
*Enviada especial a Francia
En 2003 y en 2007 fueron invisibles. El país solo se enteró de que ellas habían ido a jugar un Mundial cuando sufrieron humillantes goleadas y emergieron las críticas. Hay una creencia popular que dice que la Argentina debe tener éxito en cualquier deporte en el que compita. Esa máxima, la mayoría de las veces, no entiende de contextos ni de procesos históricos. Y ellas fueron víctimas de ese exitismo ciego.
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Este jueves se confirmó que la Selección femenina no pudo pasar la primera ronda en Francia 2019. Lejos de ser un fracaso, esta experiencia ha marcado un hito en la historia del fútbol de mujeres nacional. Varios factores explican por qué hay que entender a esta presentación como un avance para el conjunto nacional y para la disciplina en general.
En principio, porque este plantel consiguió clasificar a un Mundial luego de 12 años de ausencias (Argentina no estuvo en las citas de 2011 y 2015). Además, porque lo hizo con mucho esfuerzo, luego de un período de dos años (entre 2015 y 2017) en el que la Selección femenina virtualmente dejó de existir: no tuvo entrenador y tampoco hubo prácticas ni participación en ningún tipo de competición.
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En noviembre de 2017 Carlos Borrello asumió una vez más el puesto de DT (previamente había sido el conductor del seleccionado entre 1998 y 2012) y reactivó al equipo. Pero las jugadoras inmediatamente convocaron a un paro porque la AFA no les pagaba los viáticos de 150 pesos por días por ir a entrenar a Ezeiza.
Meses después, en abril de 2018, fueron a competir a la Copa América de Chile con muy pocos días de entrenamientos juntas. "Éramos como una banda de amigas que se juntaban a jugar", reconocieron las propias jugadoras. Aún así, hicieron un dignísimo papel y consiguieron un tercer puesto, por detrás de Brasil y las locales, que les permitió disputar un repechaje por un boleto al Mundial.
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En ese certamen, además, dejaron sentado su malestar por el trato que les daban las autoridades con aquella recordada foto del "Topo Gigio". Fueron las propias futbolistas las que se cargaron la mochila de reclamar por sus derechos y de exigir las condiciones de trabajo que merecían como representantes de un elenco nacional.

Esos meses entre la Copa América y el repechaje sirvieron para que el conjunto nacional forjara una identidad y, sobre todo, una conciencia de grupo. Al calor de la potencia y la fuerza del movimiento de mujeres de Argentina, las jugadoras entendieron que la unión hace la fuerza y que el clima de época era apto para alzar sus voces y desafiar a los que las menospreciaban.
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En el repechaje, aplastaron a Panamá: se impusieron por 4-0 en un estadio de Arsenal que estuvo repleto (un hecho inédito para el fútbol femenino argentino) y empataron 1-1 de visitantes. Así, con mucho amor propio, llevaron a la camiseta celeste y blanca a un Mundial de mujeres luego de una larga espera.
El sorteo les deparó una Zona difícil: Japón, Inglaterra y Escocia se presentaban como duros rivales a vencer. Las primeras dos selecciones, serias candidatas al título. La tercera, debutante en este tipo de competiciones, pero con una superioridad física notable.
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En la previa de la Copa del Mundo, el plantel comenzó a ver los frutos de su lucha: realizaron entrenamientos y concentraciones de manera estable en el predio de Ezeiza (donde también les construyeron un vestuario propio), su actividad comenzó a tener mayor difusión y la AFA les organizó giras internacionales -con vuelos y hoteles de primer nivel- para jugar amistosos en las Fechas FIFA.

En el primer partido de Francia 2019 ya se logró algo inédito: el empate 0-0 con las japonesas significó el primer punto de la historia para Argentina en Mundiales femeninos (había perdido los seis que había jugado entre las dos ediciones en las que había participado). Ante Inglaterra cayó 1-0, pero el equipo mostró un desempeño sólido y evitó la derrota abultada que podía presagiarse en la previa. El tercer encuentro ante las escocesas fue a puro corazón: el elenco nacional perdía por 3-0, pero logró una remontada increíble en los últimos 20 minutos y selló un empate 3-3 que quedará en el recuerdo.
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Esta actuación dejó algunos hitos: por primera vez, Argentina sumó puntos en Mundiales femeninos. Fue la mayor cantidad de goles del seleccionado nacional en este tipo de competencias (tenía un tanto en el 2003 y otro en el 2007). El encuentro ante Escocia dejó otro registro que impresiona: nunca antes un equipo había logrado remontar una desventaja de tres goles en Copas del Mundo de mujeres.
Más allá de los números y de las estadísticas, el elenco "Albiceleste" se hizo fuerte y dio una muestra de carácter ante equipos notablemente superiores en lo físico y en lo técnico. El amor propio pudo más que cualquier limitación objetiva.
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"Nosotras no somos la Selección de hombres. Nunca llegamos a finales, ni siquiera pasamos de ronda. Nunca habíamos logrado ni un punto en un Mundial, por eso festejamos", dijo hace poco la delantera Mariana Larroquette. Es que las comparaciones son odiosas y, en este caso, inadecuadas. Es imposible intentar establecer equivalencias entre un equipo cuyos integrantes siempre han gozado de los privilegios de ser tratados como estrellas (el masculino) y otro que ha estado históricamente a un costado, en los márgenes, sin respaldo ni atención (el femenino).
El mayor triunfo, en realidad, está fuera de la cancha. Durante todo el Mundial, las jugadoras se encargaron de repetir una y otra vez que su actuación debía ser el puntapié inicial para un cambio en el fútbol femenino argentino. Exigieron que los avances logrados hasta el momento se sostengan y agregaron otros reclamos como la creación de inferiores femeninas en los clubes o la federalización del torneo profesional que tendrá su primera edición a partir del segundo semestre de este año.
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El fútbol no tiene género y las integrantes de este plantel parecen haber convencido a muchos descreídos. Los casi ocho puntos de rating que tuvo el partido ante Escocia, la amplia cobertura mediática y la atención que concentró cada presentación de la Selección femenina así lo demuestran.
Hubo escuelas y universidades que interrumpieron sus clases para verlas a ellas, los bares sintonizaron sus compromisos en sus televisores, la gente se agolpó en las vidrieras de los locales de electrodomésticos para seguirlas. Algo hace pensar que (afortunadamente) ya nada volverá a ser igual para esta disciplina.
Si hoy una nena o un nene que juega a la pelota sueña con ser como Estefanía Banini, como Agustina Barroso o como Vanina Correa, el objetivo está cumplido.
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