Un detective recién retirado después de más de 30 años de servicio se despierta a la mañana para darse cuenta de que se durmió en un sillón después de varias latas de cerveza. En la pileta de la cocina se acumulan los platos sin lavar. En la mesa ratona, un rompecabezas a medio hacer
Difícil no deprimirse junto con él. El tipo vive solo, con la única compañía de una tortuga a la que alimenta todos los días con repollos y lechugas.
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Bill Hodges, interpretado por Brendan Gleeson, acaba de dejar su trabajo de detective de homicidios, con una importante foja de servicios. Pero después de la despedida con honores, viene la realidad: no tiene nada que hacer, está por completo excluido de lo que hasta entonces era su mundo.
Sin transición, pasa de correr detrás de delincuentes y asesinos a vegetar en su casa.
Su antiguo compañero de la comisaría lo llama. Quiere ser empático, ayudarlo en esta transición. Van al restaurante habitual.
“No te ves muy atractivo. ¿Estás haciendo ejercicio?”
La cara de Bill lo dice todo.
“¿Odias estar retirado, no? ¿Estás bien?”
Sí, sí, “estoy bien”, responde, pero su cara dice otra cosa. “Hay que acostumbrarse”, contesta resignado.

De repente, el colega recibe un llamado: localizaron a un prófugo y tienen que ir a capturarlo. “¿Reprogramamos?”, le dice, levantándose de la mesa. Y el otro asiente, qué remedio. Se queda ahí, en la mesa, solo, como un chico que envidia los juguetes ajenos. Él también quisiera salir corriendo a atrapar al sospechoso. Ayer nomás, era él quien recibía esos llamados urgentes.
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No, no fue una buena idea ese almuerzo con su ex colega. Los casos que sigue su amigo él todavía los conoce. Y hay uno en particular que no pudo resolver y lo atormenta.
Una vecina de su edad se le insinúa con un argumento que no es para levantarle el ánimo: “Soy tu única opción si no quieres pagar por sexo”.
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Ella, viuda, también vive sola, pero se toma las cosas con humor, a la vez que se da cuenta de lo que le pasa a él. “Esa inercia física y emocional es lo que mató a Larry [el marido]. Un día es profesor universitario, al otro, se jubila. Poco a poco, minuto a minuto, él se retiró del mundo de los vivos. La depresión llegó como una boa constrictor, una muerte lenta y asfixiante. Fue horrible”.
Él sólo atina a decir “lo siento”, cuando ella dispara: “Tienes que encontrar un propósito. O es volver a casa y abrir una lata de cerveza”.
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En otro encuentro con su colega, le dice, haciéndose el superado: “No lo extraño tanto”.
“Sí, claro —ironiza el otro—, excepto, tal vez, los casos no cerrados”.

Hodges empieza a sentirse acosado por ese viejo caso que dejó sin resolver: un asesino múltiple que quedó impune luego de masacrar a una multitud de personas atropellándolas con un automóvil Mercedes. Pero cuando intenta retomar la investigación, la empatía de su anterior colega empieza a esfumarse.
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Y cuando él confunde a un vecino con un intruso y casi lo mata, empieza a tratarlo de alcohólico. “¿Qué tan borracho estabas? Estabas afuera en pijama con un arma a las dos de la mañana. Si fueras otro estarías en el calabozo”.
Cuando lo cita en la estación, a Hodges se le ve en la cara cuánto le cuesta volver como visitante al sitio donde fue local. Sentirse ajeno en tu propia casa. Es una sensación familiar a todos los que viven esa situación.
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Desde la ventana del despacho, el amigo lo ve parado al lado del auto en el estacionamiento durante varios minutos antes de entrar.
— ¿Qué hacías recién en el estacionamiento? Parecías en trance.
— No estaba en trance, estaba mirando y oliendo cosas.
— ¿Oliendo cosas?
— Sí, mis sentidos se abrieron y estaba oliendo cosas, Estaba asimilando algunas cosas, es todo.
— ¿Qué cosas?
— Todo, los patrulleros, las instalaciones, el lugar al que pertenecí, los olores, los colores, algo que no hice antes. Treinta años como detective, en la industria de ver la basura que los ojos comunes no ven, eso hacía en el estacionamiento.
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— ¿Cuánto has estado tomando últimamente?
— No lo suficiente
— Se jubilan bien los basureros y los vendedores de seguros. Nosotros tenemos esos casos sin resolver… Nos levantamos cada día pensando en ese asesino que no atrapamos.
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Pero luego de esta expresión de comprensión, le dice: “Encuentra un objetivo, pintar, hacer aeromodelismo…”
El se va renegando, rumiando: “Encontrar un maldito hobby…”
Se encuentra con una amiga que le pregunta ¿pasó algo? Y ante la extrañeza de él, se explica: “Cuando veo jubilados en corbata pienso que murió alguien”...
La serie no es tierna con el retiro.
Cuando Hodges lleva nuevas pruebas a la policía, lo tratan entre indiferentes y condescendientes. “¿Cómo sabes que son reales estas pruebas? Y no me digas que es por tu maldito instinto”.

— ¿Qué les pasa? Estoy en su equipo.
— No, estás afuera, estás retirado.
— ¿Creen que estoy inventando esto para entretenerme?
— Tal vez es hora de buscar ayuda. Te ganaste el derecho de retirarte con dignidad.
Sin espoilear demasiado, la razón la tiene Hodges, que por algo fue un gran detective. El retiro es una fecha arbitraria, que no marca necesariamente el fin de sus cualidades de investigador pero sí el desperdicio de las mismas.
No es el tema central de la serie, que está basada en una trilogía de Stephen King (fue filmada en 2017 para la televisión, pero recientemente Netflix la sumó a su catálogo) pero una mirada posible es que es una metáfora de algo que sucede en muchas profesiones: el retiro es un quiebre en la vida personal y profesional, es una pérdida para la persona, que se ve despojada de su estatus de un día para el otro, pero también para la empresa o institución de que se trate, que pierde un talento y años de experiencia.

En el cine, este tema es un tópico. Recordemos por ejemplo el día de furia que vive el personaje encarnado por Michael Douglas, en aquella inolvidable y exitosa película de Joe Schumacher (Falling Down‘, 1993). Pero lo que cuenta es el personaje secundario que interpreta el recientemente fallecido Robert Duvall: un policía, Martin Prendergast, en su último día de servicio. Se está despidiendo de la profesión, ya tiene un pie afuera, pero es él quien se da cuenta de lo que está pasando.
Mientras sus colegas creen que el sospechoso de destrozar a batazos un negocio es más bien inofensivo, Prendergast es quien relaciona ese incidente con un tiroteo poco después entre un hombre y unos pandilleros.

“El diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo” es un dicho popular que la realidad confirma una y otra vez. El instinto existe pero muchas veces es una habilidad que se desarrolla con la experiencia, que es solo parcialmente transmisible.
Otro ejemplo es The Pledge (traducida como Asesino oculto, El juramento o Código de honor), una película dirigida por Sean Penn en 2001, protagonizada por Jack Nicholson, y con una Robin Wright, en el papel de una madre joven e ingenua, muy lejos del frío personaje de House of Cards que le valió tanta notoriedad.
Jack Nicholson es Jerry Black, un policía al que sus colegas organizan una fiesta de jubilación. Ese mismo día, una niña es asesinada, y Black jura sobre una cruz delante de la madre que encontrará al asesino.
Aparece un sospechoso al que fuerzan a confesar pero que acaba suicidándose. Para todos los detectives el caso está cerrado, pero Jerry Black no cree que el muerto sea el asesino.
Presionado por su promesa, sigue la investigación por su cuenta, porque no aceptan su pedido de reabrir el caso. Su obsesión es tal que termina poniendo en riesgo a la pequeña hija de una amiga que confía en él. La usa como cebo para atrapar al asesino.

Cuando está a punto de lograrlo, el destino quiere que el hombre sufra un accidente vial y muera sin que se lo pueda identificar como el asesino serial que buscan.
El final es frustrante porque Jerry Black es tomado por loco, y en cierta forma acaba así, y solo el espectador sabe que tenía razón, que su instinto de viejo policía lo había llevado a casi descubrir la verdad.
En el caso de Mr. Mercedes, no pasa lo mismo con el detective jubilado, que finalmente (y acá adelanto un poco el desenlace de la primera temporada), acabará montando una agencia de investigación privada. Se recicla de este modo con nuevos casos sin por ello abandonar la caza del asesino que lo obsesiona. Pese a su aspecto poco saludable —sobrepeso, exceso de alcohol, primeros problemas de próstata, etcétera—, la adrenalina de un trabajo que lo apasiona le devuelve la vitalidad perdida.
Tener un propósito, servir a otros, sentirse útil, hacer algo que apasione… son los propulsores de la vida en general, pero muy especialmente después de ese cimbronazo que representa el retiro.

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