
El avance de las negociaciones con el Fondo Monetario por un nuevo acuerdo que fueron inauguradas formalmente el fin de semana y que el Gobierno buscará cerrar lo antes posible, sirve para ilustrar, una vez más, la metáfora de la “manta corta” en términos económicos. Sencillamente, cuando el Gobierno intenta enviar mensajes al mercado de normalización de la economía, en pos de reestructurar la deuda tanto con el organismo como con los acreedores privados, esos mismos mensajes impactan negativamente en las expectativas de estabilización. Se busca tapar los hombros, pero se descubren los pies.
El ejemplo más claro se produjo la semana pasada cuando, con días de diferencia y sin que la cuestión estuviera al tope la agenda, tanto el ministro de Producción, Matías Kulfas, como su superior, el Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, anunciaron públicamente el descongelamiento de tarifas a partir de junio. El tema, previsiblemente, estuvo tanto en la mesa de discusión con los enviados de la misión técnica del FMI, por esos días en Buenos Aires, como con representantes del sector de hidrocarburos, a quienes se les anticipó que el atraso tarifario sería compensado sólo a medias y que los aumentos correrían por debajo de la inflación.
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Sin embargo, horas después, y atento precisamente al impacto que eso podía generar en las expectativas de suba de precios que tal anuncio podía generar tanto en los empresarios como en los sindicalistas con los que acababa de ensayar la primera reunión del Consejo Social, el presidente Alberto Fernández desmintió a ambos y negó que se estuviera trabajando en tales aumentos, como había sugerido Cafiero al mencionar la revisión de los cuadros tarifarios.
La experiencia reciente del ex presidente Mauricio Macri parece haber marcado a su sucesor: aun cuando se pueda compatibilizar en el papel la suba de tarifas con una baja de la inflación, el mero anuncio puede generar un efecto anticipatorio que haga aún más luchar contra la “inercia inflacionaria”.
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La negociación con en FMI
El dilema que enfrenta ahora Fernández es cómo congeniar un entendimiento con el Fondo Monetario, al que se pretende llegar cuanto antes al menos en forma de carta de intención o recomendación del staff al board del organismo “para que los bonistas tengan claro el inicio de un sendero fiscal”, según fuentes oficiales, sin que sus términos desordenen aquello mismo que pretenden encauzar.
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Como en todo acuerdo con el FMI, predominará la cuestión fiscal. En este terreno, las diferencias parecen lejos de ser insalvables. Por el contrario, el presidente Fernández dio sobradas muestras de vocación de ajuste con el reciente anuncio de incremento de las jubilaciones, a lo que se sumó ayer la posibilidad concreta de un nuevo aumento de retenciones. La información trascendió al mismo tiempo que el ministro Guzmán aterrizaba en Washington para reunirse nuevamente con los técnicos del Fondo.
De concretarse, si se mantienen los precios actuales a pesar del posible impacto del coronavirus, las arcas del Fisco se verían engrosadas en unos USD 700 millones adicionales por la suba de 3 puntos a la exportación de soja. Por cada tonelada hoy con un valor de USD 327, los exportadores recibirían USD 245 en vez de los USD 256, de acuerdo con los cálculos del director de Eco Ledesma, Gabriel Caamaño.
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La clave está, sin embargo, en otro de los puntos clave que regirán el acuerdo con el FMI: el valor del dólar.
Como dijo el ex ministro y candidato a presidente en las últimas elecciones Roberto Lavagna, hoy muy cercano al Gobierno, el daño de las retenciones dependen del nivel de tipo de cambio. ¿Buscará Alberto Fernández un tipo de cambio real más alto que permita a la vez compensar a los productores y aumentar la recaudación? Su permanente inspiración en sus años de gestión con Néstor Kirchner inclinan a pensar que sí pero...otra vez la manta corta. Durante esos años, al menos hasta 2007, la inflación no era un problema como lo es hoy. El dilema vuelve a ser cómo compatibilizar señas de suba del dólar oficial sin que se desmadren las expectativas de inflación.
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Una situación similar es imaginable para el capítulo cambiario y monetario. Es esperable que el acuerdo con el Fondo contenga menciones explícitas al levantamiento de al menos algunas de las restricciones cambiarias vigentes, con el objetivo de alentar el ingreso de divisas.

La volatilidad, o no, que pueda implicar la eliminación de esos controles es un riesgo hoy incierto ya que, en alguna medida, es altamente dependiente del resultado de la negociación de la deuda. En tanto, lo que deparará el plan monetario, hoy un ejercicio de “transición”, como lo definió el propio Banco Central, es tal vez el mayor de los misterios hasta que se vean claros los efectos de la política expansiva de emisión y acelerada baja de tasas que llevó adelante el titular de la entidad, Miguel Pesce, desde que asumió.
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