
Era 1927 o 1928, en la redacción de Crítica, el diario de mayor circulación de la época. Roberto Arlt había tomado la palabra y los temas literarios habían quedado en un segundo plano. Lo que le interesaba era otra cosa: “La radiovisión, como la radiotelefonía, invadirá muy pronto nuestros hogares”, dijo. Y agregó que el aviador Anton Raab había firmado un contrato con la casa Opel “para lanzarse al espacio dentro de un proyectil que se está construyendo y poder llegar a la Luna”. El propio Raab había aventurado un pronóstico: “Si llego a la Luna moriré”, porque allí faltaba atmósfera.
La escena —rescatada por el cronista Roberto Tálice en sus memorias— podría parecer una rareza de café. Beatriz Sarlo la lee de otro modo: como una condensación. En esa mezcla de verosimilitud e invención, de ciencia y mito, estaba cifrado algo más profundo que el entusiasmo de un escritor excéntrico. Estaba cifrado el sueño moderno de la Argentina.
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La imaginación técnica. Sueños modernos de la cultura argentina, publicado por primera vez en 1992 por Nueva Visión y reeditado ahora por Siglo XXI como parte de la Biblioteca Beatriz Sarlo —el proyecto póstumo de reunir y relanzar su obra completa—, es uno de los libros más originales que Sarlo escribió.

El libro fue escrito en Cambridge, cuando ella ocupó la cátedra Simón Bolívar del Centre for Latin American Studies. Eran, escribe en los agradecimientos, “meses apacibles”. Desde allí, con fuentes traídas desde Buenos Aires, reconstruyó una época en que la Argentina creyó que podía ser moderna al mismo tiempo que el resto del mundo occidental. No con décadas de retraso, no a la sombra de Europa, sino casi en simultáneo.
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La pregunta que organiza el libro es, en apariencia, literaria: ¿de dónde venía el entusiasmo técnico de Arlt? ¿Era un rasgo personal, la rareza de un genio, o señalaba algo más extendido en la cultura de su tiempo? Pero esa pregunta conduce rápidamente a otra, más vasta y más inquietante: “¿Cuáles eran las posibilidades abiertas en la Argentina de las primeras décadas de este siglo, probablemente un país que tuerce muy radicalmente su curso en los años cuarenta?”
La respuesta que Sarlo construye es, ante todo, empírica. Revisó números de Crítica, de El Hogar, de revistas técnicas y populares. Rastreó columnas de divulgación científica, concursos de inventores aficionados, manuales de radioaficionados, folletos de casas de aparatos eléctricos. Lo que encontró fue un fenómeno de escala: “Los medios de comunicación eléctricos a distancia se implantan en la Argentina casi al mismo tiempo que en los países avanzados de Occidente.”
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No había rezago. Había simultaneidad. Y esa simultaneidad produjo algo particular: una cultura técnica de masas en la que participaban por igual los hijos de inmigrantes que aprendían a armar radios caseras con un puñado de componentes comprados en el mercado, los cronistas de diarios que describían los últimos inventos con la misma emoción con que cubrían un partido de fútbol, y los escritores que imaginaban cohetes, robots y transmisiones desde la Luna mucho antes de que esas cosas fueran posibles.
La radio ocupa el centro del libro. Sarlo no la analiza solo como medio de comunicación sino como acontecimiento cultural en un sentido más profundo. “La radio es una revolución cultural por lo que directamente representa como medio de comunicación y como espacio de una cultura industrial massmediática que florecerá en los años treinta, pero también —y, diría, más profundamente— como milagro técnico: el recurso material que hace posible lo imposible.”
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Esa dimensión de milagro es la que más le interesa. La radio no fue recibida en la Argentina de los años 20 como una herramienta útil sino como una maravilla. “Se produce una verdadera locura de la radio”, escribe Beatriz Sarlo, y la palabra locura es exacta: hubo fiebre de construcción casera, importación masiva de componentes, revistas especializadas para aficionados, concursos de radioescuchas, transmisiones experimentales desde azoteas de edificios del centro de Buenos Aires. La mítica emisión de Parsifal desde el Teatro Coliseo el 27 de agosto de 1920 —considerada la primera transmisión radial de la historia en América del Sur— no fue una curiosidad de élite sino el inicio de una expansión popular que en pocos años alcanzó a los sectores más diversos de la sociedad.

Lo que la radio habilitaba, argumenta Sarlo, no era solo el entretenimiento. Era una nueva forma de ascenso social basada en destrezas no tradicionales. “Como golpe de fortuna, el invento presenta un modelo de ascenso social basado sobre destrezas no tradicionales.” El hijo de un inmigrante que armaba su propio receptor no necesitaba linaje ni tierra ni capital: necesitaba curiosidad, paciencia y un manual. La técnica era, en ese sentido, democrática. O al menos prometía serlo.
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Esa promesa articuló también una nueva relación entre los sectores populares y la cultura letrada. La autora observa que los inmigrantes y sus hijos —que constituían una parte enorme de la población urbana de la época— realizaron “operaciones complejas y más o menos exitosas de incorporación a una ‘cultura común’”. La técnica fue uno de los canales de esa incorporación: más accesible que la literatura, más tangible que la política, más inmediata que la educación formal. Una llave que abría puertas sin pedir credenciales.
El diario Crítica es, en este relato, el gran escenario popular de la imaginación técnica. Beatriz Sarlo revisó sus páginas con una minucia de archivista y encontró un mundo: reportajes sobre inventores autodidactas, crónicas de demostraciones eléctricas, cartas de lectores que proponían soluciones técnicas a problemas cotidianos, notas sobre el automóvil, el avión y el cine que mezclaban datos reales con especulaciones que rozaban la ciencia ficción. El periodismo de Crítica no distinguía con rigor entre lo que ya existía y lo que podía existir: “Esta mezcla de verosimilitud e imaginación, de hechos efectivamente posibles e invenciones, de desarrollos futuros de la tecnología e hipótesis que tienen que ver más con la ficción científica que con la ciencia, es característica no solo del discurso literario sino también de los diarios de gran circulación.”
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Esa porosidad entre lo real y lo imaginado no era un defecto del periodismo de la época. Era una condición de posibilidad. La Argentina de los años 20 y 30 pudo soñar con la modernidad técnica precisamente porque nadie sabía con certeza dónde terminaba lo posible y dónde empezaba la fantasía. En ese margen de incertidumbre floreció una cultura de la anticipación, del entusiasmo, del “¿y si?”.
Hay una pregunta que Sarlo deja suspendida a lo largo de todo el libro y que la reedición vuelve inevitable: ¿qué pasó con ese sueño? El texto no lo dice de forma directa —no es un libro sobre el fracaso sino sobre la promesa—, pero la pregunta late en cada página. “Está claro que la preocupación que guió este trabajo remite a una pregunta (que hoy nos interesaría a todos responder) sobre las posibilidades abiertas en la Argentina de las primeras décadas de este siglo, probablemente un país que tuerce muy radicalmente su curso en los años cuarenta.”
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Esa frase, escrita en 1992, no ha perdido un gramo de peso. La Argentina que Sarlo describe en La imaginación técnica es un país que existió: entusiasta, poroso, capaz de imaginar su propio futuro con alegría. Un país en el que un hijo de inmigrantes podía armar una radio en su cuarto y sentir que el mundo cabía en sus manos. Que ese país haya “torcido muy radicalmente su curso” es el dato que el libro no elabora pero que el lector de hoy no puede ignorar.
La última imagen del libro no es un fracaso sino una convergencia. Sarlo escribe que el sueño moderno tuvo su potencia real “cuando convergen algunos escritores, decenas de periodistas y un público que encontraba materia para la fascinación en el ensueño moderno de la técnica”. Escritores como Arlt. Periodistas como los de Crítica. Un público que leía, escuchaba, armaba, imaginaba. Una cultura que, por un momento, creyó que el futuro le pertenecía.
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La imaginación técnica se reedita pocos meses después de la muerte de su autora, en diciembre de 2024, como parte de la Biblioteca Beatriz Sarlo que Siglo XXI construye como homenaje póstumo. Leerlo hoy es leer un libro sobre la Argentina que pudo ser. Y también, aunque Sarlo nunca lo hubiera dicho así, sobre la que todavía no terminamos de ser.
◆ Beatriz Sarlo (Buenos Aires, 29 de marzo de 1942 - Buenos Aires, 17 de diciembre de 2024) fue periodista, escritora y ensayista, una de las figuras centrales de la crítica literaria y cultural argentina del siglo XX y comienzos del XXI. Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires, dirigió entre 1978 y 2008 la revista *Punto de Vista*, que fue durante tres décadas el principal espacio de renovación teórica en el campo de los estudios culturales y literarios del país.
◆ Dictó cursos en las universidades de Columbia, Berkeley, Maryland y Minnesota, fue fellow del Wilson Center en Washington y ocupó la cátedra Simón Bolívar en la Universidad de Cambridge. Escribió con regularidad en La Nación, Perfil y la revista Noticias.
◆ Entre sus libros más influyentes figuran Una modernidad periférica: Buenos Aires, 1920 y 1930 (1988), Escenas de la vida posmoderna (1994), La máquina cultural (1998), Tiempo pasado (2005) y La ciudad vista (2009). Su último libro, No entender. Memorias de una intelectual, fue publicado por Siglo XXI en 2025, de forma póstuma.
◆ Recibió el Premio Konex de Platino por Ensayo Literario (2004), el Premio Pluma de Honor de la Academia Nacional de Periodismo (2013), el Premio Internacional Pedro Henríquez Ureña del Ministerio de Cultura de la República Dominicana (2015) y la Orden do Mérito Cultural de la República de Brasil (2009), entre otros reconocimientos.
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