
Stephanie Coontz sostiene en For Better and Worse que el llamado matrimonio “tradicional” en Estados Unidos fue una excepción histórica de corta duración y que esa idea todavía condiciona a quiénes se casan, a quiénes no y cómo imaginan su vida en pareja, en un momento en que más de una cuarta parte de los estadounidenses de 40 años nunca se casó.
Ese cambio aparece también entre los más jóvenes. Según un análisis de datos de la Universidad de Michigan, en 1976 el 84% de las chicas y el 73% de los chicos de último año de secundaria decían que esperaban casarse; en 2023, esa expectativa había caído al 64% entre las chicas, mientras que entre los varones seguía en torno a tres cuartos.
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La historiadora estadounidense, de 81 años, plantea que la caída del prestigio o de la centralidad del matrimonio no implica que la institución esté condenada. En su libro, afirma que hoy ya no es imprescindible para lograr seguridad económica, ascenso político, respeto social, protección legal o una relación amorosa, porque existen otras vías para obtener todo eso.
Coontz, profesora ya casi retirada de historia de Estados Unidos en Evergreen State College y directora de investigación y educación pública del Council on Contemporary Families, lleva más de 30 años discutiendo la nostalgia en torno a la familia: su tesis central es que “no existe tal cosa como el matrimonio tradicional”.
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Su nuevo libro recorre siglos de historia familiar para desmontar la idea de que siempre hubo una forma estable, universal y natural de casarse. Coontz escribe que la historia está llena de una “asombrosa variedad” de asociaciones y formas de deseo, y que reconocer esa diversidad puede ampliar el margen de maniobra de quienes buscan relaciones íntimas saludables.
En ese repaso, cuestiona incluso algunas explicaciones populares de la psicología evolucionista. Sobre la prehistoria, sostiene que las mujeres a veces cazaban presas grandes y que la crianza era una tarea colectiva; por eso, escribe, la idea de que las mujeres buscaban hombres más fuertes y mayores para garantizar alimento a sus hijos no encaja con sociedades donde la comida se distribuía en común.
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La autora contrapone ese escenario con la Inglaterra y la América premodernas, donde los hijos ilegítimos, definidos como filii nullius o “hijos de nadie”, sufrían un abandono brutal. Según su interpretación, esa condición ayudaba a asegurar que los jóvenes aceptaran matrimonios arreglados para maximizar el poder y la propiedad de sus familias.
Coontz no niega el peso histórico de la dominación masculina en la vida pública y privada. Pero también subraya que durante siglos las necesidades de supervivencia obligaron a maridos y esposas a compartir una parte de las cargas y responsabilidades cotidianas.
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En la Inglaterra del siglo XVII y en la América colonial, recuerda, las esposas de granjeros y pescadores aportaban ingresos al hogar. Una crónica citada por la autora describe a mujeres que regresaban del mercado, pasaban por la taberna y terminaban el día con “la cabeza llena de vino y las bolsas llenas de monedas”.

El libro sitúa en el siglo XVIII industrial una ruptura decisiva. Con el auge del trabajo asalariado, los hombres empezaron a circular más por el mercado y las mujeres quedaron más confinadas al hogar, al menos en los sectores medios, porque muchas mujeres solteras y pobres siguieron trabajando en fábricas.
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Según Coontz, allí empezó a tomar forma una asociación entre matrimonio, romanticismo y división sexual de funciones que más tarde se volvió dominante en el imaginario. El modelo del varón proveedor y la ama de casa, escribe, fue “muy mitificado” y terminó deformando la comprensión posterior de la institución, en parte por la nostalgia de la posguerra y décadas de reposiciones televisivas.
Ese argumento ya estaba en The Way We Never Were, el libro de 1992 que le dio una audiencia amplia. Allí sostenía que la familia blanca suburbana de un solo ingreso de los años cincuenta no descansó solo en el trabajo de los padres, sino también en políticas públicas de posguerra: beneficios educativos, capacitación laboral, créditos hipotecarios baratos y una economía que permitió un aumento salarial sin precedentes.
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Ese bienestar no alcanzó a todos por igual. Más de la mitad de las familias negras de dos padres vivían en la pobreza en los años cincuenta, y la resistencia blanca a la integración frustró los esfuerzos de los afroestadounidenses por participar del “sueño familiar estadounidense”, según Coontz.
Tampoco todas las mujeres que encajaron en ese ideal lo vivieron como una mejora. La autora recuerda que el despojo de los empleos que muchas habían ocupado en tiempos de guerra y la expectativa de que fueran esposas y madres perfectas produjeron sufrimiento que el feminismo posterior puso en primer plano.
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La relevancia pública de su trabajo llegó hasta la justicia. En 2015, su libro Marriage, a History fue citado en la sentencia de la Corte Suprema que legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo en Estados Unidos.
El juez Anthony Kennedy escribió entonces que el matrimonio siempre había “prometido nobleza y dignidad a todas las personas”. Coontz objetó esa formulación: “Durante miles de años, el matrimonio confirió nobleza y dignidad casi exclusivamente al marido, que tenía el derecho legal de apropiarse de la propiedad y las ganancias de su esposa e hijos e imponerles su voluntad por la fuerza”.
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Aunque consideró correcta la decisión, también dijo que tanto la opinión de Kennedy como la disidencia de John Roberts, que definía el matrimonio como “la unión de un hombre y una mujer” orientada ante todo a la crianza estable de los hijos, estaban “en desacuerdo con la realidad histórica”.
Ese desacuerdo con las versiones simplificadas del pasado atraviesa también su mirada sobre las tensiones actuales entre los sexos. Coontz intenta discutir a la vez con quienes rechazan el igualitarismo en nombre de un pasado idealizado y con quienes ven el matrimonio heterosexual como una estructura intrínsecamente explotadora.

En ese punto, su diagnóstico es concreto: la vieja idea de que hombres y mujeres deben habitar esferas separadas sigue deformando las relaciones. Esas expectativas recaen sobre todo en las mujeres, a quienes todavía se les adjudica el “trabajo invisible” de administrar necesidades y emociones, además de asumir la mayor parte de las tareas domésticas.
Coontz vincula esa carga con dos datos contemporáneos. La gran caída en las expectativas de matrimonio entre estudiantes secundarios ocurrió solo entre las chicas, y la mayoría de los divorcios son iniciados por mujeres.
La respuesta práctica que propone Coontz es que hombres y mujeres compartan las cargas. En el libro afirma: “Las parejas con arreglos igualitarios del trabajo doméstico y del cuidado infantil informan aumentos en sus niveles de amor con el tiempo”; las parejas con divisiones más tradicionales, agrega, informan lo contrario.
También señala que estudios recientes encuentran que las parejas igualitarias declaran una vida sexual satisfactoria y más frecuente. Esa observación corrige artículos de revistas de la década de 2010 que sugerían que las mujeres se sentían menos atraídas cuando sus maridos hacían más tareas consideradas femeninas, una idea basada en una investigación realizada con personas entrevistadas a comienzos de los años noventa.

La autora amplió además su mirada sobre la experiencia masculina. Si al comienzo de su carrera se concentró en lo que perdieron las mujeres cuando se las excluyó de los derechos económicos y políticos que los hombres blancos ganaron entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, ahora dice estar “más consciente de lo que perdieron los hombres” cuando el trabajo los apartó de la intimidad familiar y comunitaria.
Para ilustrarlo, rescata cartas amorosas victorianas de una emotividad que hoy, según cuenta, muchos estudiantes varones leen con sarcasmo o vergüenza. Coontz sostiene que la masculinidad no siempre se definió en oposición a la feminidad: en otro tiempo, la diferencia clave separaba a la adultez de la niñez, y ser hombre remitía más al autocontrol y al juicio que a la agresividad.
Esa historia de cambios, tensiones y arreglos improvisados es la que usa para relativizar la idea de que existe una única forma correcta de casarse. Según Coontz, incluso después del divorcio, dos tercios de quienes se separan vuelven a casarse.
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