
En su reunión semanal de política monetaria del martes último, el Banco Central mantuvo su decisión de mantener las tasas de interés de corto plazo sin cambios en 28,75 por ciento. La justificación para sostener esos valores elevados -expresada en el habitual comunicado- era la necesidad de "confluir a la meta de inflación de 10%" establecida para el 2018. Apenas 48 horas el equipo económico en pleno anunció que finalmente será 15% la meta para el año próximo. Un objetivo mucho más en línea con las expectativas del mercado.
La consecuencia más inmediata debería pasar por un tipo de cambio más sostenido, ya que se supone que la tasa de interés en pesos tendría que bajar con mayor rapidez. Ahora que el BCRA no debe atarse a una meta tan estricta, también tiene margen para aliviar la política monetaria. Si cae la tasa de Lebac en los próximos meses, deberían ingresar menos capitales especulativos que sólo buscan una ganancia de corto plazo, pero con el costo de profundizar el atraso cambiario.
La modificación fue coordinada desde jefatura de Gabinete, como quedó claro con la presencia de Marcos Peña en la conferencia de prensa. Y según explicaron fuentes oficiales a Infobae llevó "varios meses" ponerse de acuerdo en los cambios anunciados hace instantes. Esa "coordinación" entre una política fiscal más gradualista y la monetaria mucho más dura era lo que se venía reclamando de manera insistente desde los círculos económicos y también políticos.
La "puesta en escena" de hoy refleja un cambio mucho más profundo: la meta de inflación ya no la fija el Central, sino que la define todo el equipo económico. A tal punto que el anuncio corrió por cuenta del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne.
Se trata de un esquema en realidad mucho más parecido al de Brasil, donde el Banco Central define el set de políticas para cumplir con las metas, pero éstas son definidas por el Gobierno. Allí es el Consejo Monetario Nacional quien define las metas de inflación plurianuales. En el CMB intervienen el minstro de Finanzas, el de Planeamiento y el gobernador del Banco Central. Está claro que en este caso también se definieron los objetivos de inflación en forma conjunta y no por una decisión solitaria del BCRA.
Por supuesto que el motivo que llevó a dilatar hasta casi el último día de 2017 el anuncio pasó por la resistencia del titular del Central, Federico Sturzenegger, quien venía insistiendo en que la meta de 10%, con un rango de 2% de variación para arriba o para abajo, era "inamovible" para el 2018. Y que por ende se mantendría una política dura para tratar de llegar a esos niveles.
Sin embargo, era consciente que se trataba de un objetivo extremadamente difícil de cumplir. Pero priorizaba la credibilidad del Central. "Si me mantengo firme con la meta del 10%, al menos el mercado sabe hacia dónde quiero ir", explicaba en distintos encuentros privados con economistas para debatir la lógica de la meta inflacionaria.
Pero los costos se volvían cada vez más importantes. Tener una tasa de interés de casi el 30% contra una inflación que en términos interanuales se ubica en niveles de 22% ó 23% amenazaba con generar un enfriamiento de la economía. Las empresas comenzaron a sufrir un fuerte incremento en las tasas para conseguir capital de trabajo, por ejemplo a través de descuentos de cheques.
Proyectando al 2018, el proceso de baja de tasas resultaría mucho más lento y complejo si se mantenía la meta del 10%. Se trataba en realidad de un círculo vicioso, en el que la inflación nunca confluía al objetivo del BCRA. Por ende era necesario sostener una política monetaria demasiado dura.
Uno de los que salió con más dureza a atacar la política monetaria "inconsistente" con el gradualismo fiscal fue en estos últimos 60 días el ex ministro de Hacienda, Alfonso Prat-Gay: "El Gobierno cambió su meta de déficit respecto a la que originalmente se había definido. El único que no modificó nada fue el Central, no tiene sentido mantener tasas tan altas", señaló en una conferencia en noviembre, ante más de 300 inversores.
Sturzenegger tenía argumentos para defender su postura: "En el mundo, los procesos de desinflación vienen acompañados de crecimiento económico. No entiendo a los que nos critican por hacer un gran esfuerzo en bajar la inflación". Lo sucedido en 2017 le da la razón. La inflación cayó desde 36% a 24%, mientras que la economía se expande a un ritmo del 3%.
Al final del día el cambio de metas no resulta dramático. Se ubicará tres puntos por encima del techo que inicialmente había estipulado el BCRA. Y todos los objetivos se corren un año, por lo que el dígito recién se alcanzaría al final del mandato de Mauricio Macri.
Para los mercados lo más importante no es la meta propiamente dicha, sino observar que el proceso de reducción gradual de la inflación se viene cumpliendo. La experiencia de casi todos los países de América latina demuestra que salir de procesos de altos niveles inflacionarios a valores de 5% ó menos requiere en general de por lo menos 5 y hasta 10 años, como sucedió en Chile, Colombia, Paraguay, Perú y Brasil. Argentina apunta en la misma dirección y ahora también con un ritmo que luce más acorde con otras experiencias internacionales.
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