
Es difícil encontrar hoy día un director como Paolo Sorrentino, que a pesar de los años no ha sucumbido al poder de las majors ni cedido un milímetro con respecto a las exigencias del público. Incluso en sus “aventuras” con actores alejandos de su país o en otros formatos con coproducciones internacionales -Sean Penn en Un lugar donde quedarse, Jude Law y John Malkovich en The Young Pope- ha logrado mantenerse 100% fiel a sí mismo, incluso cuando se le ha tachado de machista o de ser demasiado barroco en su retrato de figuras como Silvio Berlusconi o el Papa. Con su última película, La Grazia, parece haber querido responder precisamente a esas críticas, y demostrarse a sí mismo que se puede dudar sin dejar de ser uno mismo.
Estrenada hace unos días en cines, la película cuenta la historia de Mariano De Santis (Toni Servillo), presidente de la República Italiana que se ha ganado el sobrenombre de “Cemento Armado” después de años como político serio e inquebrantable, pero también como anclado en el pasado e incapaz de tomar decisiones de peso. Su última oportunidad para redimirse se le presenta cuando le llega la propuesta para aprobar, por un lado, la primera ley de la eutanasia en Italia, y por otro dos indultos a dos presos por asesinato en primer grado. El recuerdo de su difunta esposa y la insistencia de su hija le harán replantearse su férrea personalidad y meditar si aprobar cualquiera de esas medidas antes de abandonar el cargo para siempre.
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La Grazia plantea una serie de frentes evidentes que de alguna manera ya estaban presentes en el cine de Sorrentino (la política, la familia, el perdón) pero desde una forma de afrontarlos muy distinta. Al comienzo de la película, cuando emerge el personaje de Coco Valori (Milvia Marigliano), el propio De Santis reconoce su condición de soporífero (“No hablemos de mí, es el tema más aburrido que conozco”), un personaje que rehúye el exceso que tanto relucía en cualquier otro personaje de Sorrentino. La joven de Parthenope ya anunciaba un incipiente interés del cineasta italiano por este tipo de personajes contenidos, pero en De Santis ha encontrado el vehículo perfecto para el gran tema de la película: la duda.

Elogio de una duda razonable
De Santis ha basado su mandato en la estabilidad, en ser la voz de la razón y uno de los grandes pilares de la Italia católica en tiempos de cambio. Pero también ha construido su personalidad en torno a esos pilares: una exagerada devoción a su difunta esposa Aurora -de cuya ausencia lo que más le atormenta es una infidelidad-, unos hijos criados desde la máxima distancia -pero cuya opinión en realidad le importa- y una serie de valores cimentados en las leyes más que en la realidad, toda una deformación profesional fruto de ser el autor de un libro de más de dos mil páginas sobre derecho penal. Enfrentarse a los casos de indulto y a la ley de la eutanasia es, de alguna forma, enfrentarse a sí mismo, y admitir que el escudo que ha construido en torno a su persona también se puede deshacer. Un personaje lleno de capas que le valió la Copa Volpi a Toni Servillo en el Festival de Venecia y que es probablemente una de las interpretaciones más conmovedoras y elegantes de los últimos años.
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Por el camino, Sorrentino no renuncia a una serie de elementos marca de la casa, solo que sus momentos más notables están más cuidados y dosificados. En La Grazia sigue habiendo espacio para los secundarios carismáticos -la crítica de arte Coco Valori o el “coracero” guardaespaldas del presidente-, hay momentos videocliperos -la llegada del embajador de Portugal-, algún que otro chiste y “saltos a la fantasía” o más bien al propio universo sorrentiniano, como el ingeniero en el espacio o el Papa negro y rastafari de Rufin Doh Zeyenouin. Cada uno de ellos en su justa medida, sin agotar ni saber a poco, aunque sin duda los más fieles a Sorrentino dirán que hubieran escuchado otro rap de Guè en boca de Servillo.

¿De quién son nuestros días?
En definitiva, nos encontramos ante una obra tan depurada y madura que cualquiera diría que estamos ante un director al final de su carrera y no ante uno que aun cuenta con 55 años y muchas películas por hacer. Lo que antes era exceso aquí parece mesura, lo que antes era estridente ahora es rompedor y simpático, y eso solo se consigue después de madurar y reflexionar sobre el cine, pero también sobre la vida. Al igual que Pedro Almodóvar vuelve sobre sus pasos en Amarga navidad, también en cines estos días, Sorrentino parece querer defender su derecho a equivocarse, a dudar como lo hace su protagonista, ya sea sobre el cine o el derecho a la vida.
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“¿De quién son nuestros días?“, se dice una y otra vez Mariano De Santis durante la película, una frase con peso que se va haciendo ligera conforme avanza esta, esa ligereza que buscaba y que parece haber encontrado con La Grazia. No está claro cuál será el próximo proyecto del director -bien podría culminar su carrera con esta obra- ni si volverá a tener una aventura más allá de Italia, pero desde luego se ha ganado el derecho a dudar antes que decidir, mientras ha reabierto una serie de cuestiones tanto políticas como vitales en Italia y el resto del mundo. Al fin y al cabo, los días son suyos, y de nadie más.
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