibición de películas, estaba regido por normas morales estrictas (bah, seamos directos: por la censura), muchas estrellas, con Marilyn Monroe a la cabeza, se rebelaron a través del uso de la bikini. En 1953, en el Festival Internacional de Cine de Cannes, el más importante del mundo, una actriz de 19 años se mostró en la Costa Azul con una bikini blanca con motivos florales. La joven, una tal Brigitte Bardot, ganó adhesiones y rechazos y fue un ícono de la liberación femenina y, cómo no, de la lascivia voyeurista. Al otro lado del Atlántico, actrices como Jayne Mansfield, que solía recorrer el boulevar de Hollywood con una bikini de leopardo como modo de promoción, se sumaban a la cruzada por la libertad. Pero nada iba a resultar sencillo.
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En 1957 la Modern Girl Magazine publicaba conceptos como este: “No es necesario malgastar palabras en torno de la bikini, porque es inconcebible que cualquier chica con tacto y decencia vista alguna vez una prenda así”. Muchas veces los prejuicios venían del lado femenino. En 1959, Anne Cole, famosa diseñadora de trajes de baño, declaró que la bikini no era más que un corpiño y una bombacha “al borde de la navaja de la decencia”. Como contrapartida, en 1962 la revista Playboy publicó una tapa en defensa de la bikini. Y, dos años después, el invento de Réard mereció una portada mucho menos previsible, la de la revista Sports Ilustrated. A falta de noticias deportivas, André Laguerre, su editor, le había pedido ayuda a una redactora de moda, Jule Campbell, y así Babette March terminó siendo tapa con una bikini blanca.

Entramos ya en los 60, tiempos de mayor apertura, con bikinis legendarias como la de Ursula Andress en “Dr. No”, película de la saga del James Bond de Sean Connery. Aquella malla ciñendo el cuerpo de la actriz suiza se convirtió en una prenda que concitó el fetichismo general: en 2001 fue subastada en 61.500 dólares. Otra bikini mítica, de mediados de aquella década, fue de gamuza (no recomendable para meterse en el agua) y la usó Raquel Welch en el filme “Un millón de años antes de Cristo”, de Don Chaffey. Todo muy lindo, pero otro interrogante se abría paso: ¿sólo las mujeres jóvenes, de físicos armónicos, preferentemente actrices en situación ficcional, eran las “habilitadas” para calzarse una bikini? En 1965 la mayoría de las chicas usaban bikini en la playa, pero no las mujeres adultas. El debate cruzó gran parte del siglo XX.
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Liberación y después
Tras la liberación sexual de finales de los sesenta, con el auge del nudismo y la moda topless, las costumbres superaron en desenfado a la creación de Réard, quien, pese al éxito de su invento -patentado bajo el número 19341-, no se hizo millonario, en parte porque la bikini se había transformado en una especie de patrimonio de la humanidad. De uso masivo, la prenda sumó variantes como la trikini (que unía las piezas superior e inferior), la bandaukini (cuya parte de arriba no tiene tiras sobre los hombros) o la microbikini, conocida a nivel coloquial como bikini “hilo dental”. En medio de tantas mutaciones, Réard murió en Lausana, Suiza, en 1984: su compañía tuvo un resurgimiento póstumo en 1988, traccionado por el nombre de su creador. Más tarde, jaqueada por una competencia feroz, volvió a caer.
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En 2017, se intentó resucitar la marca bajo el nombre “Réard”. La diseñadora de modas Céline Adler, al frente de ese proyecto, declaró: “Esta es una oportunidad increíble y rara. Las posibilidades son infinitas cuando se trata de creatividad. La marca estuvo inactiva durante los últimos años; es un verdadero honor trabajar con una herencia y un historial tan sólidos. Como mujer me siento honrada. Louis Réard era un feminista en ciertos aspectos, ya que apoyaba plenamente la emancipación de la mujer y, como tal, creó un producto que nos liberó. Estoy muy conmovida y emocionada por ser parte de esta aventura”.
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