
Cruzar con el coche cuando el semáforo está en ámbar pone de manifiesto la interacción entre percepción del riesgo, normas sociales, personalidad y emociones, según concluyen los expertos en psicología del tráfico. Este acto, aparentemente ordinario, esconde una compleja toma de decisiones en milisegundos, donde intervienen tanto factores racionales como automáticos.
Hasta un 68% de los conductores en España reconoce haber atravesado deliberadamente un semáforo en ámbar, normalizando una conducta que constituye una infracción. Este dato, procedente de estudios de la Universidad Complutense de Madrid, permite entender que la mayoría de los conductores interpreta la luz amarilla como un margen de tolerancia en vez de una advertencia inequívoca de detención.
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Lejos de ser un comportamiento homogéneo, los psicólogos especializados afirman que la tendencia a cruzar en ámbar está ligada tanto a la personalidad como a la experiencia al volante, además de a factores situacionales como el estrés o la presión social.
Fatiga, impulsividad y normalización del riesgo
La prisa, el cansancio tras la jornada laboral o la fatiga reducen la capacidad de análisis y la precisión en la toma de decisiones. Por ejemplo, estudios del RACE difundidos en 2024 señalan que el cansancio puede disminuir la eficiencia cognitiva hasta un 40%, aumentando la propensión a valorar erróneamente el tiempo disponible antes del cambio a rojo.
Los especialistas coinciden en que atravesar un semáforo en ámbar es resultado de una evaluación mental inmediata de riesgos y recompensas. Aunque factores físicos como la velocidad o la distancia importan, la psicología añade variables como la impulsividad y el aprendizaje social. El doctor Manuel Fernández, experto en psicología del tráfico, precisa que muchos conductores “subestiman sistemáticamente el riesgo y sobreestiman su capacidad de control, lo que les lleva a tomar decisiones potencialmente peligrosas”, según sus declaraciones recogidas por Ultima Hora.
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Un elemento determinante resulta ser la impulsividad: las personas menos capaces de refrenar sus impulsos actúan con mayor rapidez, analizando de manera incompleta las consecuencias. De acuerdo con una investigación de la Universidad de Valencia realizada en 2023, los conductores impulsivos presentan 2,3 veces más probabilidades de cruzar en ámbar que quienes exhiben mayor autocontrol. Este rasgo se asocia a áreas cerebrales responsables del control de respuestas automáticas.
El entorno social también contribuye al fenómeno. Cuando la práctica de cruzar en ámbar se percibe como habitual, se produce la llamada “normalización del riesgo”. La doctora Elena Martínez, psicóloga social, afirma a Ultima Hora que “creamos nuestra propia ética al volante basándonos en lo que vemos hacer a los demás”. Así, se consolida un aprendizaje vicario donde la conducta reiterada legitima la transgresión.
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Automatismos, emociones y umbrales personales al volante
La experiencia beneficia al conductor experimentado en tanto que facilita respuestas automáticas y decisiones rápidas, producto del denominado aprendizaje procedimental. No obstante, si estos automatismos se basan en malos hábitos, aumentan el riesgo. Por otro lado, el perfil denominado “buscador de sensaciones” demuestra un gusto por situaciones de incertidumbre y un mayor apetito de riesgo; al contrario, los conductores cautos priorizan la detención ante cualquier duda.
La neurociencia ha demostrado que este tipo de decisiones inmediatas involucran estructuras como la amígdala y el sistema límbico; es decir, son gestionadas por circuitos cerebrales ligados a la reacción emocional e intuitiva, antes de que la corteza prefrontal —responsable del razonamiento analítico— actúe por completo.
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Más allá de la decisión puntual, los datos recopilados por la Fundación MAPFRE en 2024 muestran que un 72% de los conductores ha desarrollado su propio umbral interno para decidir cuándo es aceptable cruzar en ámbar, al margen de la normativa oficial. La ausencia de consecuencias negativas inmediatas refuerza esta regla personal, perpetuando la conducta a lo largo del tiempo.
Las emociones, por último, desempeñan un papel decisivo: la prisa, el estrés o la baja tolerancia a la frustración impulsan a muchos a saltarse el semáforo, optando por la inmediatez frente a la espera. Los psicólogos del tráfico han concluido que la gestión emocional y la observación de comportamientos ajenos son determinantes para entender por qué cruzar en ámbar es tan frecuente y socialmente aceptado, a pesar de los riesgos asociados.
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