
Un alumno de la facultad me dijo un día:
— Profe, yo lo sigo en X.
— Ah, mirá vos. ¿Y qué opinás del contenido?
— Están buenas las historias, pero creo que les habla solo a los viejos.
— ¿Y por qué pensás eso?
— Porque parece que usted extraña un país que yo no conocí.
Y ahí nos despedimos.
...Me senté con un café y la frase quedó dando vueltas: “Ustede extraña un país que yo no conocí”.
¡Y el pibe tiene razón!
Extraño la familia y los afectos grandes. Las mesas largas de los domingos, con sobremesa eterna. Las discusiones de política hasta la madrugada. Esa familiaridad instantánea por venir del mismo pueblo o del mismo barrio. La gente tomando mate en la vereda, sin apuro. Dejar la bici tirada en el campito donde jugábamos a la pelota, sabiendo que nadie la tocaría.
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No era un país perfecto, lejos de eso.
Pero había otro clima. Otra confianza. Otra forma de estar con los otros.
Y surge la pregunta inevitable: ¿qué nos pasó?
Ahí aparece ese tren fantasma ideológico que, de a poco, erosionó valores básicos: la confianza, el respeto, el sentido de comunidad.
Nos convencieron de que el otro es una amenaza, de que cuidarse es aislarse, de que pensar distinto es ser enemigo.
Nos fueron cambiando el norte, nos quisieron meter cuestiones que están a miles de kilómetros de lo que conforma nuestra cultura, nuestros principios, nuestra forma de ser.
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Tal vez no extraño un país...
Extraño una forma de vivir juntos que se fue apagando sin que nos diéramos cuenta.

Y sí, es cierto: cuando escribo estas historias les hablo sobre todo “a los que vivimos varias Argentinas” a lo largo de nuestras vidas.
Al grupo de los sobrevivientes. Los que vimos cómo se nos fue desdibujando el horizonte y sentimos la obligación de advertir lo peligroso que es perder el rumbo cuando nos cambian los principios de raíz y perdimos nuestra identidad.
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Porque si no lo contamos nosotros, ¿quién va a recordarles a los más jóvenes que alguna vez tuvimos un país donde la puerta se dejaba entornada, el mate se cebaba para el vecino y la palabra valía más que cualquier contrato?
Escribir es, quizá, una manera torpe pero honesta de intentar que no se pierda del todo ese estilo de vida.
Y también de inspirar a los de mi edad a convertirnos en juglares: a contarles a los jóvenes, con la voz todavía firme, que otro país fue posible.
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[El autor es profesor de Ingeniería en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA) de Tucumán, director del proyecto @electronicapef (Electrónica para el Futuro) y autor de notas en la red X bajo como @PedroMihovilce1 con reflexiones sobre la Argentina que vivimos y temas de electrónica, y con la firma “El Tío Pedro”]
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