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Sor Juana Inés de la Cruz, filósofa mexicana: “Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar, sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos”

El manifiesto de una mujer que desafió a la Iglesia desde la clausura. Un viaje al corazón del texto más valiente del Barroco americano, donde esta religiosa nacida en la ciudad de San Miguel Nepantla, el entonces Virreinato de la Nueva España, convirtió la búsqueda del conocimiento en un derecho inalienable

Desde su instauración, la efeméride ha servido para acercar a la población al conocimiento y al entretenimiento
Sor Juana Inés de la Cruz, filósofa mexicana: “Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar, sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos” (Pintura de Juan de Miranda)
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¿Qué se hace cuando el deseo más profundo de tu vida es considerado un pecado por las autoridades de tu tiempo? Para una mujer del siglo XVII, la respuesta lógica era el silencio y la obediencia. Pero Juana Inés de Asuaje y Ramírez de Santillana, universalmente conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, no era una mujer común. Desde su celda en el Convento de San Jerónimo, en la Ciudad de México colonial, la llamada “Décima Musa” transformó el acto de leer y pensar en una trinchera.

La frase que corona este artículo no es una simple muestra de modestia; es el núcleo de su declaración de principios y el pasaje más célebre de su obra en prosa más disruptiva. El texto donde aparece este enunciado es la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691). Lejos de ser una carta común, este documento es una de las defensas de los derechos intelectuales de la mujer más importantes de la historia hispánica. El manuscrito nació como respuesta a una trampa. Empecemos por esa historia.

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El obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, fascinado pero asustado por el talento de la monja, había publicado sin su permiso una brillante crítica teológica escrita por ella. Para proteger su propia posición, el obispo firmó la publicación bajo el seudónimo femenino de “Sor Filotea” y le mandó una carta a Sor Juana recomendándole que dejara las letras profanas y se dedicara exclusivamente a la oración. La respuesta de la religiosa fue un contraataque magistral.

Al escribir “yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar, sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos”, la monja desarmaba el principal argumento de la Iglesia católica. En el barroco, que una mujer enseñara teología formal estaba prohibido por mandato bíblico. Al posicionarse no como una maestra soberbia que busca imponer su voz, sino como una humilde estudiante que padece un “deseo natural” e incontrolable por conocer el mundo, Sor Juana legitimaba su biblioteca.

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Portada del libro Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, de Sor Juana Inés de la Cruz. Contiene una pila de libros, pergamino, pluma y tintero. Logo Fundación Carlos Slim.
"Respuesta a Sor Filotea de la Cruz", de Sor Juana Inés de la Cruz

Esta idea resume a la perfección el pensamiento y la vida de su autora. Toda la biografía de Sor Juana estuvo marcada por esta obsesión por el saber. Desde los tres años, cuando se escondió para aprender a leer, hasta su adolescencia en la corte del virrey Antonio Sebastián de Toledo, donde deslumbró a cuarenta sabios en un examen público, el conocimiento fue su motor. Incluso su decisión de tomar los hábitos y entrar a un convento —en lugar de casarse— obedeció a una lógica estrictamente intelectual.

El matrimonio le habría quitado las horas necesarias para sus libros, mientras que la clausura, a pesar de sus restricciones, le ofrecía un espacio propio para estudiar astronomía, música, física y poesía. Su obra cumbre en verso, el complejo poema filosófico Primero sueño (1692), no es otra cosa que el viaje del alma humana intentando comprender el universo entero en una sola noche. Para ella, estudiar no era un acto de vanidad o ambición profesional, sino una necesidad vital.

La importancia de la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz radica en su carácter fundacional porque cita precedente y pone la semilla de la rebeldía. En una época donde las mujeres eran consideradas menores de edad perpetuas, Sor Juana utilizó la lógica de sus mismos opresores para demostrar que la inteligencia no tiene género. Argumentó que Dios no le habría dado entendimiento a las mujeres si pretendiera que lo mantuvieran a oscuras. Sin embargo, el costo de su valentía fue altísimo.

La presión del arzobispo de México, Francisco de Aguiar y Seijas —un hombre profundamente misógino—, y la amenaza de la Inquisición la obligaron finalmente a deshacerse de su biblioteca de más de cuatro mil volúmenes y a firmar una abjuración de sus actividades intelectuales con su propia sangre. En un presente saturado de opiniones instantáneas y debates ruidosos, la lección de la monja jerónima nos invita a recuperar la humildad frente al saber y así defender nuestra libertad.

Develación de las esculturas de Doña Josefa Ortiz, Gertrudis Bocanegra, Sor Juana Inés De La Cruz y Margarita Maza en en el Paseo de las Heroínas. (Foto: Twitter/@Claudiashein)
Sor Juana Inés De La Cruz, escultura en el Paseo de las Heroínas, Ciudad de México, elaborada por un colectivo de artistas plásticas integrado por Regina Gatsi, Dafne Quiñones, María Maciel e Irasema Anzures (Foto: Twitter/@Claudiashein)

¿Quién es Sor Juana Inés de la Cruz?

Sor Juana Inés de la Cruz nació el 12 de noviembre de 1648 (o 1651, según diversas fuentes) en San Miguel Nepantla, México. Hija ilegítima en una sociedad rígidamente estratificada, su prodigiosa inteligencia se manifestó tempranamente: aprendió a leer a los tres años y en su adolescencia deslumbró a la corte del virrey Antonio Sebastián de Toledo por sus vastos conocimientos. A los diecinueve años, rechazando el matrimonio para salvaguardar su libertad intelectual, ingresó al Convento de San Jerónimo.

En su celda reunió una de las bibliotecas más ricas de la América colonial, convirtiéndose en la figura central del Barroco hispanoamericano gracias a una producción brillante que abarcó desde piezas como Los empeños de una casa (1683) o Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691). Los últimos años de su vida estuvieron marcados por un doloroso cerco institucional; acosada por las jerarquías eclesiásticas, se vio obligada a vender sus instrumentos científicos y sus más de cuatro mil libros.

En un acto de capitulación forzada, firmó sus votos religiosos con su propia sangre, declarándose “la peor del mundo”. Poco después, una terrible epidemia de tifus asoló la capital virreinal y la monja se dedicó por completo al cuidado de sus hermanas enfermas. Contrajo la enfermedad y falleció el 17 de abril de 1695 en la Ciudad de México, dejando un legado imperecedero como la primera gran intelectual, poeta y defensora de los derechos de las mujeres en el continente americano.

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