
La policía de Nashville, Tennessee, Estados Unidos, encontró a Johnny Allen desnudo, boca abajo, con las manos entrelazadas debajo de la cabeza como si durmiera. Tenía un disparo en la nuca. La que apretó el gatillo era una chica de 16 años que esa noche había sido llevada a su casa para tener sexo a cambio de dinero.
Lo que vino después fue uno de los juicios más discutidos de Tennessee: Cyntoia Brown, la adolescente en cuestión, fue juzgada como adulta, condenada a cadena perpetua y no tendría posibilidad de pedir la libertad condicional hasta los 67 años.
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Cyntoia Brown mató a Johnny Allen, de 43 años, en Nashville el 6 de agosto de 2004, cuando tenía 16 años y vivía bajo el control de un proxeneta violento. Fue juzgada como adulta, condenada a cadena perpetua y su caso se convirtió años después en un emblema del debate sobre trata sexual y justicia juvenil.
La historia de Brown no empieza en la casa de Allen. Empieza mucho antes, en una cadena de violencia que atravesó generaciones. Su madre biológica la dio en adopción al nacer. La crio una familia militar. Pero Brown terminó entrando y saliendo de centros de detención juvenil, donde, según ella misma describió, se relacionó con “la gente equivocada”. El ciclo de abusos, documentado en un filme de 2011 por el cineasta Daniel Birman —quien pasó seis años investigando su vida—, se remontaba a antes de que ella naciera.
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La abuela de Brown aseguró haber sido violada. De esa violación nació la madre de la joven, quien quedó embarazada a los 16 años, se volvió adicta al alcohol y al crack y pasó años presa. La madre bebió durante el embarazo de Cyntoia, lo que según sus defensores le provocó síndrome alcohólico fetal, una condición que, argumentarían más tarde, le impedía medir las consecuencias de sus actos.
En 2004, Brown huyó de uno de esos centros juveniles y terminó en las calles de Nashville. Tenía 16 años y no tenía adónde ir.
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Fue entonces cuando apareció Garion McGlothen, de 24 años, conocido en las calles como “Kut Throat”, es decir, corta gargantas. Brown dijo que se sintió atraída rápidamente por él.
“Siempre quise sentir que pertenecía a algún lugar”, declaró en 2019. “Y fue bastante rápido que me encontré simplemente atraída por él. Realmente sentía en mi cabeza que estaba en una relación con ese hombre”. No era una relación. Era una trampa.
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McGlothen la instaló en hoteles de Nashville y la obligó a prostituirse para sostenerlos a ambos. La golpeaba, la violaba y la drogaba si no volvía con dinero. La amenazaba con un arma. Según Brown, él le repetía que algunas personas nacían prostitutas y que ella era una de esas. Le decía “que nadie la querría sino él y que lo mejor que podía hacer era aprender a ser una buena prostituta”, según declaró ella en una audiencia de libertad condicional citada por The Guardian.
Era McGlothen quien decidía con quién se acostaba Brown y cuánto cobraba. Esa noche de agosto de 2004, fue él quien la empujó hacia el encuentro con Johnny Allen.
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Allen recogió a Brown en el restaurante Sonic del este de Nashville. Él tenía 43 años y era agente inmobiliario. Le ofreció merienda y 150 dólares por sexo, según el relato de Brown. Ella subió a su auto.
De camino a la casa de Allen, o ya dentro de ella, él le mostró su colección de armas de fuego y le contó que había sido francotirador en el Ejército. Eso la puso nerviosa, declaró durante el juicio. Cenaron juntos, vieron televisión y se fueron a la cama.
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Fue entonces cuando, según Brown, Allen empezó a tocarla de un modo que la incomodó y a levantarse repetidamente de la cama. El detective Charles Robinson, de la policía de Nashville, testificó en el juicio que Brown le había dicho que Allen “la hacía sentir incómoda” y que siguió saliendo de la cama sin explicación. En un momento, se asomó y se estiró debajo de ella.
Brown declaró que en ese instante creyó que Allen buscaba un arma para matarla. Tomó la pistola calibre 40 que llevaba en su bolso —una que McGlothen le había dado— y le disparó en la nuca.
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“Él me agarró en medio de las piernas, me agarró muy duro. Comencé a pensar que me iba a golpear o hacerme algo por el estilo”, dijo Brown durante el juicio, según crónicas de entonces.
La policía encontró a Allen boca abajo, desnudo, con los brazos doblados debajo de la cabeza y los dedos entrelazados. Esa posición, señaló el detective Robinson era incompatible con la versión de Brown sobre un hombre que buscaba un arma. Antes de irse, Brown se llevó la billetera, las armas y el camión de Allen.
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El fiscal Jeff Burks fue directo: Brown sabía lo que hacía y su motivo era el robo. “Creo que hizo lo que quería hacer, y desafortunadamente esa noche lo que quería hacer era matarlo y llevarse sus cosas”, declaró Burks. El fiscal también reconoció que Allen la había recogido para tener sexo: “Eso fue un hecho de principio a fin”.
La defensa de Brown argumentó que su edad, el síndrome alcohólico fetal y el contexto de explotación sexual la colocaban en una posición de víctima de trata sexual, no de asesina. Señaló además que tomó el dinero y las armas por miedo a volver con las manos vacías ante McGlothen, no por codicia.
El jurado no le creyó. La declaró culpable de homicidio premeditado en primer grado y robo agravado. En 2006, fue sentenciada a cadena perpetua. No podría pedir la libertad condicional hasta cumplir los 67 años.

Durante años, el caso de Brown era poco conocido fuera de Tennessee. Eso cambió en 2011, cuando el cineasta Daniel Birman estrenó el documental Me Facing Life: Cyntoia’s Story, para el que había pasado seis años investigando la vida de la joven condenada. La película mostró el ciclo de abusos generacionales que la había llevado hasta aquella escena del crimen.
En 2017, el caso explotó en las redes sociales. Kim Kardashian, Rihanna, LeBron James, Snoop Dogg y la modelo Cara Delevingne publicaron mensajes con el hashtag #FreeCyntoiaBrown. Kardashian escribió que el sistema había fallado y que había llamado a sus abogados para ver qué podía hacerse. El tuit reunió más de 379.000 “me gusta”.
Rihanna fue más dura: “A cada uno de los responsables por la sentencia de esta niña, espero que Dios no les permita tener hijos”, escribió en Instagram. El mensaje superó 1,6 millones de “Me gusta”.
No todos compartían esa indignación. Una página de Facebook llamada “Amigos de Johnny Allen” publicó un comunicado cuando en enero de 2019 el entonces gobernador de Tennessee Bill Haslam, le otorgó la clemencia que le permitió salir de la cárcel.

“Nuestros corazones están rotos. La turba activista con su repetición de las mentiras y calumnias de Cyntoia logró prevalecer contra la justicia”, dijo la amiga de Allen, Anna Whaley. Ella había declarado en la audiencia de clemencia que la voz de Johnny se había perdido en toda la atención puesta sobre Brown: “Johnny tiene una voz, y la familia de Johnny tiene una voz”, dijo, según The Tennessean.
Dentro de la cárcel, Brown no se quedó quieta. Completó sus estudios secundarios, obtuvo un título universitario de la Universidad Lipscomb —que cursó dentro de la misma prisión— y comenzó a trabajar para conseguir un segundo título. También fue mentora de otras mujeres que estaban detenidas.
Fue durante sus estudios que Brown se topó por primera vez con el término “tráfico sexual” y comprendió, con una década de retraso, lo que le había pasado.
“Me pregunté por qué recién ahora me enteraba de que no existe algo como una adolescente prostituta. ¿Por qué a las jóvenes víctimas de trata se las explotaba y se las aprovechaba, pero la sociedad simplemente nos decía que éramos malas, que éramos promiscuas?”, declaró.

También conoció a su marido dentro de la prisión. Se casó por teléfono con el artista de hip-hop cristiano Jamie Long mientras aún cumplía condena.
Haslam, le otorgó la clemencia en enero de 2019, como uno de sus últimos actos de gobierno. El 7 de agosto de ese año, Brown salió en libertad después de 15 años presa. Tenía 31 años.
“Esta decisión llega tras una consideración cuidadosa de lo que es un caso complejo”, dijo Haslam. “Imponer una cadena perpetua a un menor es demasiado grave, especialmente a la luz de los pasos extraordinarios que la señora Brown ha dado para reconstruir su vida. La transformación debe ir acompañada de esperanza”.
La conmutación no fue una exoneración. Brown quedó bajo libertad vigilada durante 10 años, con la obligación de no violar ninguna ley, mantener un empleo y asistir regularmente a terapia.
Tras su salida, pidió disculpas públicamente a la familia de Allen. En su libro de memorias, Free Cyntoia: My Search for Redemption in the American Prison System, publicado en 2019, escribió que: “Nunca pude disculparme con la madre de mi víctima. Ella murió antes de que tuviera la oportunidad”.

El caso también dejó una marca en la legislación de Tennessee. Las leyes del estado cambiaron de tal modo que, si Brown fuera juzgada hoy, no sería tratada como una prostituta que mató a un cliente sino como una víctima de trata sexual. Expertos legales afirmaron que los tribunales actuales la verían como “una esclava sexual infantil” y la tratarían como víctima.
Garion McGlothen, el proxeneta que la controló, fue asesinado en marzo de 2005. Meses después de la detención de Cyntoia Brown.
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