Ana Prada: “En el amor soy combativa”

La cantora uruguaya, que sacó los discos “Soy sola”, “Soy pecadora” y “Soy otra”, participó en Experiencia Leamos y habló de su trayectoria, del homenaje que le hicieron cuatro jóvenes músicas en “MundosMusic se viste de Prada” y anticipó su nuevo trabajo.

A través de la pantalla, lo primero que llega es su risa y una disculpa: está cerca del mar, dice, es probable que el ruido de las olas se filtre en la conversación. Ana Prada, la cantora uruguaya, está en el balneario de La Paloma, y con esa risa y la promesa del mar, ya nos ganó a todos.

El encuentro por zoom se da en el marco del ciclo Experiencia Leamos, una serie de charlas con escritores, músicos, artistas y personalidades relevantes de la cultura, que la plataforma Leamos.com organiza como beneficio exclusivo para sus suscriptores. Estas charlas son íntimas, menos vertiginosas, los invitados pueden dar respuestas largas y a la vez plantearse sus propios interrogantes. Es muy lindo sentir cómo uno atestigua el pensamiento y el sentimiento del otro. Y si ese otro es Ana Prada, que hace circular y recircular emociones e ideas en sus canciones, además de lindo es, por momentos, conmovedor.

El 2020 la tuvo, como a todos, a la expectativa. Las giras se suspendieron en marzo —debía viajar a España justo cuando cerraron las fronteras— y sólo pudo dar dos conciertos cuando los protocolos habilitaron shows con público reducido y distancia social. Pero eso no impidió que participara en diferentes proyectos ni que recibiera el homenaje de cuatro jóvenes compositoras que versionaron las canciones más icónicas de sus primeros dos álbumes, Soy sola y Soy pecadora. En MundosMusic se viste de Prada participan Marina Wil (que canta “Tierra adentro” y “Tentempié”), Timna (“Tu vestido” y “Adiós”), Angie Cadenas (“Amargo de caña” y “Soy pecadora”) y Adriana Ospina (“La maleta” y “Brillantina de agua”).

Con el disco homenaje, la charla, entonces, se impone como una suerte de retrospectiva: mirar ese camino con el trillo aclarado —parafraseando una de sus canciones— que, anticipa, continuará este año con un nuevo disco.

La entrevista completa puede verse en el sitio de Experiencia Leamos. Publicamos aquí unos fragmentos.

Estás en La Paloma, el lugar donde todo comenzó.

—Vengo a esta casa desde la panza de mi madre. Y sí, gran parte del mito familiar comenzó acá, en esta casa que está arriba del agua. Yo vivía en Paysandú y veníamos los veranos para acá, y a mí se me abría un universo. Me encontraba con un montón de gente, de amigas y amigos de todos lados, muchos de Argentina, de Montevideo, de otros lados. Y en la adolescencia teníamos un intercambio de materiales discográficos y de lecturas, que me fue nutriendo. Estamos hablando de que no existía internet; no existía la facilidad que hay ahora, que estás a un clic de todo. El primer beso lo di acá, el primer baile lo tuve acá y un montón de las primeras cosas sucedían en verano.

También acá armaron el grupo La Caldera con Daniel Drexler.

—Se llamaba así por una playa donde hay una caldera de barco hundido. Daniel ya componía y armó una banda, y yo cantaba y hacía coros. Fue empezar a poner las canciones en movimiento y nos ganábamos unos manguitos porque tocábamos en todos los boliches de Rocha. Después, seguimos en Montevideo varios años. Así empezamos. Yo estudiaba psicología, él estudiaba medicina. Después nos ganó la música.

¿Hay proximidad entre el psicólogo y el músico? ¿Son profesiones complementarias, son opuestas?

—Todo es complementario. Cualquier cosa que uno pueda estudiar y leer te forma. Después va en tu lectura de la situación y del mundo cómo lo usás. Si fuera científica, quizá mi metodología para componer sería un poco más estructurada. Creo que todo lo formativo, todo lo que te nutre es bienvenido. También, por supuesto, la Psicología. Y ver lindas películas, leer libros de historia, tener conversaciones con gente que sabe mucho de algún tema. Todo te nutre. Quizá tiene que ver con un tipo de sensibilidad que ponés en una canción o en un cuadro o en una poesía o en bailar o lo que sea.

En tus canciones hay una mirada siempre presente sobre la naturaleza y el paisaje. ¿Es la imagen que pone a funcionar la poesía?

—Tuve la suerte de criarme muy libre en Paysandú, donde se jugaba en la calle y las casas estaban abiertas. También viví en el campo y anduve mucho a caballo; me crie arriba de los matungos. Me dejaban sola y me les trepaba a lo indio. Después, a la hora de componer, que uno nunca sabe qué puertita se puede abrir, encontraba una emoción —algo que mueve a escribir porque estás triste, porque te separaste, porque estás enamorada, una infinidad de emociones—, la ubicaba en un acorde de guitarra y se me generaba un paisaje. Una foto. Pero realmente lo que hago, después de pintar la emoción que quiero contar, es describir la foto que se me aparece adelante.

¿Qué es más difícil para contar y cantar: el amor o el desamor?

—Son las dos caras de la misma moneda, pero, por lo general, en la fase desamor me ha resultado más fácil ponerme a escribir. Quizá porque cuando estás bien con el amor, estás más entretenida, tenés más en qué gastar el tiempo. También cuando te separás y te quedaste con un rencor o pasó algo, al soltar una canción al éter, de alguna manera te imaginás que la va a escuchar. Hago una creación artística para que le llegue al otro o a la otra. Creo que eso es un gran móvil. Quiero decirle algo a alguien que no me está escuchando: ¡pum!

Te lo preguntaba porque tus canciones de amor son también de batalla. No hay una entrega mansa, desde un lugar de batalla.

—Quizá en el amor he sido un poco combativa. No sólo por defender mis sentimientos frente a la sociedad cuando me enamoré de una mujer por primera vez. Era muy chica, una adolescente, y nunca dejé de hacer lo que pude. Aunque tuve que ocultarme, aunque fui muy discriminada, aunque la pasé recontramal en Paysandú y todas esas cuestiones. Tuve que perdonarme a mí misma —estamos hablando de muchos años atrás, por suerte el mundo cambió—, entender lo que me pasaba, y después tratar de que mis padres me quisieran. Es muy difícil. No es fácil ni es gratis. Por algo estudié psicología. Creo que las nuevas generaciones no van a tener esa mochila, tendrán otras pero alguna les podemos sacar. Volviendo a lo que estábamos, creo que soy un poco orgullosa. Si me dejás, puedo estar revolcándome por el piso, pero no te voy a decir “Volvé, te amo”. Y también me ha pasado que no me han dejado muchas veces. Siempre he sido la que da el paso en una situación que ya está mal. Entonces quedo como la que dejo, pero a mí también me requetecontra cuesta. Sufro. Pero soy orgullosa en el amor. Aunque me arrastre como un perro.

¿Quién fue Rubén Rada para vos?

—Es un crack [dice cráa, con la rigurosidad del acento uruguayo]. Fue una especie padrino alucinante de un cuarteto al que me llamaron para cantar unas chicas que habían sido coristas de él. Y fue como una especie de padrino alucinante. El Negro se canta todo y le encantan los arreglos vocales y caía en los ensayos con una bandeja de masitas y sanguchitos y te armaba un arreglo en cinco minutos. Además, porque trabajábamos en su productora, fue como jugar en las ligas mayores. Fue una gran escuela. Y es de esos tipos que cuando arranca con los chistes te hace doler la cara y la barriga.

Cuando uno piensa en tu discografía, el primer disco se llama Soy sola, y cada vez que uno habla de vos aparece los Drexler, Rubén Rada, Teresa Parodi.

—Nunca fui menos sola que en Soy Sola. Sobre todo, por Carlos Casacuberta, que fue el productor artístico y quien me incentivó a seguir componiendo. Yo tenía tres cancioncitas: “Tierra adentro”, “Amargo de caña” y “Soy sola” y quería hacer un disco, pero le había pedido canciones a Martín Buscaglia, a Samantha Navarro, a Daniel [Drexler], a [Fernando] Cabrera. Y Casacuberta me dijo que eran canciones divinas, pero que, si había hecho tres canciones, quería tirar de eso hilo. Así que todos los viernes le llevé una canción nueva y en unos meses estuvo el listo disco. Fue un proceso muy importante para mí. Fue alucinante el mecanismo psicológico que operó en mí porque no hacía canciones para mí, sino para cumplirle a Carlos. Y también hubo algo intuitivo; sentí que había que subirse porque ese tren no pasaba más. Yo ya era grande, treinta y pico de años, y tenía esa necesidad. Carlos que se brindó y tuvimos una burbuja de enamoramiento artístico donde fluía todo. Así se dio Soy sola; yo sin ningún tipo de expectativa y, bueno, el resto es un cuento conocido.


Rubén Rada entre los que se suman a Voy x la paz.
Rubén Rada entre los que se suman a Voy x la paz.

Muchos músicos dicen que, cuando aparecieron los Beatles, el mundo se les dio vuelta. Son músicos más grandes, que nacieron en los 50. Pero, ¿quiénes fueron tus Beatles?

—No tengo algo que me haya hecho un crack en la cabeza. Quizá pensando en voz alta, un poco del rock argentino: Fito, Charly, Silvina Garré y la trova rosarina, las canciones que cantaba Baglietto. Toda esa camada que me llegaba desde Argentina a los doce o trece años; tenía mucha más influencia de la música de Argentina que de la de Montevideo. Eso puede haber sido un pequeño quiebre. Escuchaba a The Police; por supuesto que los Beatles también. María Bethania fue una de las voces que me partió la cabeza desde niña. La Negra Sosa. Violeta Parra. Esas cantoras latinoamericanas fueron huellas muy grandes. En mi casa se escuchaba mucha música clásica y música folklórica. Después, en la adolescencia con amigos empecé a meter música más anglosajona, The Cure, esa onda. De niña, escuché a Leo Maslíah y lo cantaba en la escuela y mis compañeritos me miraban como diciendo “Esta piró”. Y en Montevideo fue el descubrimiento de Cabrera, del Príncipe, de Mateo en sus universos sonoros. Puedo ubicar varias rutas, pero no un quiebre. Quizá en mi generación es más difícil ubicar eso.

Hace un rato hablabas de libros y películas que te influyen para componer. Siguiendo con la línea de la pregunta anterior, ¿cuáles son esos libros y esas películas que podés mencionar como fundacionales?

—Hay una película holandesa que vi ocho veces: Memorias de Antonia. Es una película que te muestra claramente el patriarcado y el matriarcado en una historia muy particular. Me pareció maravillosa. También me ayudó mucho con mi vida y mi proceso personal. Luego, libros: el primero que leí fue Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos, cuando tenía nueve, diez años. No lo podía terminar porque lloraba. Estaba acá en La Paloma, lo cerraba, daba vueltas a la casa un par de veces y después volvía, y me sentaba en el sillón y seguía leyendo. Hay grandes libros que me han marcado. Algunos de Saramago: El evangelio según Jesucristo, por ejemplo. Antes de Soy Pecadora leí mucha literatura que tenía que ver con el tema. La puerta de la misericordia, de Tomás de Mattos, un gran autor uruguayo. Ahora en la pandemia, un libro que me dio muchas ganas de componer es Memorias de Adriano.

De Marguerite Yourcenar, traducido por Cortázar.

—¡Que además lo tradujo Cortázar, claro! Es espectacular. Me parece uno de los mejores libros que se hayan escrito. Me partió la cabeza y después me costó muchísimo encontrar otro, porque todos me parecían playitos. Amé leerlo y lo terminé y lo empecé casi de nuevo. Un libro denso, interesante, muy bello. Está situado en un momento en la historia de la humanidad, donde los dioses romanos y griegos ya no andaban más y la religión católica todavía no se había impuesto en el mundo. Es el único momento en la historia de la humanidad donde reinó lo humano, el ser humano por sí mismo. Es buenísimo cómo cuestiona el tema del placer, del goce, de la belleza, de la estética, de las artes, de la justicia social. Es de un modernismo que no se puede más.

Alguna vez dijiste que tu primera canción fue “Amargo de caña” y ahora, esa canción la canta Angie Cadenas en el digo MundosMusic se viste de Prada. ¿Cómo es la experiencia de escuchar tus canciones en un disco que se presenta, además, como un homenaje a tu música?

—Es maravilloso porque son artistas muy jóvenes re talentosas y muy distintas a mí en su estilo. Todas hicieron versiones muy lindas. Además, es un disco grabado también muy en pandemia. No se metieron en un estudio con tremenda banda, cada una las pudo pasar por sí misma, por su emocionalidad, por su sentir y las llevaron a lugarcitos nuevos con un lenguaje moderno y con un timbre y un estilo más fresco. Me encanta todas las versiones. Todas pudieron dar la impronta personal que una versión necesita; porque no son covers, son versiones. Así que estoy súper agradecida y les agradezco porque me han hecho escuchar mis canciones, que si no ni las escucho. Cuando escucho las canciones viejas digo “Acá tendría que haberle cambiado esa palabra”, “Acá tendría que sonar de otra manera”. Es insoportable.

En YouTube, las chicas cantan sus versiones y después te hacen preguntas sobre las canciones. En un punto, lo que sucede es cómo el oyente —cómo nosotros— se apropia de las canciones. ¿Te ha pasado de decir “Yo no quería decir esto, pero lo que vos interpretás es válido”?

—Por supuesto. Y por supuesto que es válido. En los shows yo soy muy de explicar las canciones y después digo para qué. En realidad, es mucho mejor dejarlo abierto y que cada uno le ponga el contenido que quiera, porque hay canciones que son más concretas y hay otras que dejan una metáfora y que cada uno le ponga el contenido que quiera. Y muchas veces al explicarla, le podás la imaginación a la escucha. Pueden ser que algunas crezcan en algún aspecto, pero otras, mejor, no expliques. Que cada uno le ponga su contenido. Con libertad.

¿Cómo surgió el homenaje? Porque, además, la palabra “homenaje”, por conocerte, debe darte cierta incomodidad.

—Ay, sí. Surgió por Gustavo Szulansky, que tiene un sello en Nueva York y en el 2019 nos reunimos en Buenos Aires para hacer cosas este año que pasó y que con la pandemia quedó en veremos. Las cuatro artistas trabajan con él, y se le ocurrió armar una lista de canciones que le mandó a las chiquilinas —”a las nenas”—, y ellas eligieron y versionaron mi trabajo. Él le llama “homenaje” y yo le digo que me da no sé qué, ¡que todavía estoy viva! Pero es un honor y además me dio la oportunidad de hacer mucha prensa, me da la oportunidad de contar en lo que estoy yo también. Y, sobre todo, qué bueno es volver a escuchar mis canciones pero distintas.

¿Cómo fueron los conciertos en pandemia?

—Tuve un par de conciertos con aforo limitado al 30%. Es importante para todos, para los músicos, los técnicos, el equipo, porque, claro, lo que uno ve es al artista, pero atrás hay un montón de gente que está muy sin trabajo y que es recomplejo. Fue un año durísimo, obviamente. Fue un año recontra difícil. Con los conciertos por lo menos se movió un poco la cosa, pero ahí también es terrible porque estás tocando en un teatro con butacas forradas de blanco y con una cinta. No ha sido fácil, no es fácil para nadie. Tengo la esperanza de que funcione la vacuna y de a poco ir volviendo a la normalidad.

Recién decías que estabas planteando un nuevo disco y pasaron algunos años desde el último. ¿Este nuevo disco se da también por quedarte en casa?

—Venía un poco desde antes. Desde Soy otra no compuse un disco conmigo misma, digamos. He hecho muchas canciones, pero no me había concentrado en un disco mío. Y ahora tengo un ramillete de canciones bastante metidas para adentro, unas milonguitas, unas canciones de amor, unas cancioncitas. Ahora termino la mezcla de una cosa que se llama 8 para el 8M, en donde hice versiones mías de ocho canciones que para mí tienen temática de género —desde Rafaella Carrá hasta la Celedonia Battista de Teresa Parodi—, mientras me meto a grabar estas otras canciones para que quede un disco mío con un concepto nuevo, distinto, buscando la pureza de los sonidos, grabando lo más orgánicamente posible.

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