
Para cuidar nuestra memoria: ¿alcanza con hacer crucigramas o estudiar?, ¿conviene hacer ejercicio físico?, ¿es cuestión de cantidad o intensidad de actividades? Y una pregunta que no siempre nos hacemos: ¿cuándo es conveniente comenzar?, ¿qué priorizar y de qué manera?
Un estudio reciente publicado en la revista Innovation in Aging aporta una evidencia muy sofisticada al debate. La investigadora Dana Glei y colegas (2024), analizaron los datos de un gran estudio longitudinal de Estados Unidos: el Health and Retirement Study (Estudio sobre Salud y Jubilación) en los que se analizó a decenas de miles de personas que fueron objeto de un seguimiento a los largo de muchos años.
La originalidad del enfoque metodológico fue crucial. No tomaron una foto entre quienes realizaban actividades y su rendimiento cognitivo, ya que se podría confundir la causa con el efecto. Sino que adoptaron un enfoque prospectivo en el que midieron primero las actividades que realizaban las personas de mediana edad (55-65 años) y las mayores (65-85 años) y luego observaron cómo evolucionaba su cognición con el paso del tiempo.
Para este estudio se distinguieron cuatro tipos de actividades: las cognitivas, como leer, escribir, juegos de palabras o uso de computadora; las físicas, como el deporte, juegos; el contacto social con familiares y amigos y, por último, la participación en grupos sociales, recreativos, educativos, religiosos. Así se pudo calcular, no solo la diversidad de actividades realizadas, sino la frecuencia o dedicación que le daban a cada tipo de ocupación.

¿Qué encontraron? Los resultados fueron más complejos de lo que suele sugerir el discurso simplificado del “mantente activo, sin importar lo que hagas, y no importa cuándo”.
En este estudio, la mayor diversidad de actividades se asoció con un declive cognitivo más lento en la mediana edad y con un efecto relevante, comparable, al impacto de abandonar el tabaquismo. Sin embargo, en las personas mayores, lo que mostró una mayor desaceleración del declive cognitivo fue la frecuencia y el tiempo que dedicaban a actividades cognitivas tales como leer, escribir o resolver problemas mentales. Más que “hacer un poco de todo”, en edades avanzadas, importaba más la dedicación que se le da a estas tareas.
En cuanto a lo social, también encontramos un cambio a nivel de las edades. El contacto frecuente con familiares y amigos fue más relevante en la mediana edad, mientras que la participación en grupos organizados tuvo más importancia en las personas de edades avanzadas.
El dato que rompe con ciertos estudios previos, y que requiere mayor verificación, es que la actividad física, por sí sola, no mostró un efecto significativo en la trayectoria del declive cognitivo en estas edades. Esto no significa que no sea saludable, sino que su impacto cognitivo podría ser más fuerte en etapas más tempranas de la vida o a través de mecanismos indirectos como, por ejemplo, previniendo enfermedades cardiovasculares. O bien, más simplemente, mejorando la calidad de vida a nivel general de la persona.

La clave de lo que nos muestra esta atractiva investigación reside en que no todas las actividades tienen el mismo efecto en cada edad, lo que implica cambios tanto a nivel neuropsicológicos como vivenciales, los cuales suelen tener más puntos en común de lo que suponemos.
Diariamente nos llegan numerosas informaciones y consejos acerca de cómo mejorar la memoria, sin tener en cuenta que los resultados dependen de diversas funciones cognitivas, pero también de estilos de vida y de vivencias emocionales. La etapa vital por la que transcurrimos puede indicar el estar activo laboralmente o jubilado, convivir con otros o no, enfrentar desafíos personales y familiares, etc. Lo que promueve formas de vida muy diferenciadas y demandas cognitivas muy diversas.
Por eso, cuando se habla de cuidar la memoria, no debería pensarse únicamente en ejercicios específicos, sino en el conjunto de actividades que forman parte de la vida diaria. Una persona puede hacer crucigramas todos los días y, sin embargo, tener pocas oportunidades de enfrentar situaciones nuevas o de participar en espacios que le exijan adaptarse, aprender o interactuar con otros. Del mismo modo, alguien que mantiene intereses intelectuales, participa en grupos o asume responsabilidades puede estar estimulando su funcionamiento cognitivo aún sin proponérselo explícitamente.

Cuando dejar de trabajar reduce los niveles de exigencia intelectual previos y aumenta los niveles de desuso, esto genera una pérdida de recursos cognitivos. Por ello, en edades más avanzadas, cuando muchas de esas exigencias disminuyen, la cuestión no pasa tanto por hacer muchas cosas distintas sino por sostener con mayor regularidad aquellas que requieren un esfuerzo mental más directo. Poder focalizar en algunas tareas como leer, escribir, estudiar, resolver problemas o participar en actividades parece ser más importante para incrementar el potencial y mejorar el desempeño.
También resulta significativo el cambio observado en el plano social. En la mediana edad, el contacto frecuente con familiares y amigos parece tener un efecto relevante, probablemente porque se combina con otras responsabilidades y contribuye a mantener redes de apoyo y de intercambio. En la vejez, en cambio, adquiere mayor importancia la participación en grupos organizados, lo que sugiere que no alcanza con el vínculo espontáneo, sino que se vuelve necesario contar con espacios estructurados que generen nuevas demandas y oportunidades de interacción.
La longevidad llegó para quedarse, por suerte, y conocer de qué manera utilizar mejor los recursos disponibles, o potenciarlos, resulta muy importante. La investigación comentada aquí aporta un mensaje claro: mantenerse activo importa, pero no sin considerar qué, cuánto y cuándo.
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