Qué quedó de la Buenos Aires de 1810

Si los integrantes de la Primera Junta de Gobierno volvieran a la vida y quisieran visitar los lugares que les eran familiares en la ciudad, ¿podrían reconocer alguno?

El Cabildo

El centro neurálgico del inicio del rompimiento de esta colonia con la monarquía española fue el Cabildo. Sede de la administración colonial, en su predio funcionó hasta 1875 la única cárcel con la que contó la Ciudad de Buenos Aires. Hoy se yergue en el mismo lugar en que comenzó a construirse en 1580. Pero, ¿es el cabildo original?

En 1608, era un edificio precario hecho de adobe y techo de paja. Medio siglo después, se le adosó un balcón, torres y tejas. Años más tarde, se lo debió demoler por su estado lamentable y se construyó uno nuevo, con un primer piso incluido. En 1773, se le colocó una torre, con reloj y campana que Santiago de Liniers, siendo virrey, hizo quitar para evitar disturbios. Ya en 1880 Pedro Benoit, hijo del homónimo que insistía en ser Luis XVII, el Delfín de Francia, amplió la altura de la torre y, en 1894, para dar paso a la Avenida de Mayo, se demolieron tres de sus arcos y la torre.

Hubo que esperar a 1931 para tirar abajo los otros tres arcos para el trazado de la Avenida Julio A. Roca. Y cuando era candidato firme a la picota, se lo declaró Monumento Histórico Nacional. En 1940, el arquitecto Mario Buschiazzo buscó devolverle su impronta original, especialmente lo relacionado con la sala capitular, los balcones y la torre.

El Fuerte

Su primera versión es de 1594. Se lo bautizó como Real Fortaleza de San Juan Baltasar de Austria. Cuando, en 1720, se lo reformó, tomó el nombre de Castillo de San Miguel. A lo largo de los años fue sede de gobernadores, luego de virreyes y de los sucesivos gobiernos patrios. Años más tarde, cuando se demolió su ala sur, el presidente Domingo Sarmiento dispuso la construcción del edificio del Correo. Fue Julio A. Roca quien resolvió la demolición del fuerte y la construcción de un edificio que guardase el estilo que tenía el del Correo. La unión de estas dos construcciones es la Casa Rosada que hoy conocemos.

La Pirámide

¿Qué mejor para festejar el primer año de la Revolución de Mayo que haciendo un monumento? Así nació la Pirámide de Mayo, que, en 1811, cuando se inauguró, era conocida como "Columna del 25 de Mayo". Originalmente no estaba situada donde hoy la vemos, sino 60 metros en dirección al Cabildo. Construida en ladrillo por Francisco Cañete, sufrió diversas modificaciones.

Cuando Prilidiano Pueyrredón la restauró, en 1856, debido a su mal estado, la hizo más alta y sumó la estatua de la Libertad (que estaba en el primitivo Teatro Colón); y en cada uno de sus costados colocaron las figuras de la Industria, el Comercio, las Ciencias y las Artes, las que, en 1878, fueron reemplazadas por otras de mármol que representaban a la Geografía, la Astronomía, la Navegación y la Industria. Estas fueron quitadas cuando, en 1912, se trasladó el monumento a su emplazamiento actual. Por años estuvieron en la vereda de Alsina y Defensa, y meses atrás volvieron a ser colocadas en el monumento.

La Plaza de Mayo

No es la misma que la de 1810. En aquellos años, carecía de un diseño, ya que por ella transitaban diariamente carretas, animales, al ser el centro comercial de la ciudad. A la altura del trazado de las calles Defensa/Reconquista, estaba dividida en dos por una recova, construida en 1803, que albergaba comercios y vendedores de carnes, pescados, verduras, frutas y todo lo que uno pueda imaginarse. Era una construcción de 11 arcos de cada lado, con uno más grande en el medio llamado Arco de los Virreyes. Entonces, las dos plazas tenían sus propios nombres: la que estaba de la recova hacia el fuerte (hoy Casa Rosada) se llamaba Plaza de Armas o del Mercado; y la situada hacia el Cabildo era la Plaza Mayor. Luego de las invasiones inglesas, comenzó a llamársela De la Victoria. La recova fue demolida en mayo de 1884 para darle lugar al progreso.

Iglesias regimientos

Sí, está la iglesia de San Ignacio, la más antigua de la ciudad. Al lado, el Colegio de San Carlos, fundado en los tiempos del virrey Vértiz, actualmente Colegio Nacional de Buenos Aires. Asimismo, no modificó su aspecto la iglesia del Pilar, en Recoleta, construida en 1716. Y entre otros templos existentes en 1810 merece mencionarse el Convento de Santa Catalina de Siena, construido en 1745, en San Martín y Viamonte.

La principal fuerza militar en 1810 la constituía la Legión de Patricios Voluntarios de Buenos Aires, que había tenido su origen en septiembre de 1806, y luego transformado en regimiento. Su cuartel estaba en las Temporalidades, la manzana comprendida entre las calles Bolívar, Alsina, Moreno y Perú. Hasta 1767, este predio era propiedad de los jesuitas, donde almacenaban los bienes de las distintas misiones que administraban. Cuando Carlos III los expulsó, con el tiempo el lugar fue sede de este regimiento y de otros. En esa misma manzana, tuvieron su asiento otras unidades militares, como la de Pardos y Morenos. Otras unidades tenían sus cuarteles en diversos puntos de la ciudad, como los Dragones, frente al convento de Santa Catalina de Siena, o los Catalanes, que ocupaba la sede del Seminario, aledaño al Cabildo.

Manzana de las Luces

También sobreviven construcciones de la Manzana de las Luces, las que se ven y las que no están a la vista. Tenía su sede la Procuraduría de las Misiones Jesuíticas y algunos de los hombres de Mayo no pudieron ver cuando en ese lugar comenzó a funcionar la Universidad de Buenos Aires, en 1821. Bajo tierra, la manzana atesora misterios. A cinco metros de profundidad, permanece lo que se considera una parte de un entramado de túneles construidos entre los siglos XVII y XVIII, vaya uno a saber si para defensa de la ciudad o para el contrabando.

Dime dónde vives

¿Y si los próceres decidiesen volver a sus hogares? Menuda sorpresa se llevarían. Porque solo sobreviven unas pocas. Como la que habitó el virrey Santiago de Liniers, en Venezuela al 469, donde el general William Beresford firmó la rendición. La famosa Casa Amarilla, que el almirante Guillermo Brown hizo construir en 1813, fue demolida luego de su muerte. Lo que vemos actualmente es una réplica que no respeta su ubicación original. Donde nació y murió Manuel Belgrano, en el 430 de la avenida homónima, hay un edificio de departamentos. Y la historia de repite con Mariano Moreno (Mitre y Florida), Juan José Passo (Defensa, entre Alsina y Moreno), Cornelio Saavedra (Reconquista y Lavalle), Miguel Azcuénaga (Rivadavia y Reconquista), Juan José Castelli (Rivadavia y Florida), Domingo Matheu (Florida y Mitre), Juan Larrea (Belgrano al 300), Baltasar Hidalgo de Cisneros (Bolívar al 500) o Mariquita Sánchez de Thompson (Florida al 200). Sobreviven el frente original de la casa del poeta y militar Esteban de Luca, en Carlos Calvo 383 y, en Balcarce al 1000, la Capitanía del Puerto, que por años fue habitada por el artista Castagnino.

De la misma manera, si quisieran visitar la plaza de toros, se encontrarían con la Plaza San Martín y verían que hay más de una calle que tiene acceso a ella, y no como en aquellos tiempos, donde el camino obligado era la actual calle Florida, empedrada, con puente sobre un riacho que cruzaba la actual calle Viamonte. Y a la hora del paseo La Alameda, a la vera del río, era uno de los puntos obligados. Hoy es la avenida Leandro N. Alem y el río quedó más alejado.

Dónde comer

De la misma manera, si nuestros próceres quisieran reunirse a tomar un café o comer algo, nada encontrarían del Café de los Catalanes, que era el más antiguo de la ciudad, de 1799. Fundado por Miguel Delfino, su especialidad era el café con leche servido en grandes tazones, acompañado por tostadas untadas con manteca y con una gruesa capa de azúcar. Y si Mariano Moreno quisiera juntarse con sus partidarios, solo debía correrse hasta la esquina de Alsina y Bolívar, al Café de Marco que, gracias a su amplio sótano, ofrecía bebidas frescas.

Pero era el francés Raymond Aignasse quien cocinaba los mejores platos, en su local frente al convento de la Merced. Fue el que inauguró el delivery, llevando la comida a domicilio, que incluía la vajilla. Mientras Beresford estuvo a cargo de la ciudad, él le preparaba sus comidas. Hasta las familias enviaban a sus esclavos para que les enseñase a cocinar. Y si uno deseaba comer algo rápido, qué mejor que la Fonda de los Tres Reyes, en la esquina del Fuerte, en Rivadavia y 25 de Mayo, atendida por Juan Bonfiglio y su hija, a cargo de las mesas. El menú no era tan variado: panceta y huevos o carne que solía servirla pasada de cocción.

Para finalizar esta apretada enumeración, cabe mencionar el teatro que en 1804 abría sus puertas, el Coliseo Provisional de Comedias, en la actual intersección de Reconquista y Perón. El que nunca se habrá olvidado de ese teatro seguramente fue el virrey Sobremonte, porque le comunicaron que tropas inglesas estaban invadiendo la ciudad cuando asistía a una función.

Esta sintética pintura de la Buenos Aires que ya no está es una excusa válida para rescatar del olvido aquellos lugares y hechos en los que el pueblo reclamó, aquel 25 de mayo de 1810, "qué se trata".

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