La plataforma Netflix ha incorporado recientemente a su catálogo la serie Ciudad de sombras, una producción que ha supuesto el último trabajo de Verónica Echegui antes de su fallecimiento el pasado agosto y que se ha posicionado entre las ficciones más vistas en ‘streaming’ en estas últimas semanas del 2025.
Se trata de una adaptación directa de la novela negra El verdugo de Gaudí de Aro Sáinz de la Maza, una ficción que traslada a la pantalla la figura del investigador Milo Malart, encarnado por Isak Férriz, y que pone a la Barcelona modernista en el epicentro de una trama criminal marcada por la oscuridad y los traumas de sus protagonistas.
El argumento se inicia con un crimen especialmente atroz: el cuerpo calcinado de un empresario cuelga del balcón de La Pedrera, uno de los edificios más emblemáticos de Gaudí. La recreación de esta situación implica un despliegue minucioso por parte del asesino, que transporta el cadáver, lo cuelga, lo impregna de gasolina y lo incendia, todo ello grabando el suceso en vídeo y subiendo después la grabación a Internet.

Su presencia deliberada ante las cámaras de seguridad y los gestos que realiza antes de marcharse subrayan la dimensión mediática y simbólica del crimen, cuyo impacto coincide con la inminente visita del Papa Benedicto XVI a Barcelona para consagrar la Sagrada Familia en 2010.
La investigación, anclada tras varios días en un punto muerto, fuerza la reincorporación de Milo Malart a los Mossos d’Esquadra. Personaje con un pasado marcado por la suspensión tras un episodio de insubordinación y las secuelas psicológicas derivadas del suicidio de su sobrino, Malart representa un arquetipo de detective atípico, capaz de empatizar con criminales y desentrañar rompecabezas de una complejidad poco habitual.
Así, el reingreso al cuerpo se produce bajo dos condiciones: someterse a supervisión psicológica y colaborar con la subinspectora recién llegada, Rebeca Mercader, papel que en la serie ha asumido Verónica Echegui.
Adaptación y puesta en escena
La conversión de la novela en ficción televisiva ha implicado, según ha contado el director Jorge Torregrossa, una labor de condensación y transformación para acomodar la narrativa a un formato de seis episodios. Cada capítulo lleva el nombre de una obra de Gaudí, si bien no todas estaban presentes en el texto original.

Esta elección, en palabras de Torregrossa, responde a la voluntad de dotar a la serie de coherencia temática y a la necesidad de reflejar la fusión entre el carácter de la ciudad y la trama policial.
El rodaje ha requerido solucionar retos logísticos significativos. Tal y como ha relatado Torregrossa, acceder a localizaciones emblemáticas como La Pedrera, con horarios de apertura ampliados al público, ha implicado negociaciones y la adaptación del rodaje, recurrir a grabaciones nocturnas simulando luz diurna y el uso de más de 70 enclaves distintos por toda Barcelona.
La combinación de castellano y catalán en los diálogos, decisión motivada por la intención de reflejar el bilingüismo cotidiano de la ciudad, ha sido otra característica distintiva de la serie.
La narrativa visual aprovecha tanto los monumentos modernistas como material de archivo para ilustrar la transformación urbana de Barcelona. Como ha subrayado el propio Torregrossa, la inclusión de estos recursos permite mostrar la evolución de la capital catalana desde principios del siglo XX hasta el presente ficticio de la serie, ambientado en el año 2010, justo antes de la consagración de la Sagrada Familia.
Construcción de personajes y recepción crítica
El desarrollo de los personajes responde al interés de respetar la esencia delineada por Aro Sáinz de la Maza para Milo Malart, punto que el escritor solicitó mantener a toda costa. No obstante, la adaptación amplía el perfil de la compañera del protagonista: el personaje interpretado por Verónica Echegui en la novela corresponde a una subinspectora júnior, mientras que para la serie se ha optado por dotar a Rebeca Garrido de un mayor peso dramático y profesional y hacer que proceda de otro cuerpo policial y otra ciudad.

Esta reconstrucción de los personajes ha tenido como resultado una dinámica basada en la oposición de temperamentos: Malart, impulsivo y obsesionado con sus demonios internos, y Garrido, analítica y meticulosa. La relación entre ambos, basada en la desconfianza inicial y la posterior complicidad, constituye uno de los ejes centrales tanto en la novela como en la adaptación.
Así, la pareja de investigadores logra entrelazar las pistas de una investigación que apunta a un asesino profundamente obsesionado con la obra de Gaudí, cuyo objetivo último parece ser dañar a la ciudad de Barcelona y erosionar su imagen internacional.
La presencia de Barcelona como escenario vivo y protagonista activa ha sido uno de los aspectos mejor valorados por la crítica. A diferencia de otras producciones de Netflix planteadas para un público global, el anclaje local de Ciudad de sombras resulta ineludible: la trama y su atmósfera solo tienen sentido en esta ciudad, y la serie expone tanto las contradicciones del progreso urbano como las heridas históricas y sociales que la atraviesan.
Una obra marcada por la sombra
La aproximación estética y narrativa de la serie se caracteriza por la densidad y el dramatismo, tanto en la configuración de los personajes principales como en la atmósfera general. La oscuridad, la introspección y la presencia de flashbacks invitan al espectador a recomponer la cronología frente a la narrativa fragmentada. La producción opta, así, por huir de la ligereza y el entretenimiento convencional, proponiendo un thriller que explora las cicatrices tanto de los investigadores como de la propia urbe.

Cada episodio concluye con una dedicatoria a Verónica Echegui, gesto que ratifica el carácter póstumo de este trabajo y la implicación emocional del equipo artístico y técnico.
La serie, que debuta en Netflix trece años después de la publicación de la novela original (reeditada ahora por Destino bajo el nuevo título El verdugo de Gaudí), cuenta también en su reparto con Manolo Solo, Ana Wagener y Ágata Roca.
La colaboración de Aro Sáinz de la Maza, la atención por la arquitectura y la historia urbana de Barcelona y la cuidada adaptación del universo psicológico de los personajes han definido Ciudad de sombras como una ficción con identidad propia, que ha encontrado en la pantalla una expresión complementaria a la narrativa original.
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