Hugo Salas
Hugo Salas

Hugo Salas (Caleta Olivia, 1976) tiene una sensibilidad muy particular, con una sintonía muy fina para detectar el modo en que se generan las dinámicas de las relaciones interpersonales. Si en Los restos mortales ajustaba cuentas con el pasado y en El derecho de las bestias ironizaba nada menos que sobre el peronismo, en su nueva novela, Hasta encontrar una salida (Cía. Naviera Ilimitada), explora lo transitorio del sexo. Mejor: la nostalgia por ciertos modos de relación que en la actualidad parecerían haber sido opacados por la búsqueda fugaz del placer.

Hasta encontrar una salida es una novela inteligente, desafiante, con diálogos intensos y escenas tragicómicas que incomodan y sacuden a quien las lee. Está protagonizada por tres personajes interdependientes; cada uno de ellos tiene una forma diferente de vincularse desde el sexo: una mujer que tiene un matrimonio abierto, un hombre que fracasó como actor pero triunfó como actor porno, un chico que sale del placard al tiempo que deja la adolescencia.

La gran pregunta de la novela es por qué si el sexo se ha hecho más libre, más abierto, más explícito, todavía no hemos superado el malestar y la melancolía que nacen en las parejas. Por qué el sexo no construye otro tipo de amor.

Hugo Salas visitó el auditorio de Grandes Libros —el encuentro puede verse en la fanpage de la red social— y habló de Hasta encontrar una salida, novela que, además, por estos días integra la delegación argentina en la Feria del Libro de Frankfurt, el evento editorial más importante del mundo.

Hasta encontrar una salida (Compañía Naviera Ilimitada Editores)
Hasta encontrar una salida (Compañía Naviera Ilimitada Editores)

¿Hasta dónde se puede reconocer el tono necesario para contar una escena de sexo o para hilar una narración a través del sexo?

—No me interesaba lo pornográfico, porque es un discurso reiterativo o fácilmente codificable, pero sí el impacto que tuvo en el modo en que todos nos metemos en la cama. Cuando era chico, la pornografía era un discurso restringido o limitado. Hoy está en todas partes, hasta en la publicidad. La pornografía se volvió un consumo habitual. No tengo una mirada moral sobre eso; trato de pensar de qué manera nos cambió. El erotismo romantiza lo sexual, también me parece un discurso totalmente codificado. El problema era cómo hablar del modo en que la gente tiene prácticas sexuales de la manera más directa posible, sin necesidad de eufemismos.

Hay un tono melancólico que circula por toda la novela. Casi como una suerte de derrota de los personajes. Como si ninguno pudiera encontrar, para decir el título del libro, una salida.

—Tiene que ver con el espíritu de época. En los 60 aparece una idea muy fuerte que es la de la revolución sexual: una vez que nos libremos de todos los prejuicios vamos a tener una sexualidad enorme y vamos a estar muy satisfechos y hasta hay quien anticipa el fin de la neurosis. Cuarenta años después, la pornografía está por todas partes, las prácticas sexuales se han relajado bastante —también se han hipercodificado, hay mucho para pensar—, es más común que un matrimonio consienta que cualquiera de las dos partes de la pareja tenga relaciones con otras personas. Hicimos todo esto y, sin embargo, no estamos muy satisfechos. O para ser más brutal: no sé si se tiene más sexo hoy que hace veinte años. Todos tenemos una relación un poco nostálgica con la sexualidad. Cómo se hace el duelo por el hecho de que ahora la sexualidad ni es secreta ni prohibida. De algún modo todos tenemos una relación melancólica con esa parte más transgresiva o riesgosa del sexo.

—Hoy existen redes sociales para tener encuentros sexuales. En la novela, que sucede en un tiempo anterior, se dan a través de una línea telefónica.

—En parte por necesidades del personaje de Jeff pero también para evitarme ciertos dolores de cabeza con la actualidad, la novela transcurre en los 90. Cuando uno mira el modo en que cualquiera se arma un perfil en Grindr, en Tinder o en la aplicación que fuera, ese perfil no difiere mucho del modo en que se promociona una persona que hace trabajo sexual. Se me ocurren distintos problemas —más allá de la liberación del sexo, que no me genera inconvenientes para nada—: pero cómo ocurre el sexo en el momento en que se da a partir del encuentro a través de productos que vienen a satisfacer necesidades de compatibilidad. Es decir: chateo un rato, me parece un idiota, swap, hablo con otro, probamos. Esto, que tiene algo muy positivo en cuanto a la liberalización de las costumbres, también tiene que ver con la pérdida de las emociones, con cierta cosa muy excitante que tenía el levante. Dentro de la comunidad gay había algo de cruzarse en la calle, entenderse con un cruce de miradas y ver qué pasa: esa es una práctica que Grindr prácticamente destrozó.

En una época se decía que el montaje de las películas había roto el acto de la seducción. Los personajes se conocían en un bar y acto seguido estaban en la cama.

—No es que dejaron de enseñar: enseñaron otro modo. Hoy el sexo se hace así. Te conocés en una fiesta, te llevaste bien, y es corte y cama. Hay un taxi medio incómodo porque uno es consciente de estar viviendo una elipsis. No tiene que ver con un momento de seducción salvo que se haya producido un encuentro muy afortunado. Pero entendemos que es un hiato, que esas lógicas deben producirse siguiendo parámetros y patrones, donde incluso a veces necesitamos agregarle —como le pasa a Karina en la primera historia— una afectividad que no está ahí, que no existe, pero que necesitamos inventarla para que sea un poco más interesante porque si no el tema es que se vuelve un poco aeróbico.

Hablamos mucho de sexo. Creo que la novela tiene otro condimento que no está, pero que siempre está, y es el amor.

—El amor es la demanda. Yo, además, escribí la novela en un momento en que estaba muy desesperanzando. Estaba muy gris y la novela probablemente se haya contagiado de eso. Creo que es fácil enamorarse: estamos adoctrinados por la comedia romántica. Todos sabemos cómo enamorarnos, cómo dejarnos afectar por el enamoramiento. Sabemos cómo conducirnos. En lo que estamos muy poco adaptados es cómo sostener el después. Nuestros abuelos y abuelas no pensaban que tenían que ser apasionados el resto de sus vidas. Tenían ciertas expectativas más modestas, más hipócritas, más frías del amor. Nosotros tenemos muchas presiones: tiene que durar, tiene que ser compañerismo, tiene que ser apasionado. Es pedirle mucho a cualquiera. Ahora bien, el tema es cómo inventamos alguna forma de amor que pueda ser algo más que la mera satisfacción. El sexo es una satisfacción extremadamente transitoria. El amor es poder construir otras cosas. Y en nuestra generación, justamente por estos discursos románticos, tiene una sobreinvestidura que hace que nos perdamos otras formas del amor. La novela trata de pensar eso: qué es hacer el amor.

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