
Hay momentos en la historia de la televisión que suspenden el tiempo. El 22 de enero de 1977, en los estudios de Televisión Española (RTVE), el periodista Joaquín Soler Serrano se sentó frente a un hombre de anteojos oscuros, mirada severa y hablar pausado. Era Ernesto Sabato. Durante más de una hora, el programa A fondo se convirtió en un confesionario laico. A mitad del reportaje, acorralado amablemente por las preguntas sobre su pasado como físico cuántico, el escritor argentino lanzó una sentencia que, décadas más tarde, las redes sociales convertirían en mantra
“Creo que la verdad está bien en las matemáticas, en la química, en la filosofía. No en la vida. En la vida es más importante la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza”, dijo. Para entender el peso atómico de estas palabras, es necesario volver atrás, lejos del mito del escritor, cerca del hombre de ciencias. Hacia finales de la década de 1930, era una de las promesas más brillantes de la ciencia sudamericana. Doctorado en Física y Matemática, becado para trabajar en el Laboratorio Curie de París.
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Allí, rodeado de tubos de ensayo, fórmulas electromagnéticas y la herencia de Marie Curie, el físico argentino comenzó a sufrir una silenciosa metamorfosis. Mientas de día calculaba radiaciones atómicas, de noche se cruzaba en los cafés parisinos con los popes del surrealismo como André Breton y Tristan Tzara. Fue en ese violento choque cultural donde descubrió una verdad alarmante: la ciencia podía explicar el movimiento de los astros o la división del átomo, pero permanecía completamente muda ante el dolor de un hombre abandonado, el miedo a la locura o el misterio del amor.

Su ruptura definitiva se consumó en 1945 con la publicación de su primer libro de ensayos, Uno y el Universo, un ajusticiamiento público a su pasado científico. A partir de allí, su literatura se transformó en una trinchera existencialista. Cuando Ernesto Sabato pronuncia esta frase en 1977, el mundo y su propia biografía atravesaban un temblor definitivo. España transitaba los primeros pasos de la Transición democrática tras la muerte de Francisco Franco. El programa A fondo era el epicentro cultural de esa apertura. Entrevistaba a Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Juan Rulfo.
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Sabato ya era un autor consagrado mundialmente. Había diseccionado la obsesión y los celos en El túnel (1948) y había bajado a los infiernos de la condición humana con el terrorífico “Informe sobre ciegos”, pieza central de Sobre héroes y tumbas (1961). Tres años antes de la entrevista, en 1974, había cerrado su trilogía de ficción con Abaddón el exterminador. Faltaba un lustro para que el presidente Raúl Alfonsín le encomendara la presidencia de la CONADEP y el histórico informe Nunca Más.
En ese enero de 1977, Ernesto Sabato miraba el panorama global con el pesimismo crónico que lo caracterizaba. La frase dicha ante Joaquín Soler Serrano es, posiblemente, el resumen más perfecto y compacto de todo su pensamiento filosófico. En su ensayo fundamental, Hombres y engranajes (1951), el escritor ya había advertido que el capitalismo y el racionalismo abstracto habían convertido al ser humano en un simple tornillo de una gigantesca maquinaria anónima.
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Para Ernesto Sabato, la “verdad” de las ciencias exactas es una verdad deshumanizada. La vida humana, en cambio, es intrínsecamente imperfecta, caótica y contradictoria. Lo que nos mantiene en pie —sostenía el autor de La resistencia— son los mitos, las ficciones, el arte. Minutos después redondeó la idea con una lucidez aplastante: “¿Sabemos acaso lo que es la verdad? Si yo le digo que aquel trozo de ventana es azul, digo una verdad. Pero es una verdad parcial, y por lo tanto una especie de mentira”.
A casi cincuenta años de aquella noche en Madrid, la advertencia del pensador de Santos Lugares resuena con una vigencia escalofriante. En tiempos de algoritmos predictivos, inteligencias artificiales y datos duros que pretenden cuantificar el comportamiento humano, el viejo escritor nos recuerda desde el archivo que la única verdad que vale la pena defender se esconde en el barro de nuestras ilusiones, en el motor del deseo y en el sagrado territorio de la imaginación.
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¿Quién es Ernesto Sabato?
Ernesto Sabato (1911–2011) nació en Rojas, provincia de Buenos Aires, y se convirtió en una de las figuras intelectuales más complejas de Argentina. Tras doctorarse en Física en la Universidad Nacional de La Plata y trabajar en el prestigioso Laboratorio Curie de París, sufrió una profunda crisis existencial que lo llevó a abandonar la ciencia para entregarse por completo a la literatura, denunciando que el racionalismo deshumanizaba al hombre. Su consagración mundial llegó a través de una trilogía: El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abaddón el exterminador (1974).
Luego completó su obra con agudos libros de ensayos como Hombres y engranajes (1951) y El escritor y sus fantasmas (1963). Pero más allá de su rol artístico, su nombre quedó grabado en la historia política y social de su país por su inquebrantable compromiso con los derechos humanos. En 1983, asumió la presidencia de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), coordinando la investigación que dio vida al emblemático informe Nunca Más.
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Aquel viejo libro fue un pilar fundamental para el Juicio a las Juntas Militares tras la última dictadura argentina. Galardonado con el Premio Miguel de Cervantes en 1984, el máximo reconocimiento de las letras hispanas, pasó sus últimas décadas recluido en su mítica casona de Santos Lugares. Allí, rodeado de sus pinturas y sumido en la ceguera, falleció a los 99 años el 30 de abril de 2011, consolidado como la gran conciencia ética de la literatura argentina contemporánea.
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