Es un amanecer frío en la Patagonia, pero el cielo está despejado y el viento calmo. En el campamento hay catorce o quince personas. Están terminando de desayunar. El cocinero recoge las tazas y separa las viandas para el almuerzo (son sándwiches). Alguien le dice algo y los demás se ríen —no hace falta transcribirlo aquí; es un chiste interno, no lo entenderíamos—. Dos se separan del grupo y estudian las imágenes satelitales una última vez. Otros van a controlar las camionetas: chequean el combustible, el GPS. En pocos minutos van a meterse en el paisaje del sur. Volverán recién cuando se haga de noche.
Salen a buscar dinosaurios.
La Argentina es una tierra rica en fósiles. Se han realizado hallazgos en Mendoza, Río Negro, Chubut, Santa Cruz; también en Salta, San Juan, La Rioja. La clave está en la aridez: un suelo húmedo cubierto de vegetación impediría encontrarlos. Los paleontólogos salen livianos a la búsqueda —derribando mitos: no se visten como Indiana Jones—. Llevan piquetas, pinceles, algún pegamento por si tienen que hacer una primera intervención sobre los restos que encuentran. Llevan un buen calzado y no mucho más.
“Para encontrar fósiles hay que salir y caminar”, dice José Luis Carballido, investigador del CONICET, que, desde el Museo Paleontológico de Trelew, se especializa en el estudio de los saurópodos: un grupo de dinosaurios herbívoros, entre los que están algunos de los animales más grandes que hayan caminado sobre el planeta. Carballido comparte la fascinación que casi todos —que todos— tenemos por los dinosaurios. “Lo que más llama la atención es el tamaño”, dice. “Son monstruos que pesaban más de 60 mil kilos: más de diez elefantes”.
¿Cuáles son las oportunidades científicas en la exploración en busca de dinosaurios? “Son muchísimas”, dice Carballido, “y pueden cubrir una diversidad de enfoques”. Señala tres: un hallazgo siempre trae novedades y nuevas hipótesis sobre la evolución. También hay cuestiones paleoecológicas que permiten entender cómo funcionaba un ecosistema hace cien millones de años, qué cambios tuvieron lugar en ese clima, en la geografía. Y luego, desde una mirada general, por la forma en que los dinosaurios llegan a los más chicos, es una puerta de entrada accesible, fácil, divertida y muy interesante para abordar la ciencia en las escuelas.
El trabajo de campo se divide en dos etapas: primero está prospección, donde se buscan los fósiles, y luego la excavación, que implica la recuperación y el traslado de los restos. Puede que una campaña dure dos o tres semanas. A veces son campañas de prospección, a veces de excavación, a veces se dan las dos a la vez.
En la etapa de excavación es cuando se usan todas las herramientas. Es la que más conocemos por el cine y las series. Llevan picos, palas, mazas, cortafierros, martillos, pinceles, cepillos, escobas. Y —aquí, una gran sorpresa— van con grupos electrógenos y martillos neumáticos. Algunos son tan o más grandes que se usan en las calles de la ciudad. También llevan consolidantes, que son una especie de resina o laca muy diluida con la que se pinta a los fósiles para que no se estropeen.
Una vez que el fósil queda expuesto, se lo envuelve en papel y luego se lo recubre con vendas de yeso. Como haría un traumatólogo con una fractura; sólo que estas vendas son tiras de arpillera de un metro de largo. Así, los expedicionarios arman un “bochón”: rodean al fósil y la roca que está pegada para llevarlo al museo o hasta donde continuarán el estudio.
En Argentina hay una gran cantidad de fósiles no solo por las cuestiones ambientales sino por la excelencia de la Escuela en Paleontología, y por la calidad y cantidad de investigaciones que se están llevando adelante. “Eso genera un circuito en donde más gente escucha las noticias y, cuando sale a caminar, está más atenta a mirar lo que la rodea, encontrar algo y comunicarlo”, dice Carballido.
Algo así fue lo que pasó en España. Veinte años atrás parecía que en España no había dinosaurios, pero, a medida que se empezaron a formar nuevos investigadores en paleontología de dinosaurios y se comunicaron en los medios los hallazgos de los trabajos de campo, más gente empezó a absorber esa información y a registrar que podían encontrarse fósiles en ciertas áreas. La retroalimentación permitió que hubiera nuevos hallazgos y hoy se han encontrado muchísimas especies en la península. Argentina, con una historia más profunda y un territorio más estudiado, supera largamente las 200.
Si el día de trabajo fue bueno, el regreso al campamento está cargado de una electricidad positiva. A la noche, puede que alguien toque la guitarra. Pero nadie se desvela demasiado: mañana espera otro día igual de agotador, igual de excitante.
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