
La Guerra Civil acababa de terminar, pero la sangre seguía corriendo caudalosa por España. Madrid había caído en manos de “los nacionales” el 1 de abril de 1939 y desde hacía cuatro meses Francisco Franco era el dueño del poder —y también de la vida y de la muerte— en todo el país. Para el Generalísimo, como ya se hacía llamar, matar era una manera más de disciplinar a la población con mano de hierro. Por eso, el final de la guerra no había terminado con las muertes. Se juzgaba de manera sumaria y se asesinaba rápida y públicamente. Por eso, la noche del 4 de agosto de 1939, trece jóvenes mujeres sabían que iban a morir la mañana siguiente, fusiladas. Eran modistas, pianistas, ayudantas de sastre, secretarias y amas de casa. Casi todas eran menores de edad y la mayor tenía solo 29 años.
Sus muertes fueron parte de las masacres perpetradas por el franquismo después de la victoria. “Las cifras de ejecutados por esos días impactan. Los peores meses (de 1939) fueron junio, con 227 fusilados; julio, con 193; septiembre, con 106; octubre, con 123, y noviembre, con 201. Por días, los más sangrientos fueron el 14 de junio: 80 fusilados; 24 de junio, 102; 24 de julio, 48; el 5 de agosto, 56. Ese día, fueron fusiladas las ‘Trece Rosas’”, recuenta el historiador Pedro Montoliú en su libro Madrid en la posguerra, 1939-1946. Los años de la represión.
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Como sabían que iban a morir, las mujeres escribían cartas de despedida encerradas en sus celdas de la Cárcel de Mujeres de las Ventas de Madrid. “Voy a morir con la cabeza alta. Sólo te pido que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor. Enrique, que te hagan hacer la comunión, pero bien preparado, tan bien cimentada la religión como me la cimentaron a mí. Hijo, hijo, hasta la eternidad”, le escribía Blanca Brisac a su hijo pequeño. En cada línea se podía leer que no era eso de que se la acusaba: comunista.
“Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar… Que no me lloréis. Que mi nombre no se borre de la historia”, dejó escrito a su madre Julia Conesa, modista, de 19 años, una joven de pelo enrulado y mirada vivaz.
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Habían sido condenadas apenas 24 horas antes por un tribunal militar. La duración del juicio no pasó de minutos y la sentencia era definitiva: “Reunido el Consejo de Guerra Permanente número 9 para ver y fallar la causa número 30.426 que por el procedimiento sumarísimo de urgencia se ha seguido contra los procesados, responsables de un delito de adhesión a la rebelión. Fallamos que debemos condenar y condenamos a cada uno de los acusados a la pena de muerte”, dictaminaba el fallo, con mucha menos poesía que las cartas.
Las trece mujeres se llamaban Ana López Gallego, Victoria Muñoz García, Martina Barroso García, Virtudes González García, Luisa Rodríguez de la Fuente, Elena Gil Olaya, Dionisia Manzanero Sala, Joaquina López Laffite, Carmen Barrero Aguado, Pilar Bueno Ibáñez, Blanca Brisac Vázquez, Julia Conesa y Adelina García Casillas. Más tarde sus nombres quedarían en la historia fusionados como en un abrazo en un solo nombre: las Trece Rosas.
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Habría una más, porque a ellas se les sumó después Antonia Torre Yela, a quien se conocería como la Rosa número 14: fue condenada el mismo día que el resto, pero no la fusilaron hasta el 19 de febrero de 1940 a causa de un error de registro. Ni ella ni las otras trece tuvieron la posibilidad de ejercer el más mínimo derecho a defensa y tampoco les dieron la oportunidad de pedir un último deseo. Lo único que les permitieron fue escribir una última carta a sus familias. Las cartas del adiós.

Una acusación banal
Ninguna de las trece había combatido para el bando republicano, ni participado de un atentado, Ninguna había matado a nadie. Fueron detenidas por repartir por las calles de Madrid unos volantes que proclamaban “Menos Franco y más pan blanco”, aunque a ninguna de ellas se le pudo probar tampoco esa acusación, porque no las capturaron en la calle, mientras supuestamente lo hacían, sino que se las llevaron de sus casas.
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Fusilar mujeres, supuestas milicianas, buscaba también dar otro mensaje ejemplificador. “La miliciana era para los vencedores la antítesis de la mujer, cuya misión en la vida era ser madre y reposo del guerrero”, señala Carlos Fonseca, autor de Trece rosas rojas. En realidad, las enjuiciadas y condenadas habían sido elegidas al azar —con la condición de que fueran jóvenes— entre las más de cuatro mil mujeres que estaban hacinadas en la Cárcel de las Ventas, que tenía una capacidad real para solo quinientas detenidas.
El ex secretario general del Partido Comunista Español, Santiago Carrillo, hizo años después una lectura de lo que el franquismo buscó con el asesinato de las Trece Rosas: “El régimen de Franco hizo todo lo posible por destruir el espíritu de libertad de las mujeres que se había creado con la República”, señaló.
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Para matarlas, les inventaron los cargos. Las Trece Rosas y otras 43 personas más fueron acusadas de ser autoras ideológicas o participantes de un atentado que tuvo lugar el 29 de julio de 1939 contra el comandante de la Guardia Civil Isaac Gabaldón, en el que murieron también su hija y el chofer. La parodia judicial fue tan burda que ni siquiera la familia del comandante aceptó la versión oficial y solicitó la revisión de la causa, que se abrió hasta en dos ocasiones y fue cerrada definitivamente en 1949 sin que se aportaran pruebas de quiénes habían sido los autores ideológicos del atentado.

Balazos al amanecer
Las trece jóvenes condenadas fueron sacadas de sus celdas la madrugada del 5 de agosto y llevadas a pie por los guardias hasta el cementerio del Este (hoy Almudena) de Madrid, donde también 43 hombres sentenciados por el mismo delito esperaban la ejecución. Los alinearon a todos contra las paredes del cementerio y los fusilaron.
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Las otras mujeres detenidas en Las Ventas fueron testigos de cómo se las llevaron. “Yo estaba asomada a la ventana de la celda y las vi salir. Pasaban repartidores de leche con sus carros y la Guardia Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos y tres guardias escoltaban a cada pareja, parecían tranquilas”, recordaría muchos años después María del Pilar Parra, una miliciana presa.
La prisión quedó envuelta en un silencio de muerte mientras se llevaban a las condenadas. “Algunas permanecimos arrodilladas desde que se las llevaron, durante un tiempo que me parecieron horas, sin que nadie dijera nada. Hasta que María Teresa Igual, la funcionaria que las acompañó, se presentó para decirnos que habían muerto muy serenas y que una de ellas, Anita, no había fallecido con la primera descarga y gritó a sus verdugos: ‘¿Es que a mí no me matan?’”, contó Mari Carmen Cuesta, otra de las detenidas.
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Carmen Machado, otra compañera de reclusión, lo recordó así: “Si fue terrible perderlas, verlas salir, tener que soportarlo con aquella impotencia, más lo fue ver la sangre fría de Teresa Igual (refiriéndose a la guardiacárcel) relatando cómo habían caído. Entre las cosas que nos dijo, fue que las chicas iban muy ilusionadas porque pensaban que iban a verse con los hombres (con sus novios y maridos, también condenados) antes de ser ejecutadas, pero se encontraron que ya habían sido fusilados”.
La ejecución de las trece jóvenes tuvo un enorme impacto internacional y provocó una verdadera lluvia de condenas contra el régimen franquista y su brutalidad. Una hija de madame Curie promovió una campaña de protesta en París que tuvo una gran repercusión en Francia. Sin embargo, la dictadura recién instalada en España no detuvo su espiral represiva, sino que la acrecentó.
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Símbolos antifranquistas
La historia de las Trece Rosas fue objeto de investigaciones periodísticas e históricas, novelas, películas y obras teatrales y musicales. Entre los libros, los más conocidos son la novela Las Trece Rosas, de Jesús Ferrero y la investigación Trece Rosas Rojas, del periodista español Carlos Fonseca.
Los directores Verónica Vigil y José María Almela estrenaron en 2004 el documental Que mi nombre no se borre de la historia, cuyo título rescata una de las frases de Julia Conesa en la carta de despedida que le escribió a su madre. La película recoge testimonios de Maruja Borrell, Nuria Torres, Mari Carmen Cuesta, Concha Carretero, Ángeles García-Madrid y otras mujeres que compartieron la prisión con las trece fusiladas. “Es el primer documental sobre los hechos y entendimos que era urgente hacerlo porque son pocos los testigos vivos. Si no se recogen ahora sus voces, permanecerán para siempre en el olvido”, dijeron los directores en el momento del estreno. El caso también dio lugar a una película de ficción basada en los hechos, Las 13 Rosas, del director Julio Martínez, estrenada en 2007. El espectáculo de danza también llamado Las 13 Rosas, de la compañía española Arrieritos, ganó dos Premios Max de las Artes Escénicas.
Desde 2009, en el Cementerio de Almudena, sobre la pared donde fueron fusiladas, hay una placa que recuerda el martirio y la valentía con que enfrentaron la muerte esas trece mujeres. Que hayan quedado grabadas en la memoria del pueblo español como “las Trece Rosas” se debe a un poema escrito en 1940 por otra presa de la dictadura franquista, Rafaela Fernández, “Rafita”. Algunos de sus versos dicen: “Trece estrellas han muerto, / trece vestales / del templo de la libertad / ¡vírgenes! / Que en blanco cortejo sin lanzar un grito / en brazos de la muerte van hacia el infinito / ¡Ay! Agua verde, verde... / que corres silenciosa entre líquenes / y fecundas los campos y el huerto / con esencias eternales / ¡verdor de primavera! / ¡de pureza / de gracia y belleza! / ¡Trece rosas han tronchado de la eterna rosaleda!”.
Más allá de los homenajes y de la memoria, las Trece Rosas han quedado en la historia porque, a diferencia de las cartas de otros presos asesinados por el franquismo, tomaron estado público durante la dictadura, tuvieron repercusión internacional y se convirtieron en material de denuncia de los horrores de la dictadura instalada en España y de una resistencia que nunca fue del todo aplastada por la represión. “A diferencia de otras cartas similares, que fueron escondidas por las familias de las condenadas a muerte para evitar represalias, que se acabaron perdiendo en huidas precipitadas y lugares a los que no se pudo volver o que nunca llegaron a manos de sus destinatarios por motivos muy diversos, las que escribieron las Trece Rosas enseguida adquirieron una dimensión pública y se concibieron durante la dictadura como objetos de culto y como símbolos de la lucha antifranquista, pasando ya en democracia a ser utilizadas como pruebas para denunciar los crímenes de los vencedores y convirtiéndose en objetos de memoria colectiva y ejemplo de reparación de las víctimas”, resume Verónica Sierra Blas, historiadora y autora de Cartas presas. La correspondencia carcelaria en la Guerra Civil y el Franquismo.
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