
Este 17 de junio de 2026 se cumplen 50 años de la muerte de Francisco “Paco” Urondo, poeta central de la generación del 60, narrador, dramaturgo, ensayista y cronista que construyó a lo largo de más de dos décadas una obra que desdibuja las fronteras entre literatura, periodismo y reflexión política, y que hoy se lee como uno de los legados más complejos y vivos de la cultura argentina del siglo XX. Escribió poesía como quien afila un cuchillo: con precisión, con propósito, sin ornamento.
Nació en Santa Fe el 10 de enero de 1930, en el seno de una familia de clase media, y desde temprano gravitó hacia los círculos literarios y culturales, primero en su ciudad natal y luego en Buenos Aires, donde se integró a redes de poetas, narradores, críticos y cineastas que, a mediados del siglo, estaban refundando el mapa de las letras argentinas. Esa inserción en el campo cultural le permitió desarrollar un perfil de intelectual integral —escritor, guionista de cine, periodista, docente universitario, ensayista— donde la experimentación formal nunca se separó de la reflexión sobre el tiempo histórico que le tocó vivir.
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Su trayectoria poética arrancó en 1954 con el poemaario La Perichole y se extendió por más de veinte años, pasando por Historia antigua (1956), Dos poemas (1958), Breves (1959) y Lugares (1961), hasta alcanzar su etapa más influyente en la década siguiente. Ya en esos primeros poemarios se percibe el gesto que definiría toda su lírica: el rechazo a la grandilocuencia, la apuesta por una economía expresiva que prescinde de la retórica ampulosa, y una conciencia aguda de que el lenguaje debe responder a una realidad marcada por la desigualdad y la violencia. Un cuaderno de poesía crítica dedicado a su obra lo describe como uno de los poetas en lengua castellana que, “con más valor y lucidez y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad de la escritura”, y al mismo tiempo contra un sistema social empeñado en crear sufrimiento injusto
La madurez lírica de Paco Urondo
La década de 1960 marcó el punto de mayor intensidad de su poesía. Con Nombres (1963), Del otro lado (1967), Adolece/r (1968) y Son memorias (1970), Paco Urondo llevó al límite la articulación entre lenguaje coloquial, paisaje urbano y reflexión política. Los poemas de esos años se pueblan de escenas urbanas, referencias a bares, calles y situaciones reconocibles de la vida moderna argentina, en un registro deliberadamente cercano al habla de la calle, aunque sometido a un trabajo estilístico riguroso. Esta elección estética supone una toma de posición frente a otras tradiciones líricas más herméticas, y se enmarca en la tendencia más amplia de la poesía latinoamericana hacia el coloquialismo crítico.
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Nombres es, en ese arco, un libro revelador. La insistencia en nombrar —personas, lugares, situaciones concretas— puede leerse como un gesto contra el anonimato que impone un sistema deshumanizante, y como un intento de fijar en el lenguaje a sujetos y experiencias amenazados por la desaparición. Son memorias (1970) lleva esa lógica hacia la memoria como eje central: los poemas enlazan historias personales con escenas políticas, afectos con acontecimientos públicos, amor con violencia de Estado. La memoria que construye no es un refugio nostálgico; es una herramienta crítica para comprender el presente.
En 1972 apareció la compilación Todos los poemas, que incluyó los Poemas póstumos, textos escritos poco antes de su muerte que condensan con particular intensidad la tensión entre vida, muerte y lucha. La edición de su Obra poética completa, publicada en 2006 por Adriana Hidalgo editora a treinta años de su muerte, reunió todos sus libros desde La Perichole hasta Todos los poemas y permitió apreciar la profunda coherencia interna de una escritura lírica que, pese a sus transformaciones, se mantuvo siempre fiel a una exigencia de honestidad frente al lenguaje y a la realidad. La selección Poemas de batalla, preparada por su amigo y compañero Juan Gelman publicada en 1998, ofreció otra vía de acceso: la de una poesía de combate que no se limita a la consigna, sino que explora la complejidad del dolor, la fragilidad de la experiencia y la imposibilidad de representar el sufrimiento sin banalizarlo.
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Cuentos, novela y teatro
La narrativa breve de Paco Urondo es, quizás, la parte de su obra que durante más tiempo permaneció en la sombra. Publicó dos libros de cuentos en la década del sesenta: Todo eso (1966) y Al tacto (1967), reunidos luego en Todos los cuentos por Adriana Hidalgo. El primero reúne tres relatos largos sobre mujeres y política; el segundo, quince cuentos breves que acusan la influencia del boom latinoamericano y de cuentistas argentinos de su generación como Miguel Briante, Abelardo Castillo, Isidoro Blaisten y Haroldo Conti.
Los dieciocho relatos despliegan episodios en apariencia cotidianos que exponen tensiones profundas de la época: amor, violencia, militancia, memoria, deseo. La prosa es sobria —diálogos construidos con cuidado, descripciones precisas, uso controlado de recursos metafóricos—, y comparte con su poesía el rechazo a la retórica ampulosa y la orientación hacia un registro cercano a la oralidad. La presencia de personajes femeninos, figuras marginales o sujetos enfrentados a situaciones límite muestra cómo la narrativa breve funciona, en su obra, como un campo de experimentación para pensar los efectos de la politización y la violencia en la vida privada.
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Su única novela, Los pasos previos, publicada en el agitado 1972 por Sudamericana, ocupa un lugar central tanto en su obra como en las narrativas de la militancia de la época. El título remite a una situación de umbral: la novela indaga en el momento anterior al salto hacia el compromiso político radical, en ese espacio de vacilación donde se entrecruzan convicciones éticas, afectos, miedos y deseos de transformación. Lejos de la épica militante lineal, Urondo presenta un mapa de dudas y dilemas, lo que convierte al texto en un documento excepcional de la trama afectiva e ideológica de la generación setentista. La reedición de este libro ha permitido releerlo como un díptico con La patria fusilada (el testimonio periodístico, desde una celda en la cárcel de Villa Devoto, de los sobrevivientes de la Masacre de Trelew del 22 de agosto de 1972.
El teatro de Urondo —reunido bajo el título Muchas felicidades y otras obras, editado en La Habana en 1986, una década después de su muerte— completa ese mapa genérico. Las piezas incluidas, entre ellas Sainete con variaciones, Homenaje a Dumas, Veraneando y Archivo General de Indias, combinan teatro político, comedia crítica y experimentación formal. La incorporación de recursos del sainete muestra un interés por trabajar con formas teatrales arraigadas en la cultura popular argentina y resignificarlas desde una perspectiva contemporánea.
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El ensayista sobre poesía argentina
Paco Urondo también fue un lector agudo de sus contemporáneos. Su ensayo Veinte años de poesía argentina, publicado en 1968 e incorporado luego al volumen Ensayos de Adriana Hidalgo, constituye un balance crítico de la lírica del país entre las décadas de 1940 y 1960. Al examinar a otros poetas, explicita criterios estéticos e ideológicos que también guían su propia obra: atención a la relación entre forma y contenido, rechazo de las corrientes que se desentienden de la realidad social, exigencia de una escritura que no traicione la experiencia de los sujetos de los que habla. El ensayo funciona como una poética indirecta, una declaración de principios que permite comprender desde adentro las decisiones que tomó como poeta y como narrador.
La publicación del volumen de Ensayos reforzó la imagen de un intelectual que no solo escribía poesía y ficción, sino que también intervenía en debates culturales más amplios: el lugar de la literatura en la sociedad, el papel de los medios de comunicación, las responsabilidades del escritor frente a procesos históricos de gran intensidad. Esa dimensión reflexiva y crítica es inseparable de su obra creativa.
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El nuevo periodismo
Menos conocida durante décadas, pero no menos decisiva, es la trayectoria de Paco Urondo como periodista. Colaboró en revistas como Primera Plana, Confirmado, Panorama y La Opinión, publicaciones que jugaron un papel central en la renovación del periodismo argentino de los años sesenta, apostando por el análisis, la investigación y la interpretación. También participó en la revista Crisis, espacio de articulación entre literatura, política y reflexión cultural. A principios de los años setenta, en el diario Noticias -financiado por la agrupación Montoneros- llegó a desempeñarse como secretario general de redacción, posición que evidencia la confianza de sus compañeros en su criterio periodístico y político.
El volumen Obra periodística. Crónicas, entrevistas y perfiles 1952–1972, publicado por Adriana Hidalgo en 2013, reunió por primera vez de forma sistemática textos que hasta entonces permanecían dispersos en hemerotecas y archivos. Los editores señalan que se trata de la parte menos conocida y difundida de su obra, y que permite seguir de cerca tanto las preocupaciones del autor como la maduración de sus líneas de escritura y de sus reflexiones estéticas e ideológicas.
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Los rasgos que definen ese estilo periodístico son consistentes a lo largo de todo el corpus: rigor investigativo, exhaustividad en el tratamiento de los temas y una vastedad cultural que articula referencias literarias, filosóficas e históricas en el marco de la crónica o el reportaje. Esa densidad no opera como adorno erudito, sino como herramienta para complejizar la comprensión de los hechos. En una reseña teatral, por ejemplo, podía introducir referencias a la historia del género, a pensadores políticos o a otros dramaturgos, construyendo un entramado que situaba la obra en un horizonte de sentido más amplio. El verdadero sentido de la crítica cultural, al fin y al cabo.
La calidad de su escritura periodística es otro rasgo definitorio: una prosa clara y precisa, capaz de integrar descripciones vívidas, diálogos ágiles y pasajes de reflexión sin perder fluidez. Esta combinación llevó a quienes compilaron su obra a considerarla representativa de lo que luego se llamó “nuevo periodismo” en la Argentina de los 70: una forma de periodismo que integra recursos literarios sin sacrificar la fidelidad a los hechos. En ese linaje, Paco Urondo aparece como una figura fundacional, anterior y paralela a las influencias del periodismo narrativo anglosajón, adaptadas a un contexto local de aguda conflictividad política.
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‘La patria fusilada’: un testimonio’
En agosto de 1972, la Masacre de Trelew conmocionó a la Argentina: tras una fuga de presos políticos del penal de Rawson, un grupo de militantes fue recapturado y fusilado en la base aeronaval Almirante Zar. Solo tres sobrevivientes lograron salvar sus vidas. Nueve meses después, Urondo —que había compartido prisión con ellos— los entrevistó de forma exhaustiva. De ese proceso surgió La patria fusilada, publicado en 1973, hito de la literatura testimonial y del periodismo de investigación en el país.
El libro se estructura como una extensa conversación en la que los tres sobrevivientes relatan la fuga, la recaptura, el fusilamiento y sus trayectorias militantes previas. La revista Crisis destacó la intensidad del documento, subrayando que los testigos vivían entonces una mezcla de euforia y conciencia trágica, con plena noción de que sus palabras podían tener un destino incierto en un país al borde de mayores violencias. El trabajo de Urondo como entrevistador es clave: sus preguntas orientan el relato, vuelven sobre puntos oscuros, empujan a los testigos a profundizar en la descripción de los hechos. El resultado combina fidelidad al testimonio oral con una organización narrativa de gran fuerza literaria y política.
Desde el punto de vista del género, La patria fusilada puede ser considerado a la vez libro de entrevistas, reportaje de investigación y texto de testimonio. La decisión de publicarlo así, casi sin mediaciones autorales explícitas, responde también a una ética de la escucha: el escritor-periodista se coloca como mediador entre los testigos y el lector, antes que como narrador omnisciente. Su presencia se hace sentir, aun así, en la estructura del diálogo, en la selección de temas y en la forma de repreguntar, lo que revela un trabajo de escritura que va mucho más allá de la simple transcripción.
Publicado en un momento de gran agitación política, el libro funcionó como denuncia de los crímenes del régimen militar y como advertencia sobre los peligros de la impunidad. Al registrar y organizar los relatos de los sobrevivientes, Urondo contribuyó a fijar una versión de los hechos que se oponía a la versión oficial del Estado, que había presentado los fusilamientos como un intento de fuga. En ese sentido, anticipó la importancia que tendrían las declaraciones de testigos en los juicios por delitos de lesa humanidad décadas más tarde.
Los años de plomo
La represión desatada a partir de 1976 tuvo consecuencias directas sobre la circulación de su obra. Muchos de sus libros dejaron de ser accesibles, y su figura fue invisibilizada en el campo cultural oficial durante años. Paco Urondo murió el 17 de junio de 1976 en la provincia de Mendoza, en una emboscada de fuerzas represivas. Esa circunstancia contribuyó a silenciar su producción durante décadas.
La persistencia de su nombre en círculos de poesía y militancia de izquierda, y la circulación clandestina de algunos de sus textos, explican que, cuando el clima político lo permitió, se impulsaran proyectos de recopilación sistemática de su obra. Casa de las Américas, en Cuba, editó sus Poemas en 1984 y reeditó Todos los poemas en 1986, actuando como puente hacia la recuperación posterior en Argentina. La labor de Adriana Hidalgo editora fue determinante en ese proceso: su Biblioteca Urondo articuló volúmenes de poesía, narrativa, ensayos y periodismo, construyendo un corpus accesible que hoy permite leer su obra en toda su amplitud genérica.
Esa recuperación no se limitó a una tarea filológica. Movimientos de derechos humanos, organizaciones de ex presos políticos y espacios de memoria lo reivindican a como víctima del terrorismo de Estado y como símbolo de una generación comprometida con la transformación social. La patria fusilada ocupó allí un lugar central, leído como antecedente de las prácticas testimoniales que acompañaron los juicios por la verdad. La Obra periodística (2013), en particular, cuestionó lecturas simplificadoras de su figura, mostrando la complejidad de un intelectual público que intervino abiertamente en el debate cultural, poniendo su oficio de escritor al servicio de la comprensión crítica de su tiempo, mucho antes de que la clandestinidad lo absorbiera por completo.
Su legado, además, se materializa en dos puntos del país. El Centro Cultural Universitario Paco Urondo, creado en 2002 por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en el microcentro porteño —25 de Mayo 201—, funciona como un espacio donde la producción artística, la academia y la comunidad se cruzan a través de exposiciones, jornadas, conciertos y presentaciones de libros. A más de 1.000 kilómetros de distancia, el Centro Cultural Provincial Francisco “Paco” Urondo de Santa Fe lleva su nombre desde noviembre de 2013, cuando la Legislatura provincial aprobó la ley que rebautizó ese edificio inaugurado en 1929 como Cine Teatro Moderno: hoy alberga una sala mayor de 800 butacas, ciclos de danza, teatro y música, y talleres de formación artística.
La búsqueda de la “palabra justa” —expresión que condensa su proyecto estético y ético— recorre de manera transversal toda su producción: en la poesía, como exigencia de una dicción que no traicione la experiencia de los sujetos de los que habla; en el periodismo, como esfuerzo por nombrar los hechos con exactitud y dar a los testigos el espacio para narrar con sus propias palabras; en la narrativa, como exploración de las contradicciones íntimas de personajes implicados en procesos de crisis. Esa coherencia profunda entre géneros y registros es lo que hace de su obra un objeto de lectura imprescindible que no ha perdido fuerza, medio siglo después de un final trágico.
[Fotos: archivo familiar/Ministerio de Cultura de la Nación]
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