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El periodista que hizo conocer el horror de la bomba de Hiroshima y la niña de las mil grullas que se convirtió en símbolo de la paz

La mañana del 6 de agosto de 1945, un avión de la Fuerza Aérea estadounidense lanzó un arma hasta entonces desconocida sobre una ciudad densamente poblada de Japón. La devastación inicial y las terribles consecuencias a largo plazo de la radiación. La frialdad de un piloto que nunca sintió culpa, la crónica del enviado de The New Yorker que mostró al mundo los sufrimientos de las víctimas y la historia de Sadako Sasaki y su lucha por sobrevivir

Unas 70.000 personas murieron de inmediato en Hiroshima y otras decenas de miles quedaron heridas luego del estallido de la bomba atómica, la mañana del 6 de agosto de 1945 (EFE)
Unas 70.000 personas murieron de inmediato en Hiroshima y otras decenas de miles quedaron heridas luego del estallido de la bomba atómica, la mañana del 6 de agosto de 1945 (EFE)
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En mayo de 1946, nueve meses después del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, la revista estadounidense The New Yorker le encomendó John Hersey, novelista y prestigioso corresponsal de guerra, que viajara a Japón para escribir un artículo sobre el estado de la devastada ciudad y su reconstrucción. Hasta ese momento, los reportajes y los noticieros cinematográficos habían sido una avalancha de números demasiado grandes que, paradójicamente, dificultaban comprender la dimensión humana del desastre. Se había escrito sobre la destrucción de los edificios, el hongo nuclear, las sombras de los muertos en los muros y las calles, pero nadie se habían tomado el trabajo de entrevistas a fondo a los sobrevivientes.

En un principio, Hersey tampoco iba a hacerlo. No era eso lo que le habían encargado pero un hecho fortuito lo hizo cambiar de opinión. Durante el viaje cayó enfermo y para que se entretuviera mientras convalecía alguien le prestó un ejemplar de la novela El Puente de San Luis Rey, de Thorton Wilder, que cuenta la historia de varias personas que mueren en el derrumbe de un puente de cuerda inca en Perú y de los motivos que los habían llevado a estar allí. Un fraile que es testigo del accidente investiga la vida de las víctimas, buscando algún tipo de respuesta cósmica a la pregunta de por qué cada uno de ellos tuvo que morir. Inspirado por esa historia, Hersey decidió hacer un reportaje sobre las personas y no sobre los edificios y su reconstrucción.

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El resultado fue una impresionante crónica de 30.000 palabras centrada sobre seis personas: Toshiko Sasaki, una joven secretaria de 20 años que cuando cayó la bomba estaba a unos 1.500 metros del centro de la explosión y que, como secuela, le había quedado una grave lesión en una pierna; el Reverendo Kiyoshi Tanimoto, un pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima que padecía de síndrome de irradiación aguda; Hatsuyo Nakamura, una viuda que había sobrevivido con sus hijos menores de diez años; el Padre Wilhelm Kleinsorge, un sacerdote jesuita alemán, un extranjero en Japón que sufría secuelas de la exposición a la radiación; y los doctores Masakazu Fujii y Terufumi Sasaki, dos médicos que atendían a las víctimas.

Luego de realizar las entrevistas, Hersey escribió febrilmente el artículo en Hiroshima y cuando lo terminó cayó en la cuenta de que no podría enviarlo porque el general Douglas MacArthur, comandante supremo de las fuerzas de ocupación que gobernaba Japón, había prohibido la difusión de cualquier reportaje sobre las consecuencias de la bomba. Para esquivar la censura, en lugar de transmitirlo por los canales monitoreados por la administración estadounidense, el periodista volvió a Nueva York llevando el texto.

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En Estados Unidos y luego en Europa y el resto del mundo, el impacto del artículo de Hersey, titulado simplemente Hiroshima, fue impresionante. Por primera vez los ciudadanos comunes y corrientes conocieron los padecimientos del síndrome de irradiación aguda y comprendieron que se podía sobrevivir a la explosión y morir por sus efectos posteriores. Hersey puso en evidencia el devastador poder de un arma que continuaba matando mucho después de su lanzamiento, a pesar de los intensos esfuerzos del Gobierno y el Ejército de encubrirlo o negarlo. Le dio carnadura en seres sufrientes a lo que hasta entonces se había notificado como números.

La tirada de 300.000 ejemplares se agotó y el artículo fue reimpreso en muchos otros periódicos y revistas por todo el mundo. Esas historias trágicamente humanas fueron confrontadas con las frías declaraciones de Paul Tibbets, el piloto del avión que había lanzado la bomba sobre la ciudad el 6 de agosto de 1945, que se había jactado de sentirse “un héroe de ciencia ficción” al arrojarla.

El devastado edificio de la Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima —conocido actualmente como la Cúpula de la Bomba Atómica— después del bombardeo atómico del 6 de agosto de 1945 (Shigeo Hayashi/Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima/vía Reuters)
El devastado edificio de la Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima —conocido actualmente como la Cúpula de la Bomba Atómica— después del bombardeo atómico del 6 de agosto de 1945 (Shigeo Hayashi/Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima/vía Reuters)

Imágenes del infierno

El coronel Paul Tibbets había permanecido impávido, sin pronunciar una sola palabra. Eran las 8.15 de la mañana del lunes 6 de agosto de 1945 y acababan de arrojar la bomba más potente y letal de la historia sobre Hiroshima. La Segunda Guerra Mundial ya estaba definida en Europa, con la rendición de la Alemania nazi, pero Japón todavía resistía en el Pacífico. Para acabar con esa resistencia sin necesidad de invadir, el presidente estadounidense Harry Truman había decidido utilizar un arma hasta entonces desconocida, la bomba atómica, y arrojarla sobre una ciudad densamente poblada.

El avión comandado por Tibbets había despegado de la base aérea de North Field, en Tinian, y volado durante seis horas para llegar a su objetivo. A las órdenes del coronel estaban a bordo del B-49 el teniente primero Jacob Beser, el teniente segundo Norris R. Jeppson, el capitán Theodore J. Van Kirk, el mayor Thomas W. Ferebee, el capitán William S. Parsons, el capitán y copiloto Robert A. Lewis, los sargentos Robert R. Shumard, Joe A. Stiborn, Wyatt E. Duzenbury y George R. Caron, y el soldado Richard H. Nelson.

El coronel Tibbets le había puesto nombre al avión en que volaban y ese nombre era Enola Gay, el de su propia madre. Extraño nombre para un bombardero, porque las madres se distinguen por cargar vidas en sus vientres, pero lo que el Enola Gay cargaba era un devastador artefacto de muerte. La bomba de uranio 235 se llamaba Little Boy, aunque de pequeña tenía solo el nombre: pesaba 4.400 kilos, medía tres metros de largo por 75 centímetros de diámetro y tenía una potencia explosiva de 16 kilotones, el equivalente a 1600 toneladas de dinamita. Explotó a 600 metros de altura sobre Hiroshima y mató al instante a unas 70.000 personas —un tercio de la población— y condenó a morir en los años siguientes a otras tantas por sus efectos radiactivos.

Frente a la impavidez de Tibbets, contrastó el horror de los hombres que lo acompañaban al ver el infierno que habían desatado. El capitán y copiloto Robert A. Lewis, segundo al mando del Enola Gay, no pudo contenerse: “¡Dios mío, ¿qué hemos hecho?!”, dijo horrorizado.

El artillero de cola y fotógrafo de la misión, George Caron, estaba espantado. “Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Es una masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Todo es pura turbulencia. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas. Comienzo a contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... catorce, quince... es imposible. Son demasiados para poder contarlos. Aquí llega la forma de hongo de la que nos habló el capitán Parsons. Viene hacia aquí. Es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se extiende. Puede que tenga mil quinientos o quizá tres mil metros de anchura y unos ochocientos de altura. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a una densa niebla atravesada con un lanzallamas. La ciudad debe estar abajo de todo eso. Las llamas y el humo se están hinchando y se arremolinan alrededor de las estribaciones. Las colinas están desapareciendo bajo el humo”, relató después en un dramático tiempo presente.

El radio de total destrucción fue de 1,6 kilómetros, provocando incendios en 11,4 kilómetros cuadrados. Las autoridades japonesas calcularon que el 69 % de los edificios de Hiroshima fueron destruidos y otro 10% resultó dañado. Alrededor de treinta minutos después comenzó un efecto extraño: empezó a caer una lluvia de color negro al noroeste de la ciudad. Esta “lluvia negra” estaba llena de suciedad, polvo, hollín, así como partículas altamente radiactivas, lo que ocasionó contaminación aun en zonas muy alejadas. En la ciudad, había cadáveres por doquier. Los primeros reportes difundidos por Radio Tokio decían: “Prácticamente todas las cosas vivas, humanos y animales, se quemaron hasta la muerte”.

Foto del 6 de agosto de 1945: el "Enola Gay" Boeing B-29 Superfortress aterriza en Tinian, en las islas Marianas del Norte, tras bombardear con la bomba atómica la ciudad de Hiroshima (AP Foto/Max Desfor, File)
Foto del 6 de agosto de 1945: el "Enola Gay" Boeing B-29 Superfortress aterriza en Tinian, en las islas Marianas del Norte, tras bombardear con la bomba atómica la ciudad de Hiroshima (AP Foto/Max Desfor, File)

Tibbets y la misión cumplida

Luego de su declaración sobre haberse sentido un héroe de ciencia ficción, el coronel Paul Tibbets guardó silencio durante años. Cuando finalmente volvió a hablar, lo hizo con una impactante frialdad que contrasta con los relatos de sus subordinados. “La bomba demoró 54 segundos en caer y fueron los segundos más largos de la historia. Entonces vi el resplandor y cuando la luz llegó al avión sentí un gusto a amalgama en la boca. Años después un físico me explicó que la energía atómica liberada había actuado sobre la mezcla de plomo y plata con que el dentista había arreglado una de mis muelas. Desde entonces tengo la extraña sensación de que la bomba atómica tiene gusto a amalgama. Diez segundos después del estallido nos alcanzó la primera onda expansiva. En seguida nos golpeó la segunda y el avión se estremeció como si lo hubiese alcanzado el fuego antiaéreo. Yo seguí girando hacia la izquierda hasta completar un círculo sobre Hiroshima. El hongo atómico seguía creciendo y a los dos minutos llegaba hasta los 30.000 metros de altura. Cuando finalmente enderecé el avión y miré por primera vez hacia abajo me di cuenta de que sólo quedaban algunos edificios en ruina en los barrios alejados: la ciudad entera había desaparecido” relató.

Le preguntaron entonces cuáles habían sido sus sentimientos. “Yo había escuchado varias descripciones posibles sobre cómo sería la explosión, pero aquello era absolutamente increíble y desolador. Ahora que han pasado los años sigo pensando que aquella fue una decisión correcta y en iguales circunstancias volvería a arrojar la bomba”, respondió.

Dos días después de lanzar la bomba sobre Hiroshima, Tibbets se ofreció como voluntario para la pilotear el avión que bombardeó Nagasaki, pero sus superiores no lo dejaron ir, lo consideraban un héroe de guerra, demasiado valioso como para arriesgarlo en una nueva misión.

Nunca mostró remordimientos por haber lanzado la bomba más letal de la historia y su única frustración fue que el Enola Gay no fuera exhibido, como el deseaba, en Museo Nacional del Espacio de Washington, donde se pueden ver, entre otros, el Spirit of Saint Louis, de Lindbergh, el módulo lunar Eagle, de Neil Armstrong, y medio centenar de aviones de combate de las dos guerras mundiales. La excusa que dieron las autoridades del museo fue que era demasiado grande para ser exhibido allí. Terminó guardado en un hangar anónimo de la Fuerza Aérea en Maryland, sin acceso para el público.

Poco antes de morir, Paul Tibbets pidió que no hubiera funeral ni lápida, porque temía que eso podría darles a sus detractores la oportunidad de tener un lugar para organizar protestas. Una sola vez explicó por qué había decidido pintar el nombre de su madre en el avión que arrojó la bomba atómica sobre Hiroshima. “Enola Gay son dos palabras fáciles de recordar para el público”, dijo.

Sadako Sasaki
Sadako Sasaki (Fundación Sadako Sasaki)

Sadako Sasaki y las mil grullas

Si la extraordinaria crónica de John Hersey en The New Yorker mostró por primera vez y de manera devastadora la dimensión humana de la bomba de Hiroshima, con el correr de los años la historia de la niña Sadako Sasaki se convirtió en un símbolo por la paz y por el no uso de la energía nuclear con fines bélicos.

Sadako era una niña de poco más de dos años y todavía caminaba con pasos torpes cuando Truman dio la orden de lanzar las bombas atómicas sobre Japón. Vivía en Hiroshima con su familia y era una más entre las 255.000 personas que habitaban la ciudad el 6 de agosto de 1945 cuando la muerte cayó desde el cielo. Era pequeña y liviana, tan liviana que cuando la bomba estalló la onda expansiva la hizo volar a través de una ventana y cayó en el patio de su casa, o de lo que quedaba de ella. Apenas pudo, su madre fue hacia donde Sadako había caído, creyéndola muerta. Pero la niña estaba viva e, inexplicablemente, ilesa. La levantó en sus brazos y corrió, como si hubiera un lugar adonde huir para salvarse del espanto. Una lluvia negra comenzó a caer sobre ellas. Era pegajosa la lluvia, tan pegajosa que se adhería a sus cuerpos.

Sadako Sasaki y su madre no murieron cuando cayó la bomba, ni después por las heridas. De Hiroshima no quedaba casi nada, pero la madre creyó que, pasado el espanto, la niña estaba definitivamente a salvo. No sabía —en ese momento nadie lo sabía— que esa lluvia negra, pegajosa, que había envuelto sus cuerpos había dictado una silenciosa condena a muerte para Sadako. Una muerte con plazo fijado.

Durante los nueve años que siguieron, Sadako creció, fue a la escuela, jugó con sus amigos y llegó a destacarse en los deportes. La pesadilla parecía haber quedado atrás hasta que, en noviembre de 1954, cuando tenía once años, se le empezó a hinchar el cuello y después también le apareció una hinchazón detrás de las orejas. En enero de 1955, los médicos le diagnosticaron una leucemia maligna aguda de las glándulas linfáticas y dijeron que le quedaba, como mucho, un año de vida. Su madre hablaba del mal que aquejaba a su hija de la manera más sencilla y dolorosa: “Tiene la enfermedad de la bomba atómica”.

En el hospital, al lado de la cama de Sadako, también padecía otra víctima de la lluvia negra. Era una niña un poco más grande llamada Chizuko y también tenía leucemia. Fue ella quien le contó la leyenda Senbazuru. En la cultura japonesa, la grulla es símbolo de buena fortuna, longevidad, lealtad, protección, armonía y felicidad, y según la leyenda, quien confeccione mil y las ate con un hilo verá cumplido su mayor deseo. Las mil grullas de papel deben armarse a través de la técnica del origami, un tipo de papiroflexia que consiste en elaborar figuras (o esculturas) de papel sin cortar o pegar el material, simplemente doblándolo en pliegues. Cuando se terminan de hacer las mil grullas, se las ata con un hilo y se las deja en un templo o al aire libre. Es una manera de entregar la energía del deseo al Universo, confiando en que será concedido a medida que las grullas se desintegran en contacto con la naturaleza.

Sadako quería sobrevivir y volcó la poca energía que le quedaba en confeccionar febrilmente las grullas. Sus manos se volvieron expertas en hacer los pliegues. Las hacía con cuanto papel tenía al alcance, hasta prospectos de medicamentos. Según su padre, Shigeo Sasaki, la niña también le deseaba la paz al mundo. Hay quienes dicen que entre agosto y el 25 de octubre de 1955, cuando murió sin que se cumpliera su deseo, Sadako alcanzó a hacer 644 grullas y que, después, sus compañeros de colegio hicieron las restantes hasta completar las mil.

La historia de Sadako Sasaki se hizo conocida por el libro Luz en las ruinas, del periodista austríaco Robert Jungk, sobreviviente del Holocausto. Gracias a este relato, la niña y sus mil grullas de papel se convirtieron en un símbolo de paz. Desde 1958, en el Parque de la Paz de Hiroshima se levanta una estatua que la recuerda. En la base se puede leer: “Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria: paz en el mundo”.

John Hersey quedó marcado para siempre por su experiencia en Hiroshima y las historias de los sobrevivientes. En 1985, en el 40 aniversario de la bomba, regresó a Japón y escribió Las Secuelas, la historia de lo que había sucedido con ellos en el transcurso de esos años. Dos ya habían muerto por enfermedades relacionadas con la radiación.

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