Invasiones inglesas: una novela histórica revive los 49 días de la ocupación de Buenos Aires

‘Cuarenta y nueve días bajo la niebla’, de José Salem, vuelve al amanecer del 25 de junio de 1806 para retratar una ciudad fracturada entre la resistencia y la traición, con ecos que llegan al presente

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Invasiones inglesas y salem portada
Se cumplen 220 años del desembarco de las tropas británicas en Buenos Aires, un episodio decisivo de la historia argentina, e Infobae comparte fragmentos de "Cuarenta y nueve días bajo la niebla", de José Salem, que tiene este suceso como escenario

Este 25 de junio se cumplen 220 años del desembarco de las tropas británicas en Buenos Aires, uno de los episodios más decisivos —y menos explorados— de la historia argentina. Para conmemorar la fecha, Infobae Cultura comparte fragmentos de los dos primeros capítulos de Cuarenta y nueve días bajo la niebla (Cuatro Letras, 2026), la nueva novela de José Salem, que reconstruye aquellos 49 días en que la ciudad estuvo bajo ocupación inglesa.

La novela transcurre entre el 25 de junio y el 12 de agosto de 1806, desde el desembarco británico hasta la Reconquista de Buenos Aires, y lo hace desde adentro: no desde los salones del poder ni los partes de guerra, sino desde la vida doméstica de los habitantes de una ciudad que de pronto ya no reconoce quién manda ni quién obedece. La familia Etcheverry, con sus lealtades divididas y sus posiciones enfrentadas, encarna esa fractura. Junto a ella desfilan figuras históricas reales —el virrey Sobremonte, el general Beresford, Santiago de Liniers, Pueyrredón, Ruiz Huidobro— y personajes ficticios que dan cuerpo a las ambigüedades morales de toda sociedad en crisis.

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La invasión de 1806 fue mucho más que un episodio bélico: por primera vez, los habitantes de Buenos Aires advirtieron que podían defenderse sin la ayuda de España. Esa certeza dejó una huella política profunda y constituyó uno de los antecedentes del proceso independentista que culminaría pocos años después.

Jorge Salem estudió Lengua y Civilización Francesa en la Universidad de La Sorbona, Historia del Arte en la Fundación del Museo Nacional de Bellas Artes y Periodismo. Publicó el libro de relatos Donde la vida nos lleva (Paradiso Ediciones, 2021) y la novela Dominó (Fagus Editorial, 2024). Cuarenta y nueve días bajo la niebla es su segunda novela y su primera incursión en la ficción histórica.

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La explosión que sacudió el amanecer se coló en la cama de Antonia sin lograr conmoverla de inmediato; como si su inconsciente tratara de protegerla, de estirar el regreso del sueño y así ocultarle la realidad que empezaba a instalarse. Por un momento, permanecería en la complaciente ignorancia que protege del peligro en ciernes. Medio dormida, tardó en advertir el eco del primer cañonazo; aún se resistía a abandonar la imagen de un mar que reposaba como uno de esos ríos calmos en un día sin brisa, casi sin aire. Hasta que la seguidilla de estampidos alteró todo.

El segundo estruendo la arrancó del colchón con cierta violencia. Y el tercero la llevó al nuevo escenario que ya no se acercaba como amagaba desde hacía un tiempo, sino que estaba ahí, a unos cientos de metros de su habitación. No tocaba a su puerta. Llamaba directo a sus tímpanos, a su inteligencia; lo comprendió en el fugaz instante que transcurrió entre el último cañonazo y el primer bostezo.

Antonia se incorporó mediante un movimiento brusco. Se sacó el gorro y se acomodó los cabellos que estaban húmedos. El mar, onírico, se había desvanecido, al igual que el sosiego. Lo primero que llamó su atención fue que el camisón, que siempre esperaba su despertar en el respaldo de la silla, estaba desparramado por el piso y a su lado había ido a parar la camisa blanca de hilo que la esclava había dejado preparada la noche anterior. Su inquietud fue aún mayor porque tuvo la sensación de que las cosas también percibían lo que estaba sucediendo, como si no se tratara de objetos inanimados, como si tuviesen alma.

* * *

A dos puertas de distancia, la sorpresa de Ignacio y sus amigos no pasaba por los tres cañonazos previstos por la ordenanza para el caso de ataque a la ciudad, sino por la demora con la que se hicieron oír. Desde el día anterior, como muchos, conocían el secreto a voces.

En la estancia familiar de la zona de los Quilmes, unos veinte kilómetros al sur de Buenos Aires, terminaban de diseñar a los apurones y durante la noche —como corresponde a toda estrategia velada— un plan que intentaría burlar tanto a los españoles como a los ingleses.

[...]

Eran las siete de la lluviosa madrugada del miércoles 25 de junio de 1806 cuando ya ningún habitante —aguatero, indio, burgués, carpintero, estanciero, negro, jabonero, criollo, comerciante, albañil, español, boticario, herrero, clérigo, barbero, blanco, torero, noble, ladrillero, francés, carretero, mestizo, cabildante, peón, abogado, mulato, pulpero, ama de casa, liberto, farolero, médico, esclavo, notario— podía dudar de que una realidad desconocida despuntaba. La inteligencia y la razón se lo revelaban a unos; la intuición y el sentimiento, a otros.

* * *

Primera invasión inglesa
La invasión de 1806 mostró que Buenos Aires podía defenderse sin España y quedó como antecedente del proceso independentista

Los tres cañonazos que despertaron a quienes todavía dormían eran la alarma prevista que partió del Fuerte. El virrey de Sobremonte fue uno de los primeros sorprendidos por la presencia del ejército invasor frente a las costas porteñas, pues estaba convencido de que atacarían la vecina Montevideo. Había, incluso, desoído un oficio que dos semanas antes le había hecho llegar el gobernador militar de esa plaza, por el cual le transmitía su preocupación al haberse divisado en las cercanías de Maldonado una importante flota que aparentaba ser de guerra y que se dirigiría hacia Buenos Aires.

Tal era su convicción que, como respuesta al oficio recibido, con la pretensión de fortalecer las defensas de Montevideo, hacia allí había enviado las fuerzas veteranas de caballería del regimiento de Dragones, entre otras, y dejado más desguarnecida la capital del virreinato. Visto como un error de cálculo, de apreciación, por algunos, no se trató sino de un yerro que patentizó su impericia para el alto cargo que desempeñaba; eso, más allá de la falta de coraje que evidenció, no más transcurridas algunas horas de escuchados los cañonazos, al dejar la ciudad librada a su suerte, que —por suerte, valga la redundancia— aspiraba a tomar a su cargo un tal Santiago de Liniers que no era porteño ni español ni británico.

* * *

[...]

* * *

La niebla se había espesado. Habría que aguardar, aún, unos cuarenta y tantos días para que un viento seco la desalojara. A diferencia de ella, la muchedumbre sí se había diluido hasta la mañana siguiente en que regresaría a la Plaza Mayor a buscar armas.

La ciudad simulaba tranquilidad; no solo los seres humanos fingimos. El paso de la poca gente y de algún que otro bulto espectral que la transitaba nada tenía que ver con el desquiciado andar del que había sido víctima horas antes. Pero era una calma tensa, un nudo que se afloja, una chispa latente, sangre que se entibia, ebullición al acecho, cielo que cambia de tonalidades siempre grises, noche ambigua, nudo que se crispa, puños listos a ponerse en acción. Oscurece, amanece, todo se muestra igual, todo es diferente. La espera es como la niebla: alargada, informe. Como si ambas llegaran para quedarse; escondedoras, inciertas. La espera plantea mil hipótesis: quién, cuándo, cómo, por qué, para qué. La niebla oculta mil hipótesis: quién, cuándo, cómo, por qué, para qué. En uno y otro caso, la incertidumbre. Qué hay más allá, cuando la espera se acabe, cuando la niebla se disipe.

Un dolor punzante en la zona lumbar le hizo recordar a Ignacio al tal Romualdo Emeterio —no recordaba el apellido— que había usado su espalda de felpudo. Unos pinchazos lo obligaban a caminar de lado y le llevaron una ráfaga de inquietud, no fuera cosa que el malestar se intensificara y le limitara los movimientos. Así como la molestia hizo su imprevista aparición, así la desechó de plano. Nadie muere en la víspera, se dijo en voz alta y dejó escapar una bocanada de vapor que no podía sino ser producto del fuego que ardía en su interior y que impediría que cualquier golpe, por duro que fuera, lo apartara a un costado.

Al doblar la esquina para tomar la Calle San Carlos divisó, algo difuminada, tras la bruma que amagaba desvanecerse, la elegante fachada de su morada. Se detuvo a la altura de la Confiserie Française —punto de encuentro de la gente decente— y se puso a observar en perspectiva el portal de madera que permitía el acceso de carruajes —y, dentro de aquel, la puerta de cancela utilizada para el ingreso de personas—; estaba pintado de un negro que refulgía por la grasa aplicada, junto con el tinte, para proteger la madera de la humedad, y coronado por una voluminosa aldaba de hierro forjado. Sobre ella, un arco quebrado compuesto por dos tramos de circunferencias de distinto centro llamados a cruzarse en la parte superior —mandado a construir por Eustaquio al volver de su último viaje a Europa después de haber observado los portales de las bellas mansiones— daba al conjunto un aire de distinción. A cada costado, una ventana enmarcada con jambas y cubierta con una reja conformada por tres barrotes de hierro forjado de sección circular con abalaustramiento y anillos completaba la simpleza de estilo pretendida por los dueños de casa. A diferencia de algunos vecinos que optaban por colorear de distintas intensidades de rosado el frente de las residencias, los Etcheverry, conforme la estricta moda inglesa, mantuvieron el suyo encalado de blanco inmaculado.

* * *

[Fotos: Rendición de Beresford: le ofrece su espada a Liniers, quien la rechaza (Oleo de Charles Fouqueray, 1909) y composición de Infobae]

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