
Un rey anciano abraza el cadáver de su hijo y llora: así termina la Ilíada. Un hombre solo mira el mar sin poder volver a casa: así empieza la Odisea. De los dos grandes poemas de Homero, escritos con décadas de diferencia pero unidos por la misma guerra y el mismo desgarro. La película de Christopher Nolan, que recaudó 264 millones de dólares en su primer fin de semana y se convirtió en el mayor estreno global de su carrera, devuelve a millones de espectadores a ese mundo. Vale la pena saber qué encontrarán.
La primera sorpresa espera justamente a quien decide volver a Homero. Solemos pensar que la Ilíada cuenta la guerra de Troya y que la Odisea narra el regreso de Odiseo. Es cierto, pero apenas en un sentido muy general. En realidad, ninguno de los dos poemas hace exactamente lo que esperamos.
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Las dos son obra de Homero, las dos nacen de la misma guerra y las dos llevan milenios siendo los textos fundacionales de la literatura occidental. Pero son poemas opuestos en casi todo lo demás: una transcurre en cincuenta y un días, la otra en diez años de viaje; una se queda en un campo de batalla, la otra recorre el Mediterráneo; una celebra la furia, la otra premia la inteligencia. Y sin embargo, los personajes de la segunda cargan con todo lo que perdieron en la primera.
La Ilíada no relata los diez años de la guerra. No empieza con el rapto de Helena ni termina con la caída de Troya. El célebre caballo de madera ni siquiera aparece. Homero elige un recorte mucho más reducido: unas pocas semanas del décimo año del conflicto, cuando una disputa entre Aquiles y Agamenón cambia el destino de los aqueos.
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La causa inmediata de esa disputa tampoco es Helena. Agamenón debe devolver a Criseida, su cautiva, para detener una peste enviada por Apolo y, como compensación, se apropia de Briseida, la joven que le había correspondido a Aquiles como botín de guerra. Ofendido en su honor, el mayor guerrero griego abandona el combate. Ese gesto basta para poner en marcha uno de los poemas más influyentes de la historia.

La guerra, entonces, queda en un segundo plano. Lo que ocupa el centro es la cólera de Aquiles, anunciada desde el primer verso. Esa ira, que arrastra a griegos y troyanos hacia una cadena de muertes, convierte la epopeya en algo más complejo que un relato bélico. Helena sigue allí, pero ya no es el eje de la acción. Incluso Príamo, el anciano rey de Troya, llega a decirle que no la culpa a ella, sino a los dioses. La guerra parece obedecer a fuerzas mucho más profundas que el gesto de una sola mujer.
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Ese desplazamiento explica por qué la Ilíada sigue sorprendiendo. Quien espera una sucesión de batallas descubre un poema lleno de conversaciones, deliberaciones, despedidas y escenas domésticas. Héctor se despide de Andrómaca y del pequeño Astianacte antes de volver al combate; Helena contempla desde las murallas a los héroes aqueos (griegos) y los identifica para Príamo; los dioses discuten entre sí como una familia imposible, tomando partido por uno u otro bando. La guerra nunca desaparece, pero Homero se detiene una y otra vez en aquello que sucede alrededor de ella.
El final del poema confirma esa elección. La Ilíada no concluye con una victoria, sino con una de las escenas más conmovedoras de toda la literatura. Príamo entra de noche en el campamento enemigo para recuperar el cuerpo de su hijo Héctor. Llega hasta la tienda de Aquiles, se arrodilla y besa las manos que mataron al muchacho. Aquiles, que durante todo el poema había parecido dominado por la cólera, piensa entonces en su propio padre y rompe a llorar. Ambos lloran juntos, cada uno por su muerto. Príamo llora por el hijo perdido y el otro por Patroclo, al que mató Héctor, y por el padre lejano al que quizá no volverá a ver. La guerra queda suspendida por unas horas, y el poema termina con los funerales de Héctor, no con la destrucción de Troya.
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Hay una simetría brutal entre los dos protagonistas. Aquiles elige matar a Héctor sabiendo que su propia muerte llegará poco después: el poema lo dice sin rodeos. Odiseo, en cambio, hace todo lo posible por sobrevivir y volver a casa. Uno acepta el fin con los ojos abiertos; el otro lucha contra él durante diez años. La Ilíada es el poema de la gloria que se paga con la vida. La Odisea es el poema de la vida que hay que reconquistar.
Cómo empieza la Odisea
La Odisea comienza cuando la destrucción de Troya ya ha ocurrido, pero también aquí la primera impresión puede engañar. Hoy tendemos a recordar sobre todo las aventuras: el Cíclope, Circe, las Sirenas, Escila y Caribdis, la isla de Calipso. El poema tarda varios cantos en llegar a ellas. Homero empieza en Ítaca, donde Penélope resiste desde hace años la presión de los pretendientes que consumen los bienes del palacio convencidos de que Odiseo ha muerto. Empieza también con Telémaco, un hijo que apenas conoció a su padre y emprende un viaje para averiguar si sigue vivo. Odiseo ni siquiera aparece en escena hasta más adelante.
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Cuando finalmente lo hace, tampoco comienza narrando sus aventuras. Lo encontramos retenido por la ninfa Calipso, que le ofrece permanecer para siempre con ella. Calipso puede darle aquello que ningún mortal posee: la inmortalidad y una juventud eterna. Odiseo rechaza la oferta. Homero no presenta esa decisión como un acto heroico ni necesita justificarla con largos discursos. Le basta mostrar al personaje sentado frente al mar, mirando hacia el horizonte y deseando volver a una pequeña isla pedregosa donde lo esperan una esposa envejecida y un reino amenazado.

A partir de allí, el poema despliega un repertorio de aventuras donde cada una revela un aspecto distinto de su protagonista. Frente al Cíclope, Odiseo vence gracias al ingenio y no a la fuerza; ante las Sirenas, sabe que la curiosidad puede ser tan peligrosa como el miedo; con Circe y Calipso descubre el atractivo y también el riesgo de olvidar el camino de regreso. Carlos García Gual, helenista y traductor, observa que, con la Odisea, la épica cambia de registro y se abre al relato de viajes, encuentros y maravillas. El mundo de Homero se ensancha: frente al espacio casi único de la Ilíada, aparecen islas, palacios, costas desconocidas y pueblos remotos.
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También cambia el héroe. Aquiles es el guerrero invencible cuya fama depende del combate. Odiseo se define por otra cualidad. Homero lo llama polýtropos, una palabra que alude a quien tiene muchos recursos, muchas astucias, muchas maneras de enfrentar una situación. No es casual que una de las escenas más famosas del poema ocurra cuando, preguntado por el Cíclope, responde que se llama “Nadie”. Aquiles jamás habría ocultado su nombre; Odiseo entiende que, en ciertas circunstancias, la inteligencia vale más que el prestigio.
Una de las más discretas es también una de las más conmovedoras. Cuando Odiseo regresa por fin a Ítaca, disfrazado de mendigo para no ser reconocido, el primero en identificarlo no es Penélope ni Telémaco, sino Argos, el viejo perro que lo esperaba desde hacía veinte años. Apenas lo ve, mueve la cola y muere. Homero despacha el episodio en unos pocos versos, pero bastan para convertirlo en un momento del poema.
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El reconocimiento entre Penélope y Odiseo también evita el sentimentalismo. Ella no corre a abrazarlo apenas lo ve. Desconfía. Lo pone a prueba ordenando que trasladen el lecho matrimonial. Odiseo protesta: ese lecho no puede moverse porque él mismo lo construyó alrededor del tronco de un olivo. Solo entonces Penélope sabe que el desconocido es realmente su esposo. Después de veinte años de separación, el reconocimiento depende de un detalle compartido, de un secreto doméstico que nadie más podía conocer.
La Ilíada no es solamente la historia de la guerra de Troya, sino un vasto retrato de hombres y mujeres enfrentados a la violencia, al orgullo, al duelo y a la compasión. La Odisea tampoco es solo un catálogo de aventuras extraordinarias, sino el relato de un regreso lleno de obstáculos donde cada episodio pone a prueba el ingenio, la paciencia o la memoria del protagonista.
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